Lectura

Escritor - Sentir y Transformar

Por Oscar Jose Cagnolatti · Argentina · Otros

Escritor - Sentir y Transformar
Los Relatos de Óscar

Escritor
Sentir y Transformar

¿Qué es un poeta? ¿Qué es un escritor? ¿Dónde comienza uno y termina el otro? Son preguntas que parecen sencillas, pero cuando intentamos responderlas descubrimos que detrás de esas palabras existe un universo mucho más grande. Porque escribir no consiste solamente en juntar palabras y darles un orden; escribir es, de alguna manera, intentar dejar una huella de lo que somos, de lo que pensamos, de lo que sentimos y también de aquello que no conseguimos decir de otra manera. Desde que el ser humano descubrió que podía dejar sus pensamientos sobre una piedra, una pared, un papel o cualquier superficie capaz de conservar una marca, comenzó también una lucha silenciosa contra el olvido. Tal vez toda escritura nazca de allí: del deseo de que algo de nosotros permanezca cuando nosotros ya no estemos.
El escritor es quien transforma las palabras en una herramienta para contar, imaginar, reflexionar, denunciar, recordar o crear. Puede construir una novela, un cuento, un relato, una obra teatral, un ensayo o cualquier otra forma de expresión escrita. Puede inventar personajes que nunca existieron o narrar hechos que ocurrieron muchos años atrás. Puede escribir sobre la sociedad, sobre la política, sobre el amor, sobre la muerte o sobre las pequeñas cosas de todos los días. El escritor construye con palabras, y cuanto más profundo es su conocimiento de ellas, mayor puede ser su capacidad para llevar al lector hacia lugares que quizá nunca había imaginado.
Pero dentro de ese enorme territorio de la escritura aparece la prosa, una de las formas más libres y antiguas de expresar el pensamiento. La prosa no necesita someterse al verso ni a la rima; puede avanzar con el ritmo natural de una conversación, de una reflexión o de una historia. Puede ser sencilla o compleja, narrativa o filosófica, cotidiana o profundamente literaria. Y existe una prosa que puede acercarse tanto a la poesía que a veces resulta difícil establecer dónde termina una y comienza la otra. Porque la poesía no está solamente en los versos, ni la belleza pertenece exclusivamente al poema. Una prosa puede tener música, sensibilidad, imágenes y profundidad, y puede conseguir que una simple idea se convierta en una emoción.
Entonces aparece el poeta, aunque quizás sería más correcto decir que aparece una determinada manera de mirar el mundo. El poeta no es solamente quien escribe poemas. Es quien puede encontrar algo extraordinario en aquello que para los demás parece cotidiano. Puede mirar una tarde de lluvia y encontrar una memoria; puede contemplar una despedida y descubrir el dolor de una ausencia; puede observar una persona caminando por una calle y preguntarse qué historia lleva consigo. El poeta tiene la capacidad de detenerse allí donde los demás continúan caminando. Mientras muchos ven lo que ocurre, el poeta intenta descubrir lo que significa. Y quizá esa sea una de las grandes diferencias: el escritor puede contar lo que sucede, mientras el poeta intenta revelar aquello que se esconde detrás de lo que sucede.
Sin embargo, separar demasiado al poeta del escritor sería un error, porque muchas veces ambos viven dentro de una misma persona. Un escritor puede tener alma de poeta y un poeta puede ser también un gran narrador. Una novela puede contener poesía, un relato puede esconder filosofía y una prosa puede transmitir sentimientos con tanta intensidad como un poema. Del mismo modo, un poema puede contar una historia completa sin necesidad de desarrollar personajes ni acontecimientos. Las fronteras entre los géneros existen para ordenar la literatura, pero la sensibilidad humana no entiende demasiado de fronteras. Cuando una persona escribe desde lo más profundo de sí misma, las formas pueden mezclarse y las etiquetas comienzan a perder importancia.
También existen aquellos que escriben sin considerarse escritores. Personas que escriben una carta, un pensamiento, una memoria, unas palabras para alguien que aman o incluso unas líneas para sí mismos. Algunos escriben porque tienen algo que decir; otros porque necesitan descubrir qué es eso que llevan dentro. Hay quienes escriben para ser leídos y quienes escriben para comprenderse. Hay quienes buscan publicar, quienes buscan reconocimiento y quienes jamás pensarían en convertir sus textos en un libro. Pero todos ellos, de una manera u otra, participan de ese antiguo impulso humano de transformar una experiencia en palabras.
Porque muchas veces no escribimos porque sabemos exactamente qué queremos decir. Escribimos para descubrirlo. La hoja en blanco puede convertirse en un espejo frente al cual terminamos encontrándonos con nosotros mismos. Mientras escribimos aparecen recuerdos que creíamos olvidados, pensamientos que nunca habíamos formulado y sentimientos que quizá habíamos escondido incluso de nosotros. Por eso escribir puede ser también una forma de conocerse. El escritor puede inventar un personaje y, sin darse cuenta, revelar algo de sí mismo; puede contar la historia de otra persona y terminar hablando de su propia vida; puede escribir sobre un tiempo lejano y dejar allí, inevitablemente, la mirada del tiempo que le tocó vivir.
Y allí la poesía se encuentra con la filosofía. Ambas nacen muchas veces de una pregunta. ¿Quiénes somos? ¿Por qué amamos? ¿Por qué sufrimos? ¿Qué hacemos con el paso del tiempo? ¿Qué queda de nosotros cuando desaparece nuestro cuerpo y nuestra voz deja de escucharse? La filosofía busca respuestas, mientras la poesía muchas veces aprende a convivir con las preguntas. Y quizá esa sea una de sus mayores grandezas: no todo misterio necesita ser explicado. Hay preguntas que no están hechas para encontrar una respuesta definitiva, sino para acompañarnos durante toda la vida y obligarnos a mirar nuevamente aquello que creíamos comprender.
Por eso también debemos reconocer a quienes escriben desde otros caminos: narradores, ensayistas, dramaturgos, cronistas, periodistas, autores de canciones y tantos otros que encuentran en la palabra su instrumento de expresión. Cada uno utiliza el lenguaje de una manera diferente, pero todos tienen algo en común: toman palabras que pertenecen a todos y consiguen convertirlas en algo que parece pertenecer solamente a ellos. Esa es quizás una de las maravillas de la escritura. Las palabras existen antes que nosotros, las utilizaron millones de personas y seguirán utilizándose cuando ya no estemos, pero cada autor puede combinarlas de una manera única y dejar en ellas una parte irrepetible de su mirada.
Por eso no creo que exista una verdadera superioridad entre el poeta y el escritor, ni entre la poesía y la prosa, ni entre quien publica un libro y quien escribe solamente en un cuaderno. Son diferentes caminos dentro de un mismo territorio. Lo importante no es tanto el nombre que colocamos delante de una persona, sino lo que esa persona consigue hacer con las palabras. Porque se puede escribir mucho sin decir absolutamente nada y se puede escribir una sola página capaz de acompañar a alguien durante toda su vida. Se puede publicar un libro y ser olvidado rápidamente, mientras una frase escrita por alguien desconocido puede permanecer en la memoria de otra persona durante décadas.
Tal vez por eso escribir sea una forma de trascendencia. No porque todos los que escriben vayan a convertirse en grandes autores, sino porque cada palabra escrita tiene la posibilidad de sobrevivir a quien la escribió. El cuerpo envejece, la voz se apaga, los recuerdos de quienes nos conocieron también pueden desaparecer, pero una página puede permanecer. Un poema, una prosa, un relato, una novela o simplemente unas líneas pueden atravesar el tiempo y llegar hasta alguien que jamás conocimos. Y entonces ocurre algo extraordinario: una persona que ya no existe puede volver a hablarle a alguien que todavía no había nacido cuando aquellas palabras fueron escritas.
Quizás por eso escribimos. Quizás detrás de cada poeta, de cada escritor y de cada persona que alguna vez se sentó frente a una hoja en blanco existe, consciente o inconscientemente, el mismo deseo: no desaparecer completamente. Dejar una idea, una historia, un sentimiento, una mirada, una pregunta o una emoción que pueda continuar viviendo después de nosotros. Y cuando una palabra consigue eso, deja de ser simplemente una palabra. Se convierte en memoria.
Al final, quizá no sea tan importante decidir quién es poeta y quién es escritor. Quizás tampoco sea necesario determinar quién merece llamarse autor, prosista o narrador. Las etiquetas sirven para clasificar las formas de la literatura, pero no alcanzan para explicar aquello que ocurre dentro de una persona cuando siente la necesidad de escribir. Porque detrás de cada texto hay alguien que observa, alguien que piensa, alguien que siente y alguien que intenta transformar todo eso en lenguaje. Y cuando lo consigue, aunque sea por un instante, la escritura deja de ser solamente un conjunto de palabras sobre una página y se convierte en una parte de la vida.
Porque escribir es eso: tomar lo vivido y convertirlo en memoria, tomar el pensamiento y convertirlo en palabras, tomar el sentimiento y convertirlo en literatura. Y quizá el verdadero poeta no sea solamente quien escribe versos, ni el verdadero escritor solamente quien publica libros. Quizás ambos sean, en esencia, seres humanos que aprendieron a mirar un poco más profundamente que los demás y tuvieron el valor de poner esa mirada en palabras.
Porque algún día todos nosotros nos iremos, pero mientras alguien pueda leer lo que dejamos escrito, aunque sea una pequeña prosa, un relato, un poema o una simple frase, una parte de nuestra voz continuará existiendo. Y tal vez esa sea la verdadera magia de escribir: hacer que una vida que fue pasajera pueda convertirse, a través de las palabras, en algo capaz de permanecer.

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