Cierta vez tuve una amiga -ella decía novia- que me quería, y yo a ella a mi descuidada manera de querer. Cuando la cosa parecía acercarse a la formalidad, yo lo dejé correr. Me dio miedo, era demasiado para mí. Me gustaba la novia y me gustaba la suegra; aquella suegra, sin menoscabo de la novia, que era fina y potente y con poca carne. Digo que aquella suegra era la educación sin paliativos: guapa, señora, y tenía algo que no se suele encontrar, excepto en casos muy extraordinarios... Tenía clase... La veía sentada o de pie y parecía que iba a comenzar un paso de ballet o a componer los brazos en un port de bras, como si viniera de la escuela Vagánova y a poner las posturas fijas numeradas (primera, segunda, tercera, cuarta y quinta). Yo me quedé más de una vez extasiado mirándola; y su hija, mi novia, me dijo un día que tenía celos de cómo miraba yo a su madre.
El caso es que el papelito de esta novia lo tengo guardado, y de vez en cuando aparece y me besa en los ojos; aunque debería llorar al verlo, por mi constitución anímica, curtida en mil y un desengaños, ni tan siquiera se me acelera el pulso. El papel, que es una servilleta del bar que solíamos frecuentar, en una mesa al fondo, lejos de la gente y la televisión, decía y dice: "El valor de las cosas se sabe de verdad cuando ya no las tenemos...".
Creo que aquello merecía cuajar, pero se tiene lo que se merece, las más de las veces.
Un día vi a la novia con sus dos hijas, eran el vivo retrato de su abuela y andaban solo rozando el suelo.
La belleza y la elegancia cuando quiere lucir no piden permiso a ningún pintor, no les hace falta.
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