Apareció de un momento a otro, como salido de la nada. Tomó asiento en el mismo banco en el que Rafael solía hacerlo a diario. Lo saludó
? Hola Rafael. El anciano giró con pereza su cabeza y se encontró con el rostro de un hombre de cara amena y luenga barba. Respondió al saludo por cortesía.
?¿Me conoces? Preguntó. -Sí, te conozco desde hace mucho tiempo, pero solo hasta hoy te veo.
?A mí me sucede lo contrario. Mucha gente me ha visto pero nadie me conoce. Vivo mi tragedia atada a este cuerpo que aún conserva el calor frio del amor ido.
?Cuéntame tu historia Rafael, no importa cuán larga sea, tengo todo el tiempo del mundo.
La calidez y dulzura de aquella voz, inspiraron en el anciano un sentimiento de confianza que lo despojó de todo recelo. Lo observó por un par de segundos; se reacomodó, afianzó su espalda contra el banco, se sacudió la tristeza y comenzó su relato.
?Hace doce años que la conocí en este mismo parque florido. Ella compraba un helado de vainilla, yo, uno de chocolate. Nos miramos y el vaho del amor nos cubrió como santa aureola. Llegó fulminante, floreciendo, soltando polen. En un instante nos había turbado el alma. Ella me acarició con su mirada y yo empecé a tocarla con la mía. Nos sentamos en este mismo banco que por veintiocho días se convirtió en acólito silencioso de nuestro amor. Aquí venía a esperarla todos los días y bajo la dulce caricia del sol y la romántica luz de la luna platicábamos de nuestro amor. Aprendimos a identificar el aroma de las flores; la dulzura de los jazmines y el acerbo de las margaritas, el toque adormecedor de las gardenias y el encanto venenoso de las orquídeas.
Llegamos a descubrir el amor a una edad en que las ilusiones y las pasiones ya serenas reposaban y nos regodeábamos de nosotros mismos. Estas, nos invadieron con bríos de adolescente y aquellas nos coparon con tibio aliento. Como dos críos durante veintiocho días nos reconciliamos con la vida. Surgieron los planes y las promesas. Como en primavera, nuestro amor florecía cada día con mayor intensidad. Eran capullos en flor que con el alma despuntábamos cada mañana y cerrábamos con poemas al atardecer.
?Pero amores del alma, así, no existen Rafael.
?¡Qué sabe usted del amor! Mire toda esta gente que pasa en frente de nosotros oliendo a colonias baratas, a naftalina, como nos miran, se ríen, se burlan. Ellos ignoran que hace doce años se me murió el alma.
?El alma como dijo un filósofo Rafael, no solo no es inmortal, sino que es más mortal que el cuerpo.
?Por eso este banco en el que me siento todos los días a esperarla, se ha convertido en un panteón en el que me acostumbrado a vivir. Aún tengo diáfanos los recuerdos de aquel último día en que conjugamos el amor y la pasión en un solo verbo en tiempo presente.
?Estaba radiante, parecía una emperatriz. A pesar de sus años, su piel olía a los frutos de la tierra y aún conservaba la frescura del amanecer y la lozanía de la porcelana. Le fui quitando una a una sus prendas con paciencia de monje medieval. Ella se sumergió en mi alma, yo, en su cuerpo. Ella se apropió de mi corazón, yo, de su conciencia. Me adueñé de sus labios de grana, de sus pechos amables, de su relente sexo y en ellos fui abandonando gota a gota mi vida entera.
?Hicimos el amor con una ternura lenta y nueva, como un par de abuelos. Era como si danzáramos al ritmo de una melodía celestial que estaba regando nuestra encarnación con agua bendita. Ella recibía mis besos y mis caricias con pasión desenfrenada y con ellos lacraba la promesa de adorarla por el resto de mi existencia. La embestí con fuerza produciéndole un dolor que la colmó de infinito placer y nos abandonamos en un vaivén sosegado que nos fue abriendo el camino de una gloria, que como latigazos cayó sobre nosotros dejándonos fundidos en un solo cuerpo doble.
?Nos despedimos aquella tarde entre juramentos y promesas. Levitaba cuando la vi alejarse y su vestido ondulaba como una sábana al viento; pero jamás regresó.
?Desde entonces por doce años, he venido todos los días a esperarla en este mismo banco. He olvidado el calendario de mi vida, pero he contado una a una las vueltas de la luna que se han ido en caravanas y he aprendido a consolarme con el aroma de las flores que mantienen vivo su recuerdo.
?Rafael, aquel mismo día en que ustedes se despidieron, ella murió.
Sintió que el cielo se le desplomaba. Un frio excesivo le erizó la piel y su cuerpo convulsionó, se aflojó y dos lánguidas lágrimas nublaron sus ojos y enturbiaron su corazón.
?¿Cómo lo sabes? Preguntó.
Estuve ese día con ella Rafael, así como lo estoy hoy contigo.
?¿Sufrió? Volvió a preguntar tras una larga pausa.
?Murió sin entender Rafael. Murió sin siquiera saber que se moría.
?No debí permitirle que se hubiera marchado sin mí.
?La muerte no la puedes evitar y no es tan mala como la pintan Rafael. Con ella, el rico y el pobre, el bueno y el malo descansan.
?Como vasallo a su señor, la aguardaré sumiso en este mismo banco hasta que venga por mí y me arrastre a su plácido habitáculo.
El hombre de cara amena y luenga barba se acercó y lo abrazó con ternura.
?El sol ha salido huyendo de la luna Rafael; ya es hora de marcharnos.
Como candil que se apaga, el anciano fue desgonzando lentamente su cabeza y cerrando los ojos emprendió su viaje final. Iba camino de encontrarla.
A su alrededor, la gente, que a fuerza de verlo todos los días lo conocía, murmuraba: don Rafael se enloqueció, estuvo todo el día sentado en este banco llorando y hablando solo.
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