Hace tiempo vengo pensando en algo que forma parte de nuestra vida mucho más de lo que queremos reconocer: la falsedad. Y cuando digo falsedad no me refiero solamente a la mentira, porque mentir es apenas una de las tantas formas que puede tener. La falsedad puede estar en una palabra, en una mirada, en una sonrisa, en la manera de tratar a alguien o incluso en esa cercanía que mostramos cuando en realidad sentimos otra cosa.
Vivimos rodeados de personas y, para convivir, aprendemos ciertas formas de comportamiento. Saludamos, sonreímos, preguntamos cómo está el otro, compartimos una conversación y seguimos nuestro camino. Muchas veces lo hacemos sinceramente, pero otras veces simplemente cumplimos con una forma social que hemos aprendido. Quizás no nos cae bien una persona, quizás existe alguna diferencia, una envidia, un resentimiento o simplemente no tenemos afinidad, pero igualmente mantenemos una cordialidad que evita el conflicto. ¿Eso es falsedad? Tal vez no siempre. Porque también existe la prudencia y el respeto por el otro. El problema aparece cuando detrás de esa cordialidad existe una intención que ocultamos deliberadamente.
La falsedad puede aparecer en las amistades, cuando alguien se acerca solamente porque necesita algo; en una pareja, cuando uno demuestra un sentimiento que ya no tiene; entre compañeros de trabajo, cuando una felicitación esconde competencia o envidia; y también en quienes tienen autoridad sobre nosotros y hacen promesas que saben que probablemente nunca cumplirán. A veces no hace falta decir una mentira para ser falso. Basta con crear en el otro una expectativa que nosotros mismos sabemos que no vamos a cumplir.
También existe dentro de las familias. Allí quizás sea todavía más difícil reconocerla, porque muchas veces confundimos el afecto verdadero con aquellas formas que mantenemos simplemente porque somos familia. Nos reunimos, hablamos, sonreímos y compartimos una mesa, mientras debajo de todo eso pueden existir viejos resentimientos que nadie se anima a nombrar. Y no necesariamente porque exista maldad. Muchas veces existe miedo. Miedo a discutir, a perder al otro, a romper una relación que lleva demasiados años.
Y después está esa falsedad pequeña, la de todos los días, la que casi nadie considera importante. Ese saludo que damos aunque preferiríamos no encontrarnos. Esa sonrisa que aparece por educación. Ese "todo bien" que pronunciamos cuando sabemos perfectamente que no está todo bien. Esa pregunta que hacemos sin tener verdadero interés por conocer la respuesta. Quizás algunas de estas cosas sean simplemente parte de la convivencia. Porque si dijéramos siempre todo lo que pensamos, probablemente muchas relaciones no durarían demasiado.
Por eso creo que la falsedad tiene distintos niveles. No es lo mismo callar algo para no herir que decir algo que no sentimos para obtener un beneficio. No es lo mismo mantener una distancia con alguien que fingir una amistad cuando necesitamos de esa persona. No es lo mismo ser prudente que manipular.
Pero hay algo que me resulta todavía más interesante: muchas veces somos capaces de reconocer la falsedad del otro, pero nos cuesta muchísimo reconocer la nuestra.
Nos molesta que alguien sea falso con nosotros, pero quizás alguna vez nosotros también hemos sonreído sin ganas, hemos dicho una palabra que no sentíamos o hemos mantenido una relación por conveniencia. Nos gusta pensar que somos auténticos, pero ¿realmente lo somos todo el tiempo?
Tal vez todos llevemos alguna máscara. Algunas las usamos para protegernos, otras para no lastimar y otras porque necesitamos ser aceptados. El problema comienza cuando dejamos de saber cuándo nos ponemos esa máscara y, sobre todo, cuando terminamos creyendo que somos aquello que mostramos.
Porque la falsedad no siempre está en mentirle a los demás. A veces comienza cuando empezamos a mentirnos a nosotros mismos.
Y quizás esa sea la forma más peligrosa de todas, porque cuando una persona se acostumbra tanto a representar un personaje, llega un momento en que ya no sabe dónde termina la máscara y dónde comienza realmente su rostro.
Entonces me queda una pregunta, quizás incómoda, pero necesaria: ¿cuántas de nuestras relaciones son verdaderamente lo que creemos que son, y cuántas sobreviven gracias a esas pequeñas máscaras que todos aprendimos a usar?
Tal vez la verdadera libertad no consista en decir siempre lo que pensamos, sino en tener el valor de reconocer, al menos ante nosotros mismos, lo que verdaderamente sentimos.
Porque podemos engañar a muchos durante mucho tiempo.
Pero hay una persona de la que nunca podremos escapar:
nosotros mismos.
Muy cierto.
A veces no hace falta decir una mentira para ser falso...
Gracias por publicarlo.