Lectura

El hombre de los gatos y las palomas dedicado a mi padre Exequiel Neira

Por Rey Neira Bustamante Admin · Chile · Histórico

El hombre de los gatos y las palomas dedicado a mi padre Exequiel Neira
Tenía diecisiete años cuando entré a esa casa sin saber a quién iba a conocer. En aquel entonces, trabajaba en una cerrajería en la calle San Diego, cerca de la Plaza Almagro. No era solo un local de llaves; allí se hacía de todo: se soldaban rejas, se armaban puertas de fierro y se reparaban candados, chapas y cerraduras. También abríamos puertas cuando alguien dejaba las llaves adentro, cajas de fondo e incluso vehículos. Era un oficio duro y concreto, de manos negras y soluciones rápidas, que yo ya conocía bien.
Había llegado a ese taller después de que mi vida se desordenara: mi padre murió cuando yo tenía dieciséis años, el negocio familiar se vendió y, de un día para otro, me quedé sin rumbo. Encontrar ese trabajo fue más una necesidad que una oportunidad, pero también representó una forma de seguir conectado a lo que había aprendido con él.
Un día, el dueño del local me pidió que fuera a abrir una caja de fondo. Yo ya sabía cómo hacerlo, pues lo había aprendido desde muy chico trabajando con mi padre. Me sentía orgulloso de esa habilidad; en ese tiempo era común que la gente perdiera el acceso a sus bienes y ahí entrábamos nosotros. Yo iba, abría y solucionaba el problema. Era un oficio honesto y se me daba bien.
La dirección quedaba detrás de la iglesia de concreto, grande y fría, que está a los pies del parque Almagro, Siempre me pareció un lugar más duro que espiritual. Detrás de ella, en una calle silenciosa, estaba la casa. Golpeé la puerta y me abrió un hombre que parecía sacado de otro tiempo: tenía el pelo largo y completamente blanco, con una barba espesa del mismo color. Vestía un overol azul de trabajo y botas de agua; más que un dueño de casa, parecía un ermitaño que vivía fuera del mundo.
Pero lo que más me impactó no fue él, sino los animales. Había muchos gatos y palomas conviviendo en un pacto silencioso: los gatos no atacaban y las palomas no huían. No había ni un solo perro. El hombre me explicó con naturalidad que las panaderías le daban pan duro, el cual él mojaba para repartirlo, y que de una "picada" cercana le enviaban restos de almuerzo cada día. Así los alimentaba a todos, y probablemente a sí mismo.
La casa estaba descuidada, con polvo acumulado y un fuerte olor a gato. Más que pobreza, se percibía un desinterés total por lo material. Me llevó hasta la caja de fondo, una antigua de marca Cóndor. Me explicó que guardaba documentos allí, pero que en realidad no valían mucho y nada de eso era realmente importante. Lo dijo sin amargura, como una verdad simple.
Mientras trabajaba, me dejó solo y, movido por la curiosidad, miré a mi alrededor. Sobre una mesa vi varios libros iguales apilados; en la portada estaba su cara. Ese mismo hombre que vestía como obrero era el protagonista del libro. Cuando volvió, no pude evitar preguntarle:
- ¿Usted es el del libro?
Me miró con tranquilidad y respondió:
- Sí, esa biografía la hicieron en Francia sin mi autorización. Algunas cosas son ciertas, otras son mentiras. No había orgullo ni molestia en su voz, solo distancia.
Terminé el trabajo y le entregué la llave. Sin pensarlo mucho, le pedí:
- ¿Me regalaría un libro?
- Por supuesto -respondió-, llévate dos si quieres.
- No, solo uno, pero firmado -le dije.
Sonrió levemente, escribió una dedicatoria y me lo entregó. Después vació la caja, sacó los documentos y dijo que ya no la usaría más, pues no tenía sentido guardar cosas que no importaban. Antes de irme, encontré en un pequeño compartimento una navaja de madera y bronce, sencilla pero hermosa. Se la mostré y, al verla, me la regaló diciendo que la tenía hace mucho tiempo.
Salí de esa casa sin entender realmente a quién había conocido. Tiempo después, al leer el libro, supe la verdad: ese hombre era un líder fundamental que aparecía en televisión defendiendo a los trabajadores y que había fundado una organización enorme.
Yo, que venía de un mundo donde todo se abría con precisión y herramientas, me encontré con alguien que no quería guardar nada. Alguien que regalaba libros sobre su propia vida sin darle importancia.
Pasaron los años. El libro se perdió en la casa de mi madre y, tras su muerte, alguien más se quedó con él. La navaja también desapareció. Desde entonces, busco ese ejemplar en cada feria de antigüedades que visito. He encontrado el mismo título varias veces, pero nunca el mío, nunca el que tiene su firma.
A veces pienso que lo que perdí no fue el objeto, sino el momento: ese instante único en que estuve frente a un hombre que decidió vivir sin aferrarse a nada, mientras yo recién empezaba a entender lo que significaba perderlo todo.
Ese hombre, cuyo nombre alguna vez confundí en mi memoria, era Clotario Blest Riffo. Fundador de la Central Única de Trabajadores de Chile (CUT), un hombre que vivió entre el 17 de noviembre de 1899 y el 31 de mayo de 1990.

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