Lectura

Ciudad a oscuras

Por Daniel Eduardo Gutierrez · Argentina · Misterio

Ciudad a oscuras
La ciudad se apagó a las nueve y trece.

No fue una falla común. Las bombillas murieron al mismo tiempo que las velas, los faroles y las lámparas de aceite. Hasta los fósforos se negaban a arder.

A esa hora, Tomás Luján trabajaba solo en el Archivo Municipal. Copiaba las actas de fundación de Santa Aurelia por orden del intendente, quien había decidido preparar una celebración por los setenta y cinco años de la ciudad.

Cuando la oscuridad llenó la sala, Tomás oyó que alguien se sentaba frente a su escritorio.

La silla crujió.

-¿Quién anda ahí?

Una voz de hombre respondió:

-Busque el libro rojo.

Tomás extendió las manos sobre la mesa. No tocó a nadie.

-¿Qué libro?

-El que enterraron con nosotros.

La silla volvió a crujir.

Después, silencio.

Tomás permaneció inmóvil, escuchando su propia respiración. Recordó entonces una puerta tapiada detrás de los estantes de cartografía. Durante años había creído que conducía a un depósito clausurado.

Encontró una barra de hierro y comenzó a golpear.

El revoque cedió con facilidad.

Detrás de la pared había una habitación estrecha. Olía a tierra mojada. En el centro, sobre una mesa, descansaba un libro encuadernado en cuero rojo.

Tomás lo abrió junto a la ventana, buscando la escasa claridad de la noche.

Las primeras páginas contenían nombres.

Veintitrés.

Hombres, mujeres y niños.

Junto a cada uno había una fecha y una cruz dibujada con tinta negra.

Todos habían muerto el día anterior a la fundación de Santa Aurelia.

En la última página alguien había escrito:

La ciudad permanecerá en pie mientras nadie recuerde nuestros nombres.

Desde la calle llegó un ruido de pasos.

Tomás salió del archivo con el libro bajo el brazo.

Una multitud avanzaba hacia la plaza. No podía distinguir sus rostros, pero escuchaba el roce de sus ropas, el arrastre de sus botas y una respiración colectiva, cansada, antigua.

Los habitantes vivos permanecían encerrados en sus casas.

Los otros caminaban.

Al llegar a la plaza, rodearon la estatua del fundador, el coronel Bracamonte. El monumento se levantaba sobre un pedestal de piedra, con la espada en alto y una inscripción dorada:

A quien llevó la civilización a estas tierras.

Una mujer anciana se separó del grupo.

-Lea -ordenó.

Tomás abrió el libro.

Pronunció el primer nombre.

-Francisco Acosta.

Una luz se encendió en una vivienda del barrio del río.

-Manuela Gaitán.

Brilló una ventana junto al matadero.

-Elena Salcedo.

Se iluminó la vieja escuela de adobe.

Por cada nombre, una lámpara despertaba en las afueras de Santa Aurelia. Ninguna se encendía alrededor de la plaza.

Tomás siguió leyendo.

Cuando llegó al último, se quedó en silencio.

-Julián Luján.

La anciana lo observaba.

Tomás conocía aquel nombre. Su padre lo había pronunciado una sola vez, muchos años antes, después de beber demasiado.

"Nosotros ya estábamos aquí."

-Lea -repitió la mujer.

Tomás sintió que la tierra se movía bajo sus zapatos.

La estatua del coronel comenzó a agrietarse.

-Julián Luján -dijo.

La cabeza de piedra cayó del monumento.

En ese instante regresó la electricidad.

Las lámparas de la plaza se encendieron con una luz blanca y brutal.

No había nadie alrededor.

Tomás estaba solo frente al pedestal vacío.

El libro había desaparecido de sus manos.

A la mañana siguiente, la Municipalidad informó que el apagón había sido causado por un desperfecto en la usina. También anunció la desaparición del empleado Tomás Luján, sospechado de haber destruido documentos públicos y dañado el monumento del fundador.

Lo buscaron durante semanas.

No encontraron su cuerpo.

Tampoco encontraron el libro rojo.

La celebración se realizó según lo previsto. Repararon la estatua, pintaron el Cabildo y colocaron nuevas luces en la plaza. El intendente pronunció un discurso sobre el progreso, la memoria y los hombres que habían convertido un territorio vacío en una ciudad.

Esa noche volvió a cortarse la electricidad.

Solo durante un minuto.

Cuando regresó, había una inscripción nueva en el pedestal del coronel.

No estaba escrita con pintura ni tallada sobre la piedra.

Parecía surgir desde adentro.

Faltan veintidós.

Nadie logró borrarla.

Desde entonces, cada aniversario de Santa Aurelia, la ciudad permanece a oscuras durante sesenta segundos.

Algunos aseguran que en ese minuto se oyen pasos alrededor de la plaza.

Otros dicen que una voz lee un nombre.

El último año, un vigilante nocturno afirmó haber visto a Tomás Luján junto al monumento. Llevaba un libro rojo entre las manos y no había envejecido.

La policía no creyó su declaración.

El vigilante desapareció tres días después.

Sobre su cama encontraron una hoja arrancada de un registro antiguo.

En ella había veintidós nombres.

Junto al primero, alguien acababa de dibujar una cruz.

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