de clase media de la comuna de Providencia y, desde el primer día, congeniaron de manera
natural. Eran simpáticos, extrovertidos, buenos para la chacota y capaces de reírse de
cualquier cosa.
Arthur comenzó casi de inmediato a frecuentar el departamento de la joven, ganándose
rápidamente el cariño de sus padres y de sus hermanas: Buty, la menor, y Bridges, la mayor.
La verdad era simple: Arthur se enamoró perdidamente de Petrushka.
Ella, en cambio, se dejaba querer, aunque jamás hacía una demostración clara de amor.
Todos quienes conocían aquella relación pensaban que se trataba de una amistad hermosa,
sincera y entrañable. Arthur, pese a su personalidad desenvuelta, nunca encontraba el
momento adecuado para declararle lo que sentía.
Con el paso de los meses, aquel amor comenzó a dolerle.
Necesitaba decirle a ella -y al mundo entero- cuánto la amaba. Sentía que el corazón ya no
le cabía en el pecho, como si fuera a estallar en cualquier momento.
Fue en uno de esos días, mientras visitaba a Petrushka, que supo que pronto sería su
cumpleaños.
Entonces comenzó a prepararse.
Recorrió durante una semana completa las tiendas de Lyon, el Drugstore y el Dos Caracoles
buscando el regalo perfecto. Luego compró el mejor traje que podía pagar y el perfume que
más le gustaba a ella, el mismo que alguna vez Petrushka le confesó que adoraba sentir
cuando él pasaba cerca.
Después fue a la peluquería y se cortó el cabello.
Solo faltaba un día para el cumpleaños.
Aquella noche casi no durmió. Repasó una y otra vez todo lo que pensaba decirle. Cerca de
las cinco de la madrugada logró quedarse dormido.
Cuando despertó, miró de inmediato el reloj: pasaban de las once de la mañana. Dio gracias
a Dios porque el cumpleaños había coincidido con un domingo.
Se levantó con calma, hizo la cama y dejó cuidadosamente ordenada la ropa que usaría esa
tarde. Aunque los zapatos eran nuevos, igual los lustró. Sobre la cómoda alineó la peineta, el
desodorante y el costoso perfume.
Intentó leer el periódico mientras desayunaba, pero le fue imposible. Su mente estaba a tres
cuadras de allí, en el departamento de Petrushka, donde a esa hora ya comenzaban los
preparativos para la fiesta.
Cuando Petrushka vio entrar a Arthur con un enorme ramo de rosas y un regalo gigantesco,
vestido como si asistiera a un matrimonio, comprendió de inmediato que algo importante
ocurriría aquella tarde.
Lo recibió con cariño, entre abrazos y bromas, pero durante toda la celebración evitó
quedarse a solas con él.
Arthur lo notó y no entendía nada.
Sufría en silencio, temiendo que jamás encontraría el momento para declarar su amor.
Y entonces eligió el peor instante posible.
Pidió la palabra justo después de que Petrushka apagara las velas.
La joven, sin embargo, no escuchó nada. Bajó lentamente la cabeza y quedó atrapada en sus
propios pensamientos. Cuando Arthur terminó de hablar, ella dejó suavemente la copa sobre
la mesa y, conteniendo el llanto, caminó hasta su habitación.
Arthur, desconcertado, preguntaba una y otra vez qué ocurría.
Bridges, que sí conocía la verdad, corrió detrás de su hermana.
Mientras tanto, en la pequeña sala, todos intentaban consolar a Arthur, a quien por primera
vez veían verdaderamente triste.
Media hora después, las dos mujeres salieron del dormitorio.
Petrushka tomó la mano de Arthur y lo llevó hasta la pequeña terraza.
Con la voz quebrada, le dijo:
-
Tenemos que hablar.
Luego guardó silencio unos segundos antes de continuar.
-
Voy a contarte algo que solo sabe mi familia... y es la razón por la cual no puedo aceptar lo
que sientes por mí. Créeme cuando te digo que, si las cosas fueran distintas, yo sería la mujer
más feliz del mundo siendo tu esposa. Eres un hombre maravilloso y cualquier mujer sería
feliz contigo. Perdóname si alguna vez alimenté otra ilusión en ti. Yo no puedo darte más que
amor de amigos... de hermanos...
Hizo una pausa larga, dolorosa.
-
Porque a mí... me gustan las mujeres.
Arthur sintió que las piernas le fallaban.
Petrushka tuvo que sostenerlo antes de que cayera. Él se sentó y lloró como jamás había
llorado en su vida.
Después de un largo rato, se puso de pie, tomó su chaqueta y se marchó.
No volverían a verlo durante mucho tiempo.
Con los años, Petrushka supo que Arthur se había casado. Y aunque le dolió de una forma
difícil de explicar, se alegró al saber que había encontrado el amor.
Pasaron diez años.
Y justo el día del cumpleaños de Petrushka, Arthur volvió a aparecer en la puerta del
departamento con un ramo de rosas entre las manos.
El reencuentro fue explosivo.
Saltaban de alegría, se abrazaban, lloraban, se pedían perdón mutuamente. Durante largos
minutos permanecieron abrazados como si intentaran recuperar todo el tiempo perdido.
Y después de eso, volvieron a ser los mismos de siempre: compinches, inseparables, buenos
para la talla y la risa.
Así siguieron durante el resto de sus vidas.
Cada cumpleaños, Arthur llegaba con flores para Petrushka. Y cada año le repetía, medio en
broma y medio en serio, que seguía amándola igual que el primer día.
Ella entonces lo llenaba de bromas, recordándole que ahora era un hombre casado.
Sin embargo, Arthur siempre encontraba la manera de preguntarle discretamente si estaba
con alguien.
La respuesta era siempre la misma:
Seguía sola.
Pasaron muchos años más.
La amistad entre ambos crecía como crecen las cosas destinadas a durar para siempre.
Dos semanas antes del cumpleaños número setenta y cinco de Petrushka, Arthur la llamó
para contarle que su esposa había muerto.
Le dijo que había partido tranquila. Que ella siempre supo que nunca había logrado olvidarla
por completo, pero que aun así habían construido una vida digna y llena de respeto. Le
confesó también que muchas veces ella le ofreció dejarlo libre, y que fue él quien nunca quiso
marcharse.
Finalmente llegó el gran día.
Petrushka cumplía setenta y cinco años y la fiesta fue inolvidable. Buty mandó a hacer una
enorme torta de tres pisos y Bridges se encargó de la decoración. La casa rebalsaba de
alegría, recuerdos y familia.
Como cada año, Arthur apareció con un gigantesco ramo de rosas.
Hubo brindis, canciones, abrazos, fotografías y largas conversaciones recordando a quienes
ya no estaban, incluida la difunta esposa de Arthur.
Y cuando la noche comenzaba a apagarse y casi todos se habían retirado, Arthur tomó
suavemente la mano de Petrushka y la llevó hasta la misma terraza donde ella lo había
llevado cuando tenían diecisiete años.
Allí le hizo una propuesta que solo un alma profundamente enamorada podría hacer.
Le pidió compartir juntos el tiempo que les quedaba de vida.
No como amantes.
No como un sueño imposible.
Sino como compañeros, como amigos, como dos almas que jamás dejaron de pertenecerse.
Le pidió que le permitiera cuidarla.
Le pidió permiso para hacerlo feliz.
Y ella aceptó.
Entonces, como tantas veces antes, ambos lloraron abrazados durante largos minutos.
Petrushka tenía noventa y cinco años cuando murió.
Y como si hubieran hecho un pacto silencioso muchos años atrás, Arthur murió apenas dos
días después.
Fueron, sin duda, los mejores veinte años de sus vidas.
Fin
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