Todo comenzó -haciendo un paréntesis en los siglos anteriores al XIV y en la época de los íberos- el 17 de octubre de 1319, cuando tuvo lugar lo que hoy se conoce como "la farsa de Gandesa". Se celebraba allí una boda real: el príncipe Jaime, primogénito de Jaime II el Justo, iba a casarse con la princesa Leonor, hija de Fernando IV. No sé qué hacían allí, pero el caso es que el príncipe huyó a toda prisa de la iglesia tras la ceremonia y se dejó un guante. De ahí que el escudo de Gandesa luzca, precisamente, ese curioso elemento.
En el propio término municipal se dieron cita las guerras carlistas y la Guerra Civil, marco en el que se libró el famoso frente de Gandesa. Cuentan las crónicas, y me lo confirmó algún vecino, que la serra de Pandols y el Coll del Moro quedaron tapizados de cadáveres hasta no dejar ver el suelo. De aquel episodio quedan hoy como visitables el Centro de Estudios de la Batalla del Ebro y la Bodega Cooperativa, pues somos, ante todo, productores de vino, ahora de calidad.
Mi recuerdo imborrable de aquel lugar es el desayuno: un pan buenísimo, una llesca amb tomàquet restregat i oli y una truita dorada com l'or (una rebanada de pan con tomate restregado y aceite, acompañada de una tortilla dorada como el oro). Y es que Proust, al final, está en todas partes.
Esta crónica es para Lucas, mi nieto, a quien de allí solo le importa comerse los canelones de Casa Miró -que son gloria bendita- y a quien le da exactamente igual si es el pueblo de su abuelo o el de al lado.
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