Don Quijote no se mancha
Quizá Don Quijote nunca estuvo tan loco como quisimos creer. Tal vez el verdadero problema no era que él confundiera los molinos con gigantes, sino que nosotros aprendimos a llamar locura a todo aquello que se niega a aceptar la mediocridad como destino.
Porque hay una locura que destruye y otra que salva; una que hace perder la razón y otra que permite conservarla cuando el mundo entero parece haberla perdido. Don Quijote salió por los caminos buscando aventuras, pero en realidad salió buscando algo que todavía hoy muchos hombres persiguen sin saber cómo nombrarlo: la posibilidad de vivir de acuerdo con aquello en lo que creen.
Y entonces aparece la Mancha, esa palabra que quedó unida para siempre a su nombre. Don Quijote de la Mancha. Pero yo quisiera detenerme justamente ahí, en esa palabra, para darle otro sentido.
Porque una cosa es pertenecer a La Mancha y otra muy distinta es vivir manchado. Todos atravesamos caminos donde el polvo se pega a la ropa, donde las derrotas dejan marcas, donde las decepciones nos lastiman y donde las personas pueden intentar ensuciarnos con sus palabras, sus engaños o sus miserias.
Pero ninguna de esas cosas tiene por qué llegar hasta el alma.
Don Quijote fue golpeado, ridiculizado, engañado y derrotado. Cayó de su caballo, recibió palizas y muchas veces terminó convertido en motivo de burla.
Sin embargo, cada vez que podía levantarse, volvía a caminar.
Y ahí está quizás la grandeza que todavía nos incomoda: no necesitaba ganar para sentirse digno. Su dignidad no dependía del resultado de la batalla. Podían vencerlo, pero no podían convencerlo de que dejara de creer en aquello que consideraba justo.
Hoy vivimos en una época donde muchas personas parecen dispuestas a cambiar sus principios por conveniencia. Se cambia de opinión por dinero, de amistad por interés, de palabra por beneficio y hasta de dignidad por un momento de reconocimiento.
Se puede llegar muy lejos cuando uno está dispuesto a ensuciarse las manos, pero la pregunta verdadera es qué queda de uno cuando finalmente llega. Porque hay victorias que tienen el sabor amargo de la derrota y derrotas que conservan intacta la dignidad de quien las sufrió.
Don Quijote no se mancha.
No quiere decir que sea perfecto. No lo es. Se equivoca, interpreta mal la realidad y persigue algunas batallas imposibles.
Pero sus errores son los errores de alguien que intenta vivir según un ideal. Y hay una diferencia enorme entre equivocarse buscando hacer el bien y hacer el mal sabiendo perfectamente lo que se está haciendo. El primero puede aprender; el segundo necesita inventar excusas para no mirarse al espejo.
Quizá por eso Sancho Panza era tan necesario.
Don Quijote necesitaba a alguien que le recordara que los molinos eran molinos, que los caminos tenían piedras y que la vida también exigía comer, dormir y cuidar el cuerpo.
Pero Sancho, a su vez, necesitaba a Don Quijote para descubrir que la realidad no siempre debía limitarse a lo que podía tocar con las manos. Entre ambos existía una extraña sabiduría: uno enseñaba a soñar y el otro enseñaba a sobrevivir.
Y quizás la vida sea justamente eso, caminar entre lo que somos y aquello que todavía queremos llegar a ser.
Porque no hay nada malo en soñar con gigantes cuando los gigantes representan las injusticias contra las que debemos luchar.
No hay nada malo en parecer ingenuo cuando la alternativa es convertirse en cínico.
No hay nada malo en conservar la esperanza cuando alrededor de nosotros todos aprendieron a burlarse de ella.
La verdadera mancha no está en caer.
La verdadera mancha está en levantarse convertido en aquello que antes despreciábamos.
No está en ser derrotado, sino en vender aquello que defendíamos para evitar la derrota.
No está en llorar, sino en perder la sensibilidad.
No está en equivocarse, sino en utilizar el error como excusa para hacer daño nuevamente.
La vida puede llenarnos de polvo, de cicatrices y de recuerdos difíciles, pero mientras podamos conservar la conciencia limpia todavía existe un lugar al que nadie puede llegar para ensuciarnos.
Por eso Don Quijote continúa cabalgando mucho después de que Cervantes cerrara su libro. Cabalga cada vez que alguien defiende a otro sin esperar recompensa.
Cada vez que alguien mantiene su palabra aunque nadie lo premie. Cada vez que un hombre o una mujer decide no devolver el mal con más mal.
Cada vez que alguien se levanta después de una derrota y vuelve a intentarlo sin convertirse en una persona amarga.
Quizá ese sea el verdadero sentido de no mancharse: no atravesar la vida sin recibir golpes, sino atravesarla sin permitir que los golpes decidan quiénes somos.
Y entonces comprendo que Don Quijote no necesita demostrar que los molinos son gigantes. Su verdadera batalla es otra. Es demostrar que todavía puede existir un hombre que, aun siendo considerado loco por los demás, prefiera vivir de acuerdo con sus ideales antes que vivir cómodamente traicionándolos.
Porque todos tenemos una Mancha. Todos tenemos errores, contradicciones, heridas, pasado y alguna página de nuestra historia que preferiríamos que nadie leyera.
Pero una Mancha no tiene por qué convertirse en nuestra identidad. Podemos limpiarnos, aprender, cambiar y seguir caminando. Lo que no deberíamos hacer es permitir que las manchas de otros terminen convirtiéndose en nuestras propias manchas.
Y quizás por eso Don Quijote no sea solamente un personaje de otro tiempo.
Quizá sea una pregunta que Cervantes dejó cabalgando hasta nosotros: ¿cuánto de aquello que soñamos estamos dispuestos a defender cuando defenderlo tiene un precio?
Porque al final, cuando desaparecen los aplausos, cuando se terminan las batallas y cuando ya nadie recuerda quién ganó, queda solamente una cosa: la persona que fuimos mientras luchábamos.
Y si conseguimos llegar hasta el final con el alma cansada, con algunas heridas, con muchas caídas y con el polvo de todos los caminos sobre los hombros, pero sin haber vendido nuestra dignidad, entonces podremos decir que estuvimos en La Mancha, que atravesamos la Mancha, que conocimos nuestras propias manchas...
pero no dejamos que ninguna de ellas nos manchara el alma.
Don Quijote no se mancha.
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Comentarios
Gracias por leerlo, saludos
¡Muy bueno!
Gracias por compartirlo. Saludos desde Venezuela.