Publicado en Plumagrafito — 09-09-2026 12:44 · 2 min de lectura
La IA ha podido y ha jodido bien a los predicadores, y el Vaticano también. Si eres cura -que podría ser que así fuera, como yo lo soy en espíritu-, convendrás conmigo en que, desde que nos envían el sermón, la homilía, el santoral, las advocaciones, los ruegos y las plegarias cada día, nuestra cabeza puede estar en cualquier parte menos en misa y repicando a la vez. Antiguamente, por las fiestas de los pueblos, traían un predicador de postín el día de la fiesta mayor; y en la misa, aquel singular personaje, fraile o no, soltaba sus relatos poniendo alabanzas al santo, santa o lo que fuera que se venerase en aquel lugar, magnificando sus obras y sus idas y venidas. Después se les daba bien de comer, una dádiva y hasta a veces productos de la tierra o un jamón; de todo se ha visto hacer.
Claro es que, en la Iglesia anterior a 1319, los curas se casaban -con una sola mujer, eso sí-, pero a partir del Concilio de Letrán se les prohibió esa práctica; no por la parte sexual que conlleva el matrimonio, sino porque, al tener descendencia, los hijos heredaban de los curas y lo que podía quedarse en la Iglesia se repartía entre gentes ajenas a la obra. Eso no gustaba en Roma, y al no dejarles casar y no tener descendencia oficial los curas, todo el patrimonio quedaba de sacristía para dentro. Lo malo es que los curas se dedicaron desde entonces a la pederastia, hasta nuestros días... y lo que te rondaré, morena.
Lo del casamiento es una cuestión económica, no de bragueta.
¿No lo sabías? Pues ya lo sabes...
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