Me importa un comino lo que digan, lo que pase y lo que hagan. Mi amigo Vicente Ramón dice que, si aquí fuera legal comprar armas, antes del verano que viene -si nadie lo remedia- habría una escabechina a noventa años vista de la guerra. Dejando estas minucias de lado, me ha venido a la memoria el día que estuve en la cárcel Crumlin Road de Belfast, en la que encerraban al IRA y al Sinn Féin; me impresionó casi tanto como la vez que me harté de vodka y caviar en Petrossian, en la Séptima. Y es que la memoria guarda lo que le viene en gana, sin que tú le digas qué debe hacer y qué no. Ese reventar en la boca de las bolitas del caviar y, de pronto, un sabor diferente a todo, salado, junto a un sorbito de vodka o de champán, que de todo había en aquel lugar.
Las verdades y las mentiras saben al adobo que les ponen las derechas, las izquierdas o los dueños del capital, que son los amos de los océanos de cerebros planos, con el permiso de los dicasterios de los obispados que aún reinan por aquí.
Me ha parecido un muy buen relato y muy cierto sobre todo