No hay otra alternativa. Debemos amputar ese pie antes que la enfermedad se propague -señor Cienfuegos.
El señor Patricio sintió que una bomba explotaba a la media noche.
-- Si no hay otra alternativa...
Al día siguiente se levantó tarde, con una depresión en progreso. Tardó más de una hora en amarrase los zapatos para irse a su trabajo. Vio El pie que le cercenarían.
"¡Cuántas cosas hice con este pie! Muchos goles", pensó. "Pronto será un residuo biológico que terminará en la incineradora".
Patricio se sentía de la patada. Le fascinaba el fútbol; y era bueno, y aunque hacía goles con cualquier pie, regularmente los hacía con aquel, condenado al fuego.
La depresión lo succionaba del mundo real. Triste en el trabajo, triste en el transporte, triste en la cama...
En el día de la cirugía, la depresión le había robado la mitad de la vida, y la otra mitad se la robaría en la antesala del quirófano. Sin poder evitarlo, sus líquidos vitales fluyeron precipitadamente. Muerte fulminante.
Y sobre el piso, con sus patitas blancas abiertas y la vista al cielo, quedó muerto aquel triste y articulado ciempiés.
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