He dedicado -esto se lo digo a mi nieto Lucas- 18 horas, casi seguidas, a hacer una app que es alabada sobremanera antes de que sea usada, porque te facilita y te complica la vida a la vez. Hacer una app es de lo más difícil que puede hacer alguien que, como yo, no tiene demasiada idea; pero con la dirección asistida que me ha dado la inteligencia artificial y mis dos aparatos, iPad e iPhone, me las he compuesto.
Ahora estoy relajado como si acabara de bajar del Everest, que es un lugar que me gusta si lo veo de lejos, pero si te acercas es un estercolero y un cementerio de cuerpos al aire libre. No hay nada que el frío no pueda conservar, excepto el calor: eso es física pura. Lo malo es que, durante el eclipse, me pareció oír una voz que decía: "Preparaos, que os la voy a devolver".
Yo soy más de frío que de calor y ahora mi recibo de la luz se parece a una comida en Arzak, que disparan con honda: está todo bueno, pero no tienen miramiento en la factura. El que pagó la última vez le dijo al camarero: "¿Me puede sacar la fractura?".
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