Hay un tema del que nadie puede escapar y del que, sin embargo, todavía nos cuesta hablar con absoluta libertad. Está presente desde el comienzo de nuestra existencia, en nuestro cuerpo y en nuestra mente, en el amor y en la soledad, en la pareja y en la fantasía, en la publicidad y en la religión, en el placer y también en algunas de las formas más oscuras de violencia. Ese tema es el sexo.
La naturaleza encontró en él una manera de continuar la vida, pero el ser humano descubrió algo más: el placer. Por eso tenemos sexo sin buscar necesariamente la reproducción, nos masturbamos, fantaseamos, deseamos y buscamos el encuentro aun cuando no queremos tener hijos. Quizás la naturaleza haya unido la reproducción al placer precisamente para asegurar que la vida continuara, pero nosotros convertimos ese impulso en algo mucho más complejo. El sexo dejó de ser solamente una función biológica y pasó a formar parte de nuestra identidad, nuestras emociones, nuestras relaciones y nuestros pensamientos.
¿Por qué nos atrae alguien? A veces no lo sabemos. Una mirada, una voz, un cuerpo, un perfume o simplemente una presencia pueden despertar algo antes de que la razón tenga tiempo de intervenir. El deseo aparece y no siempre podemos elegir que aparezca. También existen distintas formas de vivir la sexualidad: hay personas atraídas por el sexo opuesto, otras por el mismo sexo, otras por ambos y otras que no sienten el deseo de la misma manera. Durante mucho tiempo la sociedad convirtió esas diferencias en motivo de condena, como si la naturaleza tuviera que obedecer nuestras reglas. Pero la atracción no determina la bondad de una persona. Lo que verdaderamente importa es cómo vivimos ese deseo y cómo respetamos al otro.
Porque desear no significa tener derecho. Podemos sentir una enorme atracción y recibir un no. Podemos querer acercarnos y tener que aceptar que el otro no quiere. Allí aparece uno de los límites fundamentales de la sexualidad: el consentimiento. Cuando existe libertad de ambas partes, el sexo puede ser intimidad, placer, ternura y encuentro. Cuando desaparece la voluntad de uno, se convierte en violencia. La violación es justamente eso: la utilización del cuerpo de una persona contra su voluntad. No es amor, no es pasión y no es simplemente un deseo demasiado fuerte; es violencia y abuso de poder.
Y si existe algo todavía más terrible es cuando la víctima es un niño. Un menor no se encuentra en igualdad de condiciones con un adulto y no puede ser utilizado para satisfacer los deseos sexuales de este. Por eso debemos enseñar a nuestros hijos, desde pequeños y de acuerdo con su edad, que su cuerpo les pertenece, que nadie tiene derecho a tocar sus partes íntimas, pedirles imágenes de carácter sexual, obligarlos a guardar secretos relacionados con su cuerpo o hacerlos sentir culpables por contar algo que los incomoda. También debemos enseñarles que pueden decir que no y, sobre todo, que si alguna vez cuentan algo difícil serán escuchados y protegidos.
Hoy esa protección también debe llegar a internet. Un niño puede ser contactado por alguien que se presenta como otra persona, gana su confianza, le ofrece afecto o regalos y poco a poco intenta manipularlo. Por eso no alcanza con prohibir; hay que hablar, acompañar y construir confianza. Nuestros hijos necesitan saber que ningún adulto tiene derecho a pedirles fotografías íntimas, que nadie debe amenazarlos para guardar un secreto y que siempre pueden acudir a alguien de confianza.
Pero el problema del sexo no termina en la violencia individual. También existe una enorme industria construida alrededor del deseo. Durante siglos, y todavía hoy, el cuerpo de la mujer ha sido utilizado para atraer miradas, vender productos y despertar fantasías. Lo vemos en la publicidad, en las películas, en las redes sociales y en innumerables imágenes que convierten la sensualidad en mercancía. No hay nada malo en que una mujer decida libremente mostrar su cuerpo o utilizar su sensualidad; el problema aparece cuando deja de ser vista como persona y comienza a ser presentada solamente como un objeto sexual.
El mercado descubrió hace mucho tiempo que el deseo vende. No solamente compramos un perfume, una ropa o un automóvil: muchas veces compramos la fantasía de ser más atractivos, más jóvenes, más poderosos o más deseados. El sexo se convirtió así en una herramienta comercial, y nuestros deseos en un mercado.
Pero existe una forma mucho más cruel de convertir el sexo en mercancía: la explotación y la trata de personas. Hay mujeres, hombres y menores que son engañados, amenazados, sometidos o trasladados para ser explotados sexualmente. Allí la persona deja de ser considerada un ser humano y pasa a ser tratada como un producto del que alguien obtiene ganancias.
Y detrás de esa explotación existe también una demanda, porque para que exista un mercado debe existir alguien que compre. Tal vez sea una de las contradicciones más dolorosas de nuestra sociedad: hablamos de libertad mientras existen personas privadas de ella para satisfacer los deseos de otros.
También debemos distinguir realidades diferentes. No es lo mismo una persona adulta que decide libremente ejercer una actividad sexual que una persona obligada, amenazada o explotada por una red. La palabra libertad pierde todo sentido cuando detrás existe miedo.
El sexo también puede convertirse en consumo. Internet puso al alcance de casi cualquiera una cantidad de estímulos sexuales que ninguna generación anterior conoció. La pornografía puede comenzar como curiosidad y, para algunas personas, transformarse en una búsqueda permanente de nuevas imágenes y sensaciones.
Lo mismo puede suceder con la masturbación u otras conductas sexuales: no es necesariamente el acto lo que determina el problema, sino la pérdida de control. Cuando una persona ya no puede decidir cuándo detenerse y el sexo comienza a ocupar su vida, sus relaciones o sus obligaciones, el placer puede haberse convertido en una conducta compulsiva.
Y quizás aquí encontremos uno de los mayores misterios: el sexo muchas veces intenta llenar algo que no es sexual. Hay personas que buscan cuerpos cuando en realidad necesitan afecto, que buscan placer cuando necesitan compañía, o que necesitan sentirse deseadas para escapar de una inseguridad.
Podemos tener sexo sin amor y amor sin sexo. Podemos amar a una persona y sentir atracción por otra. Podemos perder el deseo dentro de una pareja sin que desaparezca el amor. Y también podemos confundir amor con posesión, dando lugar a celos, infidelidades y conflictos.
Nadie es dueño del deseo de otra persona. Amar no significa poseer. La fidelidad tampoco significa dejar de sentir atracción por los demás; significa decidir qué hacemos con aquello que sentimos. Porque no podemos controlar siempre quién nos atrae, pero sí podemos controlar nuestras decisiones.
La religión tampoco escapó de estas contradicciones. Durante siglos el sexo fue presentado como pecado, tentación o algo que debía ser vigilado. Sin embargo, la propia Biblia contiene relatos de adulterio, prostitución, violencia sexual y relaciones entre familiares que hoy nos resultan difíciles de comprender, incluso historias de incesto. ¿Significa eso que Dios lo autorizó? No necesariamente.
Que una conducta aparezca narrada no significa que sea una orden divina. La Biblia también relata guerras, asesinatos, engaños y traiciones. Una cosa es contar lo que ocurrió y otra muy distinta afirmar que Dios quiso que ocurriera.
Y quizás la contradicción se vuelve todavía más dolorosa cuando alguien que habla en nombre de Dios utiliza su posición para abusar de un menor. Los casos de sacerdotes y miembros de instituciones religiosas que cometieron abusos no deberían utilizarse para condenar a todos los creyentes, pero tampoco deben ocultarse detrás de ninguna institución. La autoridad religiosa no convierte a una persona en santa ni la coloca por encima de la ley. Cuando un adulto abusa de un niño, existe una víctima y existe un abuso de poder.
Todo esto nos lleva finalmente al lugar donde quizás comienza gran parte de nuestra sexualidad: la mente. Allí aparecen deseos, recuerdos, imágenes y fantasías. No somos responsables de cada pensamiento que surge espontáneamente; pensar algo no significa necesariamente querer hacerlo. Pero sí somos responsables de nuestras decisiones. Entre el pensamiento y la acción existe un espacio donde podemos detenernos, reflexionar y elegir.
Quizás controlar el deseo sexual no signifique eliminarlo ni sentir vergüenza por él. Signifique conocerlo. Aprender a convivir con él. Entender que no todo deseo debe ser satisfecho, que no toda fantasía debe convertirse en realidad y que ningún impulso nos da derecho a dañar a otra persona. El deseo puede aparecer sin pedir permiso, pero nuestra conciencia puede decidir qué hacer con él.
Tal vez por eso el sexo sea uno de los grandes espejos de la humanidad. Puede crear vida y producir placer, puede expresar amor y acercar a dos personas, pero también puede convertirse en obsesión, mercancía, explotación, violencia o esclavitud. Puede ser una experiencia hermosa o una herramienta de destrucción. Todo depende de lo que hagamos con esa fuerza que la naturaleza puso dentro de nosotros.
Quizás no necesitamos seguir viendo el sexo solamente como pecado ni como producto de consumo. Necesitamos comprenderlo. Hablar de él sin vergüenza, pero también sin irresponsabilidad. Enseñar a nuestros hijos a conocer su cuerpo y protegerlo. Enseñarnos a nosotros mismos a distinguir deseo de posesión, placer de dependencia, fantasía de realidad y libertad de abuso.
Porque no podemos elegir todos los deseos que aparecen dentro de nosotros, pero sí podemos elegir qué hacemos con ellos. Y quizás allí, en esa pequeña distancia entre lo que sentimos y lo que decidimos hacer, se encuentre una de las formas más profundas de nuestra libertad.
El sexo pertenece a nuestra naturaleza.
Pero la manera en que lo vivimos pertenece a nuestra conciencia.
Me gusta su análisis sobre el sexo, y hasta creo que pienso lo mismo.