No era un defecto, según su madre. Era, según ella, una distinción. Pero Ramiro las miraba cada mañana en el charco de agua junto a la madriguera y pensaba que eran demasiado largas para una vida normal, tan largas que le impedían correr sin tropezar con los helechos, demasiado largas para esconderse en los días de lluvia cuando el viento las convertía en velas de barco.
Esa mañana de tiempo de lluvias, con el cielo color de guanábana y el pasto todavía mojado de rocío, Ramiro saltaba entre los alisos buscando zanahorias tardías cuando la escuchó por primera vez.
No era un sonido. Era como si alguien la llamara sin decir su nombre.
Era un crujido suave, casi musical, que venía del enrejado de madera viejo que separaba el bosque del huerto del señor Carmelo. Y sobre ese enrejado, con la cola levantada como una llama de pino, con los ojos del color de las avellanas maduras, saltaba una ardillita que Ramiro nunca antes había visto.
Saltaba como si el enrejado fuera suyo. Como si lo hubiera construido ella misma solo para ese propósito.
Ramiro se quedó quieto.
Las orejas le temblaron solas.
La ardillita giró la cabeza, lo miró un instante con algo de curiosidad, y siguió saltando
Ramiro no supo cuánto tiempo estuvo ahí parado. Cuando quiso moverse, las patas no le respondieron. Cuando quiso decir algo, la boca se le llenó de silencio. Solo las orejas siguieron temblando, esas orejas largas que tanto le molestaban, como si de pronto supieran algo que el resto de él tardaba en entender.
Pasó la tarde dando vueltas por el valle sin poder pensar en otra cosa. Al final se le ocurrió preguntarle a la cotorra Gregoria, que lo sabía todo sobre todos los habitantes del bosque y los alrededores, y que además lo sabía con detalles que nadie le había pedido.
Se llamaba Lila.
-Lila, sí, la ardillita nueva que llegó del Bosque de los Robles con su familia hace dos semanas. Muy simpática, muy lista, muy ágil. Sube a los árboles como si volara. Come nueces, piñones, semillas de girasol y a veces alguna bellota. Su madriguera está en el gran castaño del borde del prado.
La cotorra hizo una pausa dramática.
-¿Por qué tanto interés en esa ardilla?
-Por nada -dijo Ramiro, y las orejas se le pusieron de color zanahoria.
El problema con estar enamorado, descubrió Ramiro, es que todo lo que uno piensa empieza a rimar.
Esa noche, mientras masticaba repollo sin ganas, los pensamientos le llegaron en oleadas sonoras y desordenadas, como cuando la lluvia golpea las hojas de los alisos y cada gota suena diferente pero todas juntas forman una sola música.
Tiene una cola hermosa
y unas muelitas igual a mí.
Me cortaría las orejas
para quedar igualito a ti.
Se asustó de haber pensado eso. Cortarse las orejas era una idea terrible. Sus orejas eran lo que eran: largas, expresivas, un poco inconvenientes en los días de viento. Pero eran suyas.
Sin embargo, el verso estaba ahí, flotando en el aire de la madriguera como el olor de la tierra después de la lluvia.
Lo escribió en una hoja de roble con una ramita de carbón.
Luego escribió otro.
Y otro.
A la medianoche tenía dieciséis versos, dos hojas de roble llenas de letras torcidas, y un plan.
Con ese plan en la cabeza y las hojas de roble apretadas contra el pecho, Ramiro se quedó dormido. Al día siguiente, muy temprano, cuando la niebla todavía dormía entre los helechos, fue al enrejado.
Lila estaba ahí.
Saltaba de un listón al otro con esa precisión que a Ramiro le parecía imposible, con esa ligereza que él no podía ni imaginar. Su cola se movía como un signo de interrogación perpetuo, siempre en equilibrio, siempre lista para el siguiente salto.
Ramiro carraspeó.
Lila lo miró.
-Buenos días -dijo Ramiro, y las orejas le temblaron.
-Buenos días -respondió Lila, sin dejar de moverse. Tenía una voz clara, como el agua sobre las piedras del arroyo.
Ramiro respiró profundo y sacó la hoja de roble del bolsillo de su chaleco de lana gris.
-Te escribí algo.
Lila se detuvo. Se sentó sobre el enrejado con la cola enroscada alrededor de las patas. Lo miró con atención verdadera.
-¿A mí?
-A ti.
Ramiro leyó los versos con voz un poco temblorosa pero firme. Los leyó despacio, mirando el papel para no perderse ninguna palabra, aunque en realidad los sabía de memoria.
Cuando terminó, el bosque estaba en silencio.
Hasta la cotorra Gregoria, que espiaba desde la rama del sauce, guardó silencio por primera vez en su larga vida de cotorra entrometida.
Lila no dijo nada por un momento. Luego sonrió. Era una sonrisa pequeña pero completa, como las semillas de girasol, que son pequeñas, pero tienen todo lo que necesitan adentro.
-¿De verdad te cortarías las orejas? -preguntó.
Ramiro abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
-No -admitió, con honestidad repentina-. Pero en el momento en que lo escribí, casi lo creía.
Lila soltó una risa breve, luminosa.
-Eso es lo más honesto que alguien me ha dicho en mucho tiempo.
Los días que siguieron fueron raros y hermosos, como esa hora de la tarde cuando la luz se vuelve dorada y todo el mundo parece más tranquilo de lo que es.
Ramiro volvía al enrejado cada mañana. Traía versos nuevos, escritos en hojas de roble, de castaño, una vez en la corteza suave de un abedul. Los leía con su voz un poco temerosa y sus orejas siempre en movimiento.
Lila lo escuchaba. Siempre lo escuchaba.
Pero una mañana, cuando Ramiro terminó de leer un verso particularmente largo sobre los ojos de Lila, que según él tenían el color exacto de las avellanas en noviembre, ella bajó del enrejado de un salto y se plantó frente a él.
Era más pequeña que Ramiro. Pero tenía esa forma de pararse que hacen algunas criaturas, con los pies bien puestos en la tierra, que hace que parezcan del tamaño exacto del mundo.
-Escúchame bien, Ramiro -dijo Lila, y su voz sonó seria, pero sin frialdad-. Tienes que dejar de querer ser diferente a lo que eres.
Ramiro parpadeó.
-Yo solo...
-Lo sé -lo interrumpió Lila-. Pero escucha. ¿Ves mi cola?
Ramiro la miró. Era una cola esponjosa, gris con manchas rojizas, que se movía con vida propia.
-Es muy bonita -dijo Ramiro.
-Es mi cola -dijo Lila-. No la elegí. Es mía, igual que las orejas son tuyas.
Ramiro miró sus orejas. Largas. Un poco caídas en las puntas. Siempre en movimiento.
-En algo nos parecemos -continuó Lila, y ahora en su voz había algo más suave-. El pelo, las muelitas, la carita redonda, las paticas, las uñitas. Somos más parecidos de lo que crees, Ramiro. Solo que distintos donde tenemos que ser distintos.
Ramiro guardó silencio. Era un silencio que pesaba.
-¿Y eso no te parece... de maravilla? -preguntó-. ¿Parecernos solo en algunas cosas?
Lila lo miró con esos ojos color avellana.
-Eso es lo que hace que valga la pena -dijo-. Si fuéramos iguales en todo, ¿qué nos enseñaríamos el uno al otro?
? ? ?
Esa noche, Ramiro no escribió versos.
Se quedó sentado a la entrada de la madriguera, mirando el cielo. Las estrellas del Valle de los Alisos eran muchas y brillaban con esa intensidad de las noches de verano, cuando el aire está limpio y frío y huele a tierra húmeda y a las primeras flores del tiempo seco.
Pensó en lo que había dicho Lila.
Pensó en sus orejas.
Luego pensó en algo que nunca antes había pensado: que tal vez las orejas largas servían para escuchar mejor. Para oír las cosas que los demás no oían. El crujido del enrejado cuando Lila saltaba. El ritmo de sus pasos. El silencio particular que venía después de sus palabras, ese silencio que era más importante que las palabras mismas.
Tal vez las orejas largas eran exactamente del tamaño que necesitaba.
Llegó el tiempo de las lluvias y el valle se llenó de ese olor particular de la tierra mojada que solo existe en los lugares donde los árboles son viejos. No con nieve ni escarcha, sino con aguaceros que empezaban de repente a media tarde y paraban igual de repente, dejando el pasto brillante y el aire oloroso a barro y a flores de helecho.
Ramiro y Lila se encontraban cada mañana junto al enrejado.
Ya no solo había versos. Había conversaciones largas, y silencios cómodos, y cosas que cada uno le enseñaba al otro sin que nadie lo hubiera planeado así.
Una mañana, Ramiro llegó con una zanahoria y un trozo de repollo.
-Prueba -dijo.
Lila mordió el repollo con cautela. Luego la zanahoria. Sus muelitas trabajaron despacio, pensativas.
-Tiene un sabor... serio -dijo Lila.
-Sí -dijo Ramiro-. El repollo siempre sabe serio. Pero cuando lo comes con zanahoria, se vuelve más amable.
Lila asintió, masticando.
-Como las cosas difíciles -dijo-. Que se vuelven más fáciles cuando las compartes.
Ramiro no había pensado en eso, pero era exactamente eso.
Al día siguiente fue Lila quien llegó primero al enrejado, con los ojos brillantes y una idea propia.
Lo llevó al gran castaño del borde del prado.
Era un árbol enorme, con la corteza llena de historias y las ramas tan altas que se perdían en la niebla de la mañana. Ramiro lo había visto siempre desde abajo. Nunca se le había ocurrido que tuviera un arriba.
-Hoy subimos -dijo Lila.
-Yo no sé trepar -dijo Ramiro.
-Nadie sabe trepar hasta que trepa por primera vez -respondió Lila, con esa lógica suya que era simple y absolutamente cierta.
Le enseñó despacio. Cómo buscar las grietas en la corteza donde poner las patas. Cómo usar la cola para el equilibrio. Cómo no mirar hacia abajo sino hacia arriba, siempre hacia arriba, hacia el siguiente punto de apoyo.
Ramiro se cayó dos veces.
La tercera vez llegó a la primera rama.
Se quedó ahí sentado, aferrado al tronco con las cuatro patas y las orejas paradas de la emoción, mirando el valle desde arriba por primera vez en su vida.
El Valle de los Alisos, desde la primera rama del gran castaño, era algo completamente distinto. Era más grande y más pequeño al mismo tiempo. Más verde. Más lleno de cosas que desde abajo no se veían: los nidos de las palomas, los caminos que hacían los topos, el arroyo que brillaba entre los helechos como una cinta plateada.
-¿Lo ves? -dijo Lila, sentada a su lado con la naturalidad de quien siempre ha estado ahí.
-Lo veo -dijo Ramiro.
Y las orejas le temblaron. No de nervios, esta vez. De otra cosa.
? ? ?
Había una tradición en el Valle de los Alisos que los animales más viejos recordaban y los más jóvenes aprendían de a poco: la Carrera del Primer Aguacero.
Ocurría siempre el primer día que caía aguacero de verdad, de esos que cuajan en el suelo y forman charcos que duran. No había reglas escritas. No había árbitros ni premios. Solo era una carrera que empezaba cuando alguien decía ya y terminaba cuando todos llegaban a su madriguera, a su nido, a su hogar, como se llamara el lugar donde cada uno guardaba lo importante.
Esa noche, con las primeras gotas del aguacero todavía cayendo, Lila le dijo a Ramiro:
-¿Corremos?
-¿Adónde? -preguntó Ramiro.
-A donde llegues primero.
Y antes de que Ramiro pudiera preguntar más, Lila salió disparada.
Ramiro también.
Corrieron por el pasto mojado de lluvia, que sonaba bajo las patas con ese sonido particular que tiene el barro fresco, ese sonido que parece que el mundo acaba de estrenar algo. Corrieron entre los alisos, que sacudían sus ramas y dejaban caer cortinas de gotas cuando el viento los movía. Corrieron junto al arroyo crecido, donde el agua bajaba rápida y marrón y alegre, como si también ella estuviera en la carrera.
Lila saltaba de piedra en piedra con esa agilidad que Ramiro había dejado de envidiar y había empezado a admirar de otra manera, como se admira algo que uno no puede hacer pero que le alegra que exista en el mundo.
Ramiro corría con sus patas largas, que eran perfectas para correr, aunque no para trepar, perfectas para cruzar prados, aunque no para saltar enrejados, perfectas exactamente para lo que eran.
Y las orejas ondeaban al viento como dos banderas de ese país que ya tenía nombre.
Se llamaba nosotros.
Llegaron a la madriguera de Ramiro casi al mismo tiempo, resoplando y riéndose, con el pelo empapado de lluvia y las patas llenas de barro.
La madre de Ramiro asomó la cabeza con cara de susto.
-¡Ramiro! ¿Qué fue eso?
-La carrera del primer aguacero, mamá -dijo Ramiro, todavía jadeando.
Su madre los miró a los dos. A Ramiro, con sus orejas largas chorreando lluvia. A Lila, con su cola esponjosa empapada, pegada al cuerpo, brillando bajo la luz del candil como si fuera una pequeña nutria de monte.
-Pasen -dijo la madre-. Hay repollo con zanahoria.
Lila miró a Ramiro.
-¿Es tan bueno como dices?
-Mejor -dijo Ramiro-. Siempre es mejor cuando hay alguien con quien comerlo.
Esa noche, mientras afuera la lluvia seguía cayendo sobre el Valle de los Alisos con la paciencia que tiene el aguacero para cubrirlo todo, Ramiro sacó sus hojas de roble.
Tenía guardadas todas las que había escrito. Las primeras, torpes y llenas de rima fácil. Las del medio, más largas, más serias. Leyó el verso sobre cortarse las orejas y sonrió, con esa sonrisa que uno tiene cuando mira desde lejos algo que fue importante y ya no duele.
Tomó la ramita de carbón.
Escribió un verso nuevo. El último de esa serie, el que cerraba algo.
No me cortaré las orejas
ni me haré más rabo tampoco.
Hoy sé que soy lo que soy,
y eso... no es poquito ni es poco.
Era un verso sencillo. Tal vez demasiado sencillo para ser bueno. Pero era honesto, y Ramiro había aprendido de Lila que la honestidad valía más que la elegancia.
Lo leyó en voz alta, solo, en la quietud de la madriguera.
Las orejas no le temblaron.
Estaban quietas. En paz.
En el Valle de los Alisos, donde los árboles crecen junto al arroyo y el gran castaño tiene la edad que no se cuenta, hubo ese tiempo de lluvias una amistad que todos los animales recordaron mucho tiempo después.
No porque fuera espectacular. No porque hubiera aventuras peligrosas o enemigos vencidos o tesoros encontrados.
La recordaron porque era verdadera.
Un conejito de orejas largas y una ardillita de cola esponjosa que se encontraron junto a un enrejado viejo y se enseñaron mutuamente a ver el mundo desde lugares distintos. Él le enseñó que el repollo sabe mejor acompañado. Ella le enseñó que desde la primera rama todo parece diferente.
Los dos aprendieron, sin que nadie se los dijera con palabras grandes, que el amor no es querer ser lo que no somos. Que el amor es querer estar donde estamos, con quien estamos, siendo exactamente lo que somos.
Con las orejas que tenemos.
Con la cola que tenemos.
Con el corazón que ya sabía, desde aquella mañana lluviosa junto al enrejado, que algo importante estaba empezando.
? ? ?
Y cuando llega la noche sobre el Valle de los Alisos, con sus estrellas de verano y sus aguaceros de invierno y sus mañanas de sol entre semana, todavía se puede ver, si uno sabe mirar, a un conejito de orejas largas y a una ardillita de cola esponjosa saltando por el prado a toda carrera, riendo, apostando quién llega primero a casa.
Ninguno llega primero.
Los dos llegan juntos.
Eso es lo mejor de todo.
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