Hace unos tres meses, Correos me la jugó por una responsabilidad enteramente suya respecto al uso de una tarjeta prepago que me vendieron. No sé exactamente qué pasó; lo denuncié y me deben unos 160 €. Ahora quieren que sea yo el gestor de la devolución cuando es claramente asunto suyo, pero su ineptitud es manifiesta, incluso con una denuncia interpuesta ante la Guardia Civil. Ese es el caso número uno.
El caso número dos: compré un libro en Amazon, El narrador de cuentos. El ejemplar, que debería haber estado en mi mano en cuatro días, lleva catorce dando tumbos y nadie sabe dónde se encuentra. Ellos afirman que he rechazado la entrega y yo mantengo que no, sencillamente porque no ha sido así. Es poca cosa, 17 €, pero molesta.
Un tercer caso es el del seguro del coche de mi hija: el importe debió ser devuelto hace tres días y no se ha llevado a cabo el ingreso; son 282 €.
El cuarto caso es la devolución del dinero por la recuperación de los gastos de hipoteca cobrados indebidamente por el banco. Son 2 500 € y llevamos dos años esperando cobrarlos, a pesar de contar con una resolución a mi favor.
El quinto y más importante es la recuperación, por vía judicial, de 25 000 € de una deuda que mi abogado me confirma que ya está resuelta, ganada y a punto de cobrarse, más otros 1 250 € en concepto de costas e intereses.
Es decir, que esta tecnología indirecta me está tocando las narices. En total son 29 209 € que necesito recibir para decidir si me voy de viaje o me siento a respirar mientras leo El narrador de cuentos. Huyo de esta tecnología que me avasalla con una indiferencia que debería sacarme de quicio.
Al menos estoy más tranquilo ahora que han acabado las malditas fiestas del pueblo, mal estudiadas y peor planificadas, cuya seña de identidad más notable es un ruido insoportable hasta las 5:00 de la mañana, casi a diario. No tienen clase, carecen de oferta cultural y se apoyan únicamente en el trabajo de las peñas, que organizan comilonas y actos ruidosos la mayor parte del tiempo.
¡Qué descanso... Ahora...!
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