La pensión quedaba cerca de los muelles. Era vieja, con pisos de madera que crujían y un largo pasillo iluminado por lámparas amarillas. Clara vivía sola desde hacía años. Su esposo había fallecido joven y sus hijos se habían marchado al interior. Desde entonces, el silencio se había convertido en su compañero más fiel.
Desde hacía un tiempo cada noche, cuando cerraba la puerta principal, escuchaba un violín que invadía su silencio.
La melodía venía desde el puerto. Era triste, lenta, como si cargara recuerdos demasiado pesados. Clara dejaba lo que estaba haciendo y se acercaba a la ventana para escuchar. Nunca lograba verlo bien. Apenas una sombra con abrigo oscuro junto al río.
Una noche de tormenta, el violinista apareció en la pensión.
-¿Tiene una habitación libre? -preguntó con acento extranjero.
Clara observó al hombre. Tendría unos cincuenta años. Cabello gris, ojos cansados y un viejo estuche de violín bajo el brazo.
-Sí... pase antes de que se empape más.
El hombre se llamaba Luca. Hablaba poco pero era de buenos y amables modales. Pagó por adelantado y subió a su habitación. Desde aquella noche, la música dejó de sonar afuera y comenzó a escucharse dentro de la casa.
Los huéspedes guardaban silencio cuando él tocaba. Incluso los más ruidosos parecían calmarse.
Clara empezó a llevarle café por las noches. A veces conversaban unos minutos.
Luca le contó que había llegado de Europa después de la guerra. Había perdido a su esposa y a su hija durante un bombardeo. Luego cuando se vio solo comenzó a viajar de puerto en puerto tocando el violín para sobrevivir.
-La música es lo único que todavía me queda de ellas -dijo una noche, mirando la taza entre sus manos.
Clara sintió un dolor profundo al escucharlo. Ella también conocía la soledad. También sabía lo que era seguir viviendo cuando el corazón ya había perdido demasiado.
Con el paso de las semanas, comenzaron a compartir pequeñas costumbres. Mate en la cocina al amanecer. Caminatas cortas junto al puerto. Conversaciones tranquilas mientras llovía.
Clara volvió a reír después de muchos años.
Y Luca volvió a tocar canciones alegres.
Una tarde de agosto, él apareció con una pequeña bolsa de papel.
-Para usted.
Dentro había gardenias blancas.
Clara bajó la mirada, emocionada.
-Hace años que nadie me regalaba flores.
-Hace años que yo no quería regalarlas -respondió él suavemente.
El barrio comenzó a notar el cambio. Clara ya no vestía siempre de negro. Luca sonreía más. Y por las noches, el violín sonaba distinto. Las melodías tenían algo cálido, algo vivo.
Pero la felicidad duró poco.
Un día llegó una carta desde Brasil. Un viejo amigo le ofrecía trabajo en una orquesta de Río de Janeiro. Era una oportunidad importante.
Luca pasó horas mirando el sobre en silencio.
-Debe ir -dijo Clara esa noche, aunque le doliera decirlo.
-¿Y dejarla a usted?
Ella sonrió con tristeza.
-El amor no siempre significa quedarse. A veces significa no impedirle al otro volver a vivir.
Luca tomó sus manos lentamente.
-Usted fue quien me devolvió la vida.
El día de la partida, el puerto amaneció cubierto de neblina. Antes de subir al barco, Luca abrió el estuche y tocó una última melodía frente al río.
No era triste.
Era una canción suave y esperanzadora.
Clara entendió entonces que algunas personas llegan tarde a nuestras vidas... pero justo a tiempo para salvar lo que queda del corazón.
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Comentarios
Muchas gracias por tu comentario. Saludos cordiales desde Uruguay.
Muy bonito el relato, sencillo pero de buen contenido. Me encantan esas historias que motivan el romanticismo y la sensibilidad, dejando un mensaje positivo. Aplauso para Delphina y para "El violinista del puerto".