Una noche, incapaz de soportarlo más, la enfrentó:
-¿Sabes por qué hago todo lo que me dices? -preguntó Ellie y Claire sonrió-. Porque te tengo miedo.
-Lo sé.
-Pero ya no vas a obligarme a nada. Nunca más. Al principio de conocerte creía que éramos amigas.
Ellie abrió un cajón de la cocina, tomó un cuchillo y adoptó una postura desafiante.
-No te atreverás.
-Se acabó para ti, Claire -dijo y le apuntó al pecho-, no volverás a controlar mi vida, maldita. Aunque sea lo último que haga.
Claire no hizo el menor intento por escapar. Al contrario, dio un paso hacia la hoja.
-No tienes ovarios para hacerlo, ¡perra!
-¡Te mataré!
Fuera de sí y en un acto impulsado por el miedo y la ira, Ellie lanzó una estocada y hundió el cuchillo hasta casi la empuñadura.
Claire soltó una carcajada y dijo:
-Ahora tú también morirás, estúpida.
Desconcertada, Ellie levantó la vista. El espejo del pasillo reflejaba ahora una única figura y el cuchillo no estaba clavado en el abdomen de Claire, sino en el de Ellie.
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