Puede que por su excesiva timidez, Raimond, quien hace el viaje todos los días en el mismo vagón y horario que Margaret, se distrae observándola sin ser capaz de desviar la mirada. Todos los días le pide en secreto, y a veces en un susurro, que ella gire el rostro para que lo vea. Lleva tres años soñando con esos maravillosos ojos verde turquesa e imaginando cómo será su voz. Está tan enamorado de la francesa que, cuando tiene un día libre, igual toma el tren solo para verla durante esos quince minutos. Ha inventado mil frases para hablarle y, a veces, finge una carraspera para llamar su atención.
Pero el destino es caprichoso y juguetón. Un día en que Raimond le quitó la mirada a Margaret por tan solo unos segundos, el tren frenó de forma brusca por una emergencia imprevista.
Y por un instante, en el momento exacto en que el tren hizo chirriar las ruedas, las miradas de Margaret y Raimond se cruzaron por primera vez. El cuerpo de Margaret, impulsado por la inercia del frenazo, se deslizó ligeramente hacia el pasillo, y Raimond reaccionó por instinto para sostenerla del brazo antes de que perdiera el equilibrio.
-Disculpe -logró balbucear él con la voz temblorosa, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.
Margaret parpadeó, desconcertada al principio, pero al enfocar sus ojos turquesa en el rostro de Raimond, una extraña y cálida sensación la recorrió por completo. No era una cara desconocida; de algún modo, su presencia se había vuelto parte del paisaje cotidiano que su mente distraída solía ignorar. Una sonrisa tímida se dibujó en sus labios.
-No se preocupe -respondió ella con una voz suave y melodiosa, exactamente como él la había imaginado durante tres años-. Gracias por evitar que cayera. ¿Viaja siempre en esta línea?
Raimond, sintiendo que el mundo entero se detenía en ese vagón en movimiento, tomó aire y dejó atrás todos sus ensayos mentales.
-Sí, desde hace tres años. Y, a decir verdad, es la primera vez que tengo la suerte de hablar con usted. Soy Raimond.
Margaret sintió que la timidez que solía abrumarla se desvanecía ante la sinceridad de su mirada.
-Yo soy Margaret. ¿Le apetecería tomar un café en la plaza del Tertre cuando lleguemos? Todavía nos quedan cinco minutos de trayecto y creo que tenemos mucho de qué hablar.
El tren reanudó su marcha hacia París con suavidad, mientras ambos comprendían que los mejores destinos no siempre se encuentran en las estaciones, sino en las casualidades que transforman una rutina en el inicio de una vida compartida.
Valoración: 0.0/5 (0 votos)
Comentarios
Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.