-¡Muuu! -dijo sorprendida-. ¿Dónde está mi mancha?
Corrió hasta el viejo balde de agua para mirarse. Sí... faltaba una. Justo la más redondita, la que tenía en el costado.
-¡Se me perdió! -exclamó preocupada.
Clara salió al campo moviendo la cola de un lado a otro. Lo primero que encontró fue a Tito, el gallo.
-Tito, ¿viste mi mancha? -preguntó.
-Yo solo veo lo que pasa cuando sale el sol -respondió él, acomodando sus plumas-. Pero hoy estás igual de linda, Clara.
Clara no quedó convencida. Siguió su camino.
Luego encontró a Lila, la ovejita.
-Lila, ¿no viste una mancha negra por ahí?
Lila la miró con ternura.
-No, pero mira mi lana... no es igual en todos lados. Y aun así, soy yo.
Clara suspiró. No era lo mismo.
Más adelante, junto al estanque, estaba Nico, el patito.
-¡Nico! ¿Mi mancha cayó en el agua?
Nico chapoteó feliz.-No vi ninguna, pero el agua me cambia... a veces estoy seco, a veces mojado... y sigo siendo Nico.
Clara comenzó a sentirse extraña. ¿Y si ya no era la misma?
Caminó hasta el granero, donde vivía Don Bruno, el caballo más viejo de la granja. Él sabía muchas cosas.
-Don Bruno -dijo Clara en voz bajita-, perdí una mancha... y siento que ya no soy yo.
El caballo la miró con ojos sabios.
-Acércate, Clara.
Ella se acercó despacio.
-Dime -continuó él-, ¿sigues dando leche fresca cada mañana?
-Sí...
-¿Sigues ayudando a tus amigos cuando lo necesitan?
-Claro...
-¿Y sigues siendo amable y tranquila?
Clara pensó un momento.
-Sí... sigo siendo yo.
Don Bruno sonrió.
-Entonces no has perdido lo más importante. Las manchas
cambian, Clara. Lo que llevas dentro... eso es lo que te hace ser quien eres.
Clara se quedó en silencio. Sintió algo cálido en el pecho, como un rayito de sol.
En ese momento, una brisa suave movió su pelaje... y ahí estaba. Su mancha. Siempre había estado allí, solo que se había escondido bajo un pliegue de su piel.
-¡Aquí está! -gritó feliz.
Pero esta vez, Clara no corrió ni se asustó.
Sonrió.
Porque ahora sabía algo mucho más importante.
Esa tarde, caminó por la granja con paso tranquilo, saludando a todos.
Y aunque tenía todas sus manchas en su lugar... ya no las necesitaba para saber quién era.
Porque Clara entendió que lo que la hacía especial... no se podía perder.
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