Se lució la lluvia, porque los fenómenos atmosféricos aún están con la boca abierta y los ojos abiertos de par en par por culpa del eclipse. Ellos no habían visto ninguno así, tan entero.
Cuando ya creían que no iban a cumplir más años, se equivocaron y, unos un día y otros otro, la gente fue cumpliendo años; tantos, que algún viejo ya no sabía contarlos. Cuando estaban expectantes con el cambio de ciclo o el fin matemático del mundo -que dicen que es en tres meses-, la naturaleza siguió su curso, se olvidó de la manera humana de contabilizar y se agarró a su forma geológica.
Cuando los líderes (o supuestos líderes) que gobiernan creían que tenían domesticados los cerebros y los corazones del populacho, vino la revolución: con tiempo, sin estridencias. Y la gente les enseñó el trasero cuando ellos creían que la tendrían de cara.
Más de un político, por vivir en un mundo irreal, creyó que los culos eran caras, y le salió muy caro.
Como el pueblo no cree en nada ni espera nada, y la ilusión no le llega ni por el día de Reyes, en las fiestas del pueblo, en vez de cantar canciones populares alegres, van todos cantando a pleno pulmón el Dies irae... Pero en plan laico.
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