Era una pendiente bastante pronunciada. Tenía que bajar por ella para ahorrar tiempo, porque dar la vuelta por el molino de doña Juana significaba un retraso de quince o veinte minutos. No tenía afán, nadie me esperaba ni tenía algo específico para hacer cuando llegara, pero quería bajar, porque Ruperto el carpintero me había dicho que, si yo le traía la herramienta que había dejado olvidada la noche anterior, por andar de beodo en la casa de su amiga Cleotilde, me regalaría una patineta de madera que había construido para un nieto suyo que no la merecía, pues se había negado a hacerle un favor en un momento de crisis a causa de un guayabo monumental. La patineta fue mía por muy poco tiempo, porque yo sí bajé la cuesta, subí la herramienta y reclamé lo que tanto quería. Sin embargo, fue tanta mi emoción que, de inmediato, sin pensarlo dos veces, me deslicé montado en ella, por la misma pendiente que resultó ser mi maldición. Todo porque a Ruperto se le había olvidado asegurarle el freno.
Valoración: 0.0/5 (0 votos)
Comentarios
Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.