La cocina estaba en silencio. Un silencio extraño, de esos que parecen ocupar cada rincón de la casa. Antes siempre había algún ruido: la radio de su padre, la tos de su madre, una taza que se apoyaba sobre la mesa, alguna pregunta desde el dormitorio.
Ahora no había nada, nadie llamaba pidiendo un favor.
Elena se preparó un café y se sentó frente a la ventana. Tenía cuarenta y cinco años y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía que levantarse para atender a nadie.
Miró la taza entre sus manos.
-¿Y ahora qué hago? -murmuró.
Durante más de veinte años había vivido pendiente de sus padres. Primero fueron pequeñas cosas: acompañarlos al médico, hacer las compras, prepararles la comida. Después llegaron las enfermedades, los medicamentos, las noches sin dormir y las preocupaciones.
No se arrepentía, amaba profundamente esos seres que le dieron la vida.
Seguramente los seguiría amando siempre.
Pero ahora que ellos no estaban, Elena descubría algo que le costaba reconocer: no sabía quién era ella cuando no estaba cuidando a alguien.
Terminó de tomar el café y comenzó a ordenar unos papeles que había sobre un mueble. Entonces encontró una caja vieja.
La abrió con pereza , sin emoción.
Había cartas, entradas de cine, algunas fotos y recuerdos que ya casi había olvidado.
Tomó una fotografía. De un tiempo lejano.. Pero sin dudas era ella.
Tenía veinte años, el cabello largo y suelto y una sonrisa enorme. Estaba sentada en un banco de una plaza junto a Marcos.
Elena sonrió sonrojada.
-Marcos...
Recordó aquellos años.
Estudiaba con entusiasmo. Quería terminar su carrera, viajar, conocer lugares nuevos. Soñaba con tener un trabajo que le gustara, una casa llena de libros y, quién sabe, quizás una familia.
Ahí estaba Marcos.
Su amigo de toda la vida.
El muchacho que siempre encontraba una manera de hacerla reír. El que la acompañaba a estudiar. El que sabía cuándo estaba triste aunque ella no dijera una palabra.
Habían hablado muchas veces de un futuro juntos.
Pero la vida fue llevando a cada uno por caminos distintos.
Cuando su padre enfermó, Elena dejó los estudios.
Después que murió le tocó hacerse cargo de la familia. Ella y su madre.
Pero entonces su madre enfermó también.
Y los años pasaron.
Veinticinco años habían pasado.
Elena dejó la fotografía sobre la mesa.
Sintió un nudo en la garganta.
No era tristeza solamente.
Era algo parecido a darse cuenta de que había dejado su propia vida esperando en algún lugar.
Se levantó y caminó hasta el espejo del pasillo.
Se quedó mirándose.
La mujer que veía no era aquella muchacha de la fotografía.
Tenía el cuerpo cansado, los hombros un poco caídos y el cabello recogido de cualquier manera. Entre el castaño comenzaban a aparecer algunas canas.
Por un instante quiso apartar la mirada.
Pero no lo hizo.
Se acercó un poco más.
-¿Dónde te fuiste? -preguntó en voz baja.
Y entonces comprendió algo.
Ella no se había ido.
Seguía allí.
Había estado escondida detrás de tantas obligaciones, de tantos "después", de tantos "ahora no puedo".
Elena respiró profundamente.
Ese día no iba a cambiar toda su vida.
Pero podía empezar.
Se duchó. Se puso unos pantalones que hacía tiempo no usaba y una blusa que le gustaba. Se soltó el cabello y, por primera vez en meses, se miró con un poco de cariño.
Después volvió a la cocina.
Tomó la fotografía de los veinte años y la guardó en su cartera.
No sabía si volvería a estudiar.
No sabía si viajaría.
No sabía si encontraría nuevamente el amor.
Tampoco sabía qué había sido de Marcos.
Pero por primera vez, esas preguntas no le dieron miedo.
Tomó el teléfono.
Buscó un número que hacía años no marcaba.
Marcos.
Se quedó unos segundos mirando la pantalla.
Luego sonrió.
-Bueno, Elena -se dijo-. Alguna vez hay que empezar.
Y llamó.
Afuera, la mañana seguía siendo la misma.
Pero dentro de aquella casa, después de muchos años, algo había comenzado a despertar.
Era Elena la mujer que había cuidado a todos.
La mujer que había olvidado sus propios sueños.
La mujer que, a los cuarenta y cinco años, acababa de descubrir que todavía tenía tiempo.
Mucho tiempo.
Y esta vez, todo ese tiempo sería para ella.
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Comentarios
Muchas gracias por leer y comentar. Desde Uruguay saludos cordiales.
La parte triste de mi corazón ama estas historias, y que se puede hacer...? mirar tu entorno y olvidar todo, vivir tu vida como si nada...? siempre he creído que estas cosas le pasan a quien las puede soportar, dejar a tus padres tu casa para vivir la vida a tus anchas... sin importarte lo que les ocurre, hay que tener pachorra para elegir lo correcto...
buena lectura
Muchas gracias estimado. Replegarnos y no elegirnos es una decisión valiente también...y luego queda reconstruirnos con lo que queda. Saludos cordiales.
¡Hermoso! "Ella no se había ido.
Seguía allí..."
Y como tú dices: "hay que comenzar a despertar"
Gracias por compartir este relato. Un abrazo desde Venezuela.