Una tenue garúa caía sobre el patio de tierra, transformando el polvo del camino en una alfombra de arcilla fresca; era el escenario donde la vida se confunde entre el aroma a tierra mojada y los secretos de la noche que ya comenzaba a despuntar. Allí, sentado sobre un tronco de almendrón, el pequeño Julián jugaba a moldear figuras con el barro que la lluvia le había regalado. Sus manos, pequeñas y ansiosas, eran como el cincel de un alfarero, transformando el lodo húmedo en barcos que navegaban charcos y en animales fantásticos.
A su lado, el viejo Juan observaba la escena mientras la brisa fresca del valle mecía su sombrero de paja. Con la lentitud propia de quien ha hecho las paces con el tiempo, el anciano acarició la cabeza del niño y, señalando la arcilla que se adhería a los dedos del pequeño, dejó caer una verdad que vibró más allá del repiqueteo del agua sobre los techos de zinc:
-Mira bien, hijo. El alma de un niño es como ese barro fresco. Es suave, maleable, agradecida; puedes grabar en ella lo que quieras: una canción, un consejo, el nombre de una virtud o la herida de un desprecio. Pero no te engañes: lo que hoy marcas con ligereza, el tiempo lo hornea.
Julián dejó de presionar el barro. Sus dedos habían dejado surcos marcados, cicatrices artificiales que la humedad apenas empezaba a disimular, pero que el aire pronto endurecería.
-¿Por qué, abuelo? -preguntó, mirando sus manos enlodadas.
-Porque el corazón no es de piedra, sino de memoria -respondió el viejo, con la voz desgastada por los años-. Esas marcas se quedan en su piel invisible. Lo que se escribe en la infancia no es tinta, es la huella de la vida. Se vuelven cicatrices que acompañan al hombre hasta el último suspiro, y no hay lluvia, ni olvido, ni arrepentimiento que pueda borrarlas cuando el barro ya ha fraguado.
El niño volvió a mirar su obra. Ya no vio un simple juguete, sino un terreno sagrado. Con una ternura nueva, comenzó a suavizar los bordes, a borrar las huellas toscas que había dejado antes. Entendió, en su sabiduría pequeña, que cada caricia y cada palabra depositadas en él eran el dibujo definitivo de su propio rostro futuro.
La noche, teñida de sombras y el murmullo lejano de los grillos, cubrió el patio con un silencio cómplice. Allí quedaron, el anciano y el niño, conscientes de que el alfarero más importante de la vida es, a menudo, el que no sabe que está creando.
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