Hace unos días leí por ahí una publicidad sobre un escritorio.
La redacción era un desastre: faltas de ortografía, frases que no tenían sentido y había que leerla varias veces para entender qué se estaba queriendo transmitir.
Y, curiosamente, me quedé pensando...
Yo estudié. Me preparé. Me esforcé por aprender, por superarme, por darle a mis hijos un ejemplo de que la preparación y el sacrificio tienen algún valor.
Pero hoy puedo escribir correctamente, puedo expresarme, puedo haber pasado años preparándome... y aun así no puedo llevar a mis hijos a disfrutar de un día en la playa y mucho menos un hotel.
Mientras tanto, hay quienes quizá nunca tuvieron la oportunidad de estudiar o prepararse y, sin embargo, pueden permitirse cosas que para mí hoy son un lujo.
Y ahí está la contradicción que duele:
¿De qué sirve tanto conocimiento cuando la vida no te alcanza para disfrutar de lo más sencillo?
No lo digo desde la envidia.
Lo digo desde esa mezcla de impotencia, tristeza y preguntas que a veces uno no sabe ni dónde colocar.
Porque quizás el verdadero problema no es cómo escribimos una publicidad...
sino la cantidad de sueños que estamos aprendiendo a escribir correctamente, aunque no podamos pagarlos.
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