Lectura

La reina de la noche

Por Prof. José Núñez · Venezuela · Realismo

La reina de la noche
La reina de la noche (Por el Prof. José Núñez)

Cuando el neón teñía de carmesí las paredes del "Club Eclipse", Esmeralda salía a escena. No era una flor, sino una arquitectura de movimiento que desafiaba el humo espeso y el olor a licor. Sus ojos no buscaban a nadie; simplemente reflejaban el vaivén de un público que la deseaba como objeto, pero la ignoraba como mujer.

Cada noche era un ritual de seducción y cansancio. Sus tacones marcaban el ritmo de una vida que se evaporaba al amanecer, dejándola siempre en el mismo punto de partida: una soledad compartida con desconocidos.

Entonces apareció él. No tenía la mirada hambrienta de los demás clientes, sino una melancolía que Esmeralda confundió con refugio. Durante noches, ella bailó para complacer aquellos ojos profundos, creyendo haber encontrado el faro que la sacaría de aquella penumbra. Se permitió soñar con una mano tendida, con un rescate que pusiera fin a la música.

El hombre regresó una última vez y la buscó en el camerino. Al tenerlo frente a frente, bajo la luz cruda que no perdona detalles, Esmeralda lo observó con una claridad nueva. No vio a un salvador; vio a un dueño distinto. Entendió que aceptar su mano era solo cambiar una jaula por otra, sustituyendo el escenario por la deuda eterna de la gratitud.

Esmeralda volvió a la pista para su último número. Pero, en lugar de bailar, se quedó quieta bajo el reflector. La orquesta siguió tocando hasta que el desconcierto apagó los instrumentos. En ese vacío absoluto, ella dejó de ser la "Reina de la Noche" para volver a ser dueña de su nombre.

Se quitó los tacones lentamente. Los dejó en el centro de la pista, abandonando un peso que ya no le pertenecía, y caminó hacia la salida con la espalda recta y la mirada decidida. El hombre la esperaba en la acera, envuelto entre sombras y promesas, pero ella pasó de largo sin mirarlo siquiera. Al sentir el frío del pavimento bajo sus pies descalzos, el roce áspero del asfalto le devolvió el peso de su propio cuerpo, una punzada de vida que no pedía permiso a nadie.

El alba ya no representaba el final de su turno. Se detuvo un segundo, inhaló el aire cargado de humedad y asfalto, y sonrió. La "Reina de la Noche" había muerto, pero una mujer que caminaba libre hacia el sol acababa de nacer.

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