Cuento : Inédito.
Título : Don Juan en el Picure
Autor : Lcdo. Pablo Briceño.
País : Venezuela.
Érase una vez, a pocos minutos del pueblo de Chiguará, en un sector, con nombre de animal, " El Picure " el picure es un animal parecido a los roedores, desde Pregonero estado Táchira, Don Juan se aventuró a vivir, y trabajar esas tierras del Picure, se estableció en la finca hoy llamada, " Las Mercedes " hizo de aquellas tierras un lugar de frutas, y verduras, además de tener algunas vacas, con la cuál elaboraba quesos, los cuales los llevaba a San Antonio, por las calles áridas, y polvorientas del Pedregal, el camino lo llevaba a la parte alta del pueblo, un pequeño sector comercial, donde llegaban los fines de semana, o cada quince días, los transeúntes que venían de las aldeas retiradas del pueblo, a realizar sus compras ( mercados ), otros disfrutaban de festejar, y de tomarse unos tragos de aguardiente, hubo casos en que muchos se alegraban de más y no hacían sus compras, entonces amanecían el día lunes dormidos en la puerta de la iglesia del pueblo, muchos tal vez se fueron sin llevar sus compras, y seguían caminando hasta llegar a sus aldeas, Don Juan después de vender sus quesos, y llevar el café seco, a una trilladora o procesadora de café, que había en San Antonio, propiedad de la familia Pulido, gente con gran estirpe de trabajo, y reconocida en el pueblo, por su don de humanidad.
Don Juan repetía su labor de llevar el queso, el café, y lo que podía llevar para vender, igual aprovechaba más que todo los domingos, de ir a la parte media del pueblo, sector el " Viento " ahí había una gallera, y como era aficionado a jugar los gallos, apuestas que se hacían en un espacio circular, cubierto de arena blanca, y rodeado de escaleras que simulaban asientos, para los espectadores, dueños de gallos, y apostadores, unos apostaban dinero, bienes, y hasta automoviles, Don Juan se hizo reconocido por su gallo llamado " Doble seis " gallo de hermoso plumaje, contextura fuerte, y robusta, no era para menos, Don Juan le daba los mejores cuidados, alimentación especial ( maíz molido, revuelto con huevos crudos ), y entrenamiento progresivo, todo esto lo llevo a ganar varias peleas, hasta el punto de darle muerte a sus contrincantes, Don Juan se ganó el respeto, y admiración de los galleros, y quienes gustaban las peleas de gallos, con el tiempo Don Juan dejó de jugar gallos, y se dedicó al cuidado, y preparación de los mismos, para las peleas, él se encargaba de la alimentación, entrenamiento, corte de plumaje, y les colocaba nuevas espuelas, muchos gallos entrenados por él ganaron, y fueron a campeonatos fuera del pueblo, comenzaron a llamarlo, por cariño Don Juan, el Gallero, con el pasar de los años Don Juan se encontraba solo, y busco la compañía de un niño como de trece años, un niño trabajador, y respetuoso, él cuál lo ayudaba en la crianza de los gallos, ayudaba con los quehaceres de la casa, barrer el patio, buscar leña, para cocinar, y otras actividades. Don Juan era buen conversador, muchas veces bajo el semblante de la luna, pasaban noches hablando, de Pregonero su tierra natal, y de las bondades de Dios, era católico por excelencia, todos los domingos iba con el niño, a la santa misa, él, y él niño se vestían como si fueran para una fiesta, el único día que se le veía a Don Juan con un sombrero pelo de guama, era el domingo. Después de llegar de misa envolvía el sombrero en una cobija, lo cuidaba mucho, y decía que se lo habían traído de Colombia, era un sombrero como él mismo mencionaba, para ricos, Don Juan ya se acercaba casi a los 60 años, y de tanto ir a San Antonio, a vender sus quesos, y llevar el café, se enamoró de una mujer, casi como de su edad, el niño era el confidente de aquella historia de amor, que cada noche bajo la luna, era tema obligado.
Un día Don Juan, el gallero, le dice al niño, hoy en la madrugada, como a las tres de la mañana, quiero que me acompañes a San Antonio, me voy a traer a mi novia, a vivir con nosotros, porque donde está no quieren que viva conmigo, entonces he decidido sacarla por una ventana, y traer lo necesario, y que le haga falta, él niño aún recuerda que esa madrugada, la luna estaba totalmente iluminada, el camino parecía como que era una alfombra amarilla, así caminando, hicieron como tres viajes, para traer sus cosas, a Don Juan se le notaba la felicidad, abrazaba a su amada, y al niño por haber ayudado a cumplir sus sueños.
Al amanecer el niño despertó respirando un olor a café, endulzado con panela, que le daba un olor campestre, igual un desayuno, con dos huevos fritos, queso y arepas de maíz pelado, todo aquello lo hizo la señora, los tres en la mesa daban gracias a Dios, por los alimentos, y se acordaban de la aventura bajo la luna, y Don Juan seguía sonriente. Pasaron varios años el niño se fue de aquella casa, y quedaron ellos dos, él dejó el oficio de la crianza de gallos, con el pasar de los años Don Juan, y su amada se fueron del pueblo, y más nunca aquel niño supo de ellos, él niño siguió guardando aquel recuerdo, y experiencia de amor, de dos personas de la tercera edad, que no encontraron límites para amarse, y estar juntos, cuántas enseñanzas religiosas, valores, y principios que aprendió al lado de aquella pareja, que hoy recuerda, y proclama, que nunca es tarde para amarse.
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