Sabe lo que el día finge no haber escuchado.
Las ventanas se cierran. La última luz de la calle apaga un rostro en el vidrio. Algo permanece encendido. No es el cuerpo. Son los pensamientos que pasaron el día entero agazapados, esperando a que la casa quedara vacía.
Es a esa hora cuando el escritor se acerca a la página. Descalzo. Con las manos todavía sucias de todo lo que cargó durante el día.
No llega con respuestas. Llega hambriento.
De día, mentimos bien. Escondemos el miedo detrás de una agenda llena, la tristeza detrás de una sonrisa de ascensor, el deseo detrás de un silencio educado. Vestimos nombres, cargos, apellidos. Hablamos tanto que olvidamos el sonido de nuestra propia voz cuando no hay público.
La noche arranca esas ropas a la fuerza.
Ciertas palabras solo nacen después de medianoche, cuando el cuerpo ya no tiene fuerzas para seguir mintiendo.
La oscuridad no pide permiso. No explica nada. Se queda. Espera.
Y frente a ella, el escritor comprende:
La sombra no es el enemigo.
Algunas sombras guardan aquello que todavía no ha tenido el valor de gritar. Otras sostienen recuerdos que deberían haberse podrido hace mucho y se negaron a morir. Existe una sombra que muerde. También existe una sombra que te acuna entre sus brazos.
Y existe la sombra que toma la pluma.
La punta rasga el papel -el único sonido en toda la casa.
Una palabra. Después otra, más sucia que la primera.
El silencio adquiere carne, hueso, olor.
Escribir es parir a la fuerza aquello que pasó toda una vida sin boca.
El escritor no inventa nada a las tres de la mañana. Desentierra.
Aquello ya estaba allí, enterrado a poca profundidad, esperando una noche lo bastante profunda como para ser excavado con las propias uñas.
Una página en blanco nunca estuvo vacía. Está llena. De preguntas que se tragó delante de los demás. De fantasmas que juró haber matado. De esa parte de sí mismo que durante el día lleva bozal y collar.
Y hay algo indecente en ese encuentro.
Después de que la pluma toca el papel, ya no existe la posibilidad de fingir que no lo sabía.
La palabra expone. La frase denuncia. La coma es una confesión.
Escribir es la forma más elegante de desgarrarse la propia garganta en público.
La noche conoce los libros que murieron a mitad de camino. Las cartas rasgadas antes de ser selladas. Los deseos que solo sobrevivieron disfrazados de metáfora. Las tres de la mañana en las que casi dijo toda la verdad y lo borró todo antes de que saliera el sol, como un ladrón.
Entre el escritor y la noche existe un pacto de sangre que ninguno de los dos firmó:
ella presta el silencio;
él lo devuelve hecho de carne de palabra.
ella esconde la sombra;
él tiene el valor de bautizarla con su propio nombre.
Amanece. La página permanece. La noche retrocede detrás de la primera luz, como si nunca hubiera estado allí.
Pero algo ha cambiado de dueño para siempre.
Una sombra escrita ya no pertenece solamente a la oscuridad. Pertenece a la memoria. Pertenece a la palabra. Pertenece a quien tuvo el estómago para bajar hasta allí y regresar con vida.
Y cada vez que alguien abre una página en blanco de madrugada, la noche permanece cerca.
Observando. Esperando. Sabiendo.
La noche sabe lo que escribimos cuando juramos que nadie está mirando.
J. Kasra - Todos los derechos reservados
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