Eran parte de "la banda", un grupo de amigos que funcionaba como un organismo vivo sobre la arena. Se conocían las mañas, los chistes repetidos y quién prefería el mate amargo o con un toque de azúcar. Sus tardes eran un ritual inamovible: mate, risas estruendosas y juegos de cartas que se estiraban hasta que la medianoche los encontraba con los pies en el agua, planeando viajes que nunca harían o carreras universitarias que aún les daban miedo.
Todo cambió el martes que Julián llegó caminando por la orilla acompañado.
-Che, les presento a Mateo -dijo, señalando a un chico que parecía haber salido de un catálogo de revistas de veranos.
Sofía y Martina se quedaron mudas, con el mate a medio cebar. Mateo era alto, de una estampa que imponía presencia. Su cabello castaño estaba aclarado por el salitre, este caía con un desorden natural sobre su frente, y su piel tostada por el sol contrastaba con una sonrisa blanca, perfecta, despreocupada. Pero lo que más las impactó fueron sus ojos: negros como la noche más profunda, brillantes y cargados de un misterio que ambas, en ese instante, decidieron que querían descifrar.
El impacto fue mutuo, pero no entre él y ellas, sino entre las dos amigas. Una chispa de competencia, silenciosa pero feroz, se encendió sobre la lona.
-¿Sos de por acá o estás parando en el centro? -preguntó Martina, acomodándose el pareo con un gesto estudiado que Sofía reconoció de inmediato como su "arma de seducción".
-No, vine a pasar el verano con mi primo Julián -respondió Mateo con una voz grave que hizo que Sofía sintiera un vuelco en el estómago.
A partir de ese día, la dinámica del grupo se fracturó. La camaradería de años fue reemplazada por una guerra fría de gestos y omisiones. Si Sofía llevaba las galletitas favoritas de Mateo a la playa, Martina aparecía al día siguiente con una canasta llena de frutas frescas. Si Martina lograba sentarse al lado de él para ver el atardecer, Sofía interrumpía la charla con alguna anécdota captando la atención de todos.
La rivalidad escaló rápido, no pasó desapercibida para el resto de "la banda". Las miradas cómplices que solían compartir mientras caminaban por la orilla se convirtieron en silencios de hielo. Pronto, dejaron de ir juntas a la playa; ya no se mensajeaban para ver qué malla ponerse. El grupo notaba la tensión: el aire se cortaba con un cuchillo cada vez que ellas coincidían en la playa con mate , termo individual que ya no compartían. El "nosotras" que las había definido durante cinco años de secundaria se desintegró por un chico que apenas conocían.
Llegó un punto en que dejaron de hablarse. Se sentaban en extremos opuestos de la ronda, usando a los demás amigos como intermediarios. "Decile a Sofía que me pase el protector solar", "Preguntale a Martina si trajo el repelente". Mateo, mientras tanto, se mantenía amable con todos, y repartiendo sonrisas por igual, lo que alimentaba la ilusión de ambas de que "él les estaba enviando señales".
Sin embargo, la burbuja estalló una noche de febrero, cuando organizaron un fogón para despedir la quincena. El fuego crepitaba y el sonido de las olas rompiendo en la oscuridad creaba una atmósfera mágica.
Sofía observaba a Mateo desde lejos, planeando cómo acercarse para invitarlo a caminar bajo las estrellas, cuando vio algo que la dejó helada. Mateo estaba sentado sobre un tronco arrastrado por el mar, pero no estaba solo. Tenía un brazo pasado por los hombros de Lucía, otra chica del grupo, la más callada, la que siempre se sentaba a leer sin decir mucho. Él le susurraba algo al oído y ella reía con una naturalidad que Sofía y Martina habían perdido hacía semanas. Se miraban con una complicidad que no dejaba lugar a dudas: él se había fijado en otra. Ninguna de las dos era la elegida.
Martina apareció al lado de Sofía, siguiendo su mirada mientras el reflejo del fuego bailaba en sus ojos negros. Durante un minuto, ninguna dijo nada. El golpe de realidad fue tan seco como la arena que se les pegaba a los pies. Todo el esfuerzo, los desplantes, la distancia y la angustia habían sido por nada.
-Somos unas idiotas, ¿no? -susurró Martina, con la voz quebrada por el ruido del mar.
Sofía suspiró, sintiendo que un peso enorme se le quitaba de los hombros.
-Las más grandes de toda la costa, te lo aseguro.
Se miraron y, por primera vez en semanas, no hubo competencia, solo cansancio y una profunda nostalgia por lo que habían roto. Se alejaron del fogón, caminando hacia donde el agua apenas les lamía los tobillos, para poder hablar sin testigos.
-Perdoname, Marti -dijo Sofía con sinceridad-. Me desconocí por completo. Me dejé llevar por una cara linda y una piel bronceada, y me olvidé de que vos sos mi amiga.
-Yo también te pido perdón -respondió Martina, abrazándola con fuerza mientras el viento marino les refrescaba la cara-. Me dolió más no hablarte que no gustarle a él, pero mi orgullo no me dejaba dar el brazo a torcer. Casi tiramos cinco años de amistad a la basura por un amor de verano que ni siquiera existió.
Esa noche, con el océano como testigo, las amigas recuperaron su lugar. Entendieron que los chicos pasan, que los veranos terminan y que la facultad las llevaría por caminos nuevos, pero que la lealtad era lo único que podía sostenerlas en el tiempo. El valor de su amistad resplandeció por encima de cualquier deseo pasajero.
Volvieron al fogón, se sentaron juntas y, cuando el mate llegó a sus manos, compartieron una sonrisa cómplice. Mateo seguía allí, alto y guapo bajo la luz de la luna, pero para ellas ya era solo el chico que las ayudó a recordar que no hay paisaje más lindo que el de una amiga que siempre te guarda un lugar en la lona.
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