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CILÓMACO

Por Elder J. Ríos · Venezuela · Drama

CILÓMACO
CILÓMACO
O LA CAIDA DE LOS CENTAUROS
(Tragedia Griega Moderna en V Actos)
Personajes
CILÓMACO: (Indicar su rol/naturaleza en tu obra)
HERACLES (ALCIDA): Héroe, hijo de Zeus.
QUIRÓN: Centauro sabio y preceptor.
FOLO: Centauro, guardián del vino sagrado.
PIRÍTOO: Rey de los lapitas.
TESEO: Rey de Atenas, amigo de Pirítoo.
HIPODAMÍA: Esposa de Pirítoo.
CÍLARO e HILÓNOME: Jóvenes centauros enamorados.
EURITIÓN, NESO, ELATO, AGRIO Y ANQUIO: Centauros salvajes.
DEYANIRA: Esposa de Heracles.
CÉRIX: Heraldo de Ceyx / Mensajero.
YOLE: Princesa de Oecalia.
IXIÓN: Padre ancestral de los centauros, encadenado en el Tártaro.
HADES Y PERSÉFONE: Soberanos del Inframundo.
LA VOZ DE GEA: La Madre Tierra.
HERMES: Mensajero divino y psicopompo.
COROS
CORO DE ANCIANOS LAPITAS / SOMBRAS DE TESALIA
CORO DE NIXAS Y NEREIDA

PRÓLOGO:
(El escenario es el Tártaro, el abismo más profundo del Inframundo.
Una rueda de fuego gira sin cesar; atada a ella, Ixión sufre su castigo
eterno. Su cuerpo desnudo está cubierto de quemaduras y sus gritos de
dolor resuenan en un eco interminable. Las sombras de los condenados
se arremolinan a su alrededor y el olor a azufre y carne quemada llena
el aire. La luz es tenebrosa, apenas el reflejo carmesí de las llamas del
castigo.)
IXIÓN (Con voz quebrada por el dolor eterno, mientras la rueda gira
sin piedad.)
¡Oh, ironía de los dioses! (La rueda da otra vuelta y su cuerpo se retuerce.) Yo, Ixión, que osé desafiar a Zeus, que quise yacer con Hera, la
Reina del Olimpo... (Su risa es amarga, desgarradora.) ¡Hoy giro en el
infierno por mi extrema arrogancia!
Néfele, la nube con rostro de diosa, fue mi engañosa consorte. De su
vientre de vana ilusión nacieron los centauros: vástagos del deseo prohibido, fruto de la mentira y la soberbia.
¡Y ahora, oh Zeus! (Abre los ojos con una mirada de odio y resignación.)
Mis hijos padecen mi misma maldición: Euritión derramó sangre en el
banquete de Tesalia; Folo cayó en Arcadia junto al vino sagrado; Quirón,
el sabio, expiró por la flecha envenenada... (La rueda gira y su voz se
eleva como un lamento.) ¡Y Pirítoo, mi hijo de sangre, desafió al Hades
y yace petrificado!
¡Oh, destino cruel! (Su cuerpo se estremece con el giro de la rueda.) La
imprudencia del padre se repite en los hijos; el castigo de los olímpicos
no conoce fin.
Pero escuchad, mortales... (Su voz se vuelve profética, cavernosa.) Escuchad la lección de mi tormento: ningún hombre, titán ni dios menor
puede burlar el orden del cosmos. La soberbia es el pecado que los dioses
castigan con fuego eterno (El telón cae lentamente, dejando solo el sonido de la rueda girando y
los lamentos de Ixión resonando en la oscuridad.)
ACTO I
(El CORO de ancianos lapitas entra en escena con pasos ritmados. Llevan bastones de olivo tallados con runas antiguas y mantos teñidos con
púrpura de Tiro. El aire huele a incienso quemado y a mirto fresco, pero
una brisa helada desciende del Monte Pelión, como si el propio Olimpo
contuviera el aliento.)
CORO (Estrofa 1):
(Cantan con voces graves, acompañadas por el sonido de un aulos en la
distancia)
¿Qué paz puede erigirse sobre la ceniza de una afrenta?
Ceñimos las sienes con mirto del Helesponto,
vertemos la libación de la oliva sagrada sobre el mármol,
e invitamos a la mesa a la estirpe que nació de la bruma sin madre.
Pirítoo, hijo del mundo y la sombra,
celebra su tálamo con Hipodamía, la de cabellos de oro.
Mas en la misma copa donde mana la concordia engañosa,
duerme el fantasma de Ixión, el padre de todas las mentiras.
CORO (Antístrofa 1):
(El coro gira en círculo, como si invocara a los espíritus del pasado)
Recordad, oh ciudadanos de Tesalia la sangrienta,
al que osó alzar los ojos -ardientes como brasas-
hacia la majestad de Hera.
Zeus no le entregó la carne de la Diosa,
sino la sombra de la nube, Néfele, el velo sin cuerpo.
De aquel abrazo con el vacío,
nació la estirpe sin linaje ni ley:
torso de hombre que sueña con el cielo,
lomo de bestia que se arrastra en la grama.
Fruto del deseo impropio, ¿cómo habrá de caber en ellos
la medida del hombre, si su sangre es viento y olvido (El coro se detiene. Un trueno lejano retumba. Los ancianos se miran
entre sí, como si supieran que el presagio ya se cumple.)
CORO (Epodo):
(Con voz susurrante, casi como un conjuro)
Miradlos llegar. Traen el olor de las encinas del Pelión
y el musgo de las fuentes donde las Nixias lloran.
Mas ved a Euritión: sus narices se dilatan
ante el vaho de las vasijas sin aguar, como toros en celo.
El vino es el espejo de los dioses cuando la razón lo rige;
pero en las entrañas de la Nube,
el vino es la llama que consume el orden,
y el orden, a su vez, labra la tumba de los nefelitas.
ESCENA I
(Las siervas, con túnicas de lino blanco, sirven vino puro en cráteras de
bronce labrado. El líquido rojo oscila bajo la luz de las antorchas, como
sangre viva. Euritión, con el pelaje enmarañado y los ojos inyectados en
sangre, bebe a grandes tragos, dejando caer el licor sobre su pecho velludo. Los gritos de la fiesta se mezclan con el sonido de las flautas de
hueso y el crepitar de las hogueras. En un extremo del patio, Cílaro e
Hilónome se detienen junto a una columna de pórfido negro, adornada
con relieves de batallas antiguas.)
(Hilónome lleva una guirnalda de hiedra en la crin, símbolo de su conexión con Dioniso. Cílaro, en cambio, lleva una cinta de oro en el brazo,
regalo de Pirítoo como señal de paz.)
HILÓNOME:
(Sostenida del brazo de Cílaro, su voz es un murmullo cargado de presagios. Sus ojos, verdes como el musgo del Pelión, brillan con una luz
que parece venir de dentro.)
Cílaro, amor mío... Aparte tu copa de ese zumo oscuro ¿No ves cómo el vapor del vino sube como el aliento de un dragón dormido?
Siento en el aire un temblor que no viene de las flautas ni de los tambores,
sino de la tierra misma, como si el Pelión temblara por sus hijos.
(Señala hacia el bosque, donde las sombras se alargan anormalmente)
Las ninfas del arroyo me lo susurraron al alba, cuando el rocío aún no se
había secado en las hojas:
"No bajéis a las casas de los hombres de piedra,
pues allí la sangre de la Nube habrá de derramarse,
y el vino que hoy es alegría, mañana será luto."
(Un cuervo grazna en lo alto. Hilónome estremece.)
Mira a Euritión: sus ojos ya no son de centauro, sino de lobo en celo. Su
aliento huele a vino agrio y a traición. Volvamos, Cílaro. Volvamos a las
alturas del Pelión, donde las sombras son puras y el viento no huele a
hierro y a muerte.
CÍLARO:
(Acariciando la crin de Hilónome con dedos callosos. Su voz es firme,
pero na sombra de duda cruza su rostro.)
Hilónome, luz de las cavernas donde el tiempo no existe, hemos venido
a la mesa de nuestro hermano Pirítoo, y aunque Ixión fue el padre de su
sangre y el padre de nuestro mito, hoy no somos sus sombras, sino sus
herederos.
(Señala el banquete con un gesto amplio)
Mira a nuestro alrededor: los lapitas comparten su pan, su sal, sus historias. El rey nos ha dado un lugar en su mesa, un reconocimiento.
¿No hay acaso una promesa de paz en esta alianza?
(Toma la copa de vino y la alza, observando cómo la luz de las antorchas
se refleja en el líquido Mírame: mi torso es de hombre, mi corazón late sin furia. Llevo el vino
en la copa, no en la sangre.
(Baja la voz, casi en un susurro)
Quiero creer, Hilónome, que los dioses no nos moldearon solo para el
espanto, que también nos dieron la capacidad de elegir, de ser más que
el eco de la altivez de nuestro padre.
(Sonríe, con una tristeza infinita)
¿O acaso estamos condenados a repetir su error, como las olas del mar
que nunca dejan de romperse en la misma orilla?
HILÓNOME:
(Con un gesto de dolor, toca la guirnalda de hiedra en su crin. Su voz se
quiebra.)
Cílaro... el vino es como el fuego de Hefesto: calienta, ilumina, pero
también quema. Y cuando quema a los centauros, no hay agua que lo
apague.
(Señala a Euritión, que ahora rompe una crátera contra el suelo, derramando el vino como si fuera sangre)
Mira cómo el líquido rojo se mezcla con el polvo. Ese es el presagio: el
banquete se convertirá en matanza.
(De pronto, un viento helado sopla desde el Monte Pelión, apagando
algunas antorchas. El coro de ancianos lapitas susurra una plegaria.)
No es casualidad que Pirítoo nos haya invitado. Es una prueba.
Y si fallamos, no solo moriremos nosotros: la oscuridad de la Nube caerá
sobre todos los centauros que vengan después.
CÍLARO:
(Con una sonrisa amarga, mira su reflejo en el bronce de una crátera.
Su rostro parece dividido entre la luz y la sombra. Entonces moriremos como vivimos: entre la esperanza y el error. Pero si
huimos ahora, Hilónome, ¿qué seremos? ¿Cobardes que temieron el peso
de su propia sangre?
(Toma su jabalina, tallada con runas antiguas, y la aprieta contra su
pecho)
Te juro por el agua increada de las Nixias, por el viento que mece los
robles del Pelión, que mientras mi brazo sostenga esta fuerza, mi cuerpo
será el escudo de tu gracia.
(La mira con una intensidad que parece quemar el aire entre ellos)
Y si el destino nos alcanza, moriremos juntos, como dos robles talados
por el mismo rayo.
HILÓNOME:
(Con lágrimas en los ojos, pero con una determinación feroz. Toma su
propia jabalina, más delgada y ligera, y la cruza con la de Cílaro, formando una X sobre sus pechos.)
Que así sea, entonces. Pero no por Pirítoo, ni por los lapitas, ni por Ixión,
sino por nosotros, por el amor que ni el vino ni el hierro podrán manchar.
(Un silencio cae entre ellos. El sonido de la fiesta parece lejanísimo,
como si estuvieran en un mundo aparte. El bullicio de la fiesta se distorsiona en la distancia. De repente, un alarido desgarrador rompe la
noche: Hipodamía grita violentamente mientras Euritión se abalanza
sobre ella, volcando la mesa real.)
ESCENA II
(Un estruendo sacude el banquete: Euritión, con los ojos inyectados en
sangre y la espuma en los labios, derriba una mesa de bronce donde se
servía el vino sagrado. El líquido rojo se derrama sobre el mármol, mezclándose con el aceite de los altares. Con un rugido, agarra a Hipodamía por los cabellos de oro y la arrastra hacia la salida, como si fuera
una presa. Los demás centauros, contagiados por la histeria del vino, dejan caer sus copas y, con aullidos guturales, saltan sobre las mujeres
lapitas, arrancando sus velos y derribando las guirnaldas de mirto.)
(El aire se llena de un olor agrio: vino derramado, sudor, y el primer
chorro de sangre fresca. Las antorchas parpadean, proyectando sombras danzantes en las paredes, como si los dioses mismos observaran el
espectáculo con horror y fascinación. Los lapitas, atónitos al principio,
desenvainan sus espadas. Pirítoo, pálido de ira, se levanta de su trono.)
EURITIÓN:
(Con voz ronca, la espuma en los labios. Su aliento huele a vino fétido y
a carne cruda.)
¡Mía es la flor del banquete! ¡Los hijos de la Nube no comemos las sobras de los reyes!
(Alza su copa de oro, derramando el último sorbo en el suelo, como un
sacrificio profano)
¡El vino desata lo que la ley pretende encadenar! ¡Y hoy, por fin, seremos
libres!
(Ríe, con una risa que suena a trueno.)
¿O acaso los lapitas creen que una boda puede lavar la afrenta de Ixión?
PIRÍTOO:
(Desenvainando su espada de bronce, su rostro lívido de ira y vergüenza. La hoja brilla bajo la luz de las antorchas como un rayo de
Zeus.)
¡Profanadores de la Sagrada Hospitalidad! ¡Engendros de la mentira de
Ixión! ¿Os atrevéis a mancillar mi casa, mi boda, mi honor?
(Señala a sus hombres con la espada, su voz retumba como un juicio
divino.)
¡Lapitas! ¡Por Zeus el Tonante y por Hera la Reina, que no quede un solo
nefelita en pie dentro de estos muros! ¡Que el hierro purgue la vergüenza
de haberos sentado a mi mesa (Los lapitas gritan su aprobación y desenvainan sus armas. Los centauros, ebrios y enfurecidos, arrancan ramas de roble de las columnas del
palacio y las empuñan como mazas improvisadas. El sonido del metal
chocando contra la madera llena el aire. Cílaro, dividido entre su lealtad a los centauros y su amor por Hilónome, duda un segundo demasiado largo.)
HILÓNOME:
(Aferrándose a Cílaro, su voz un balbuceo urgente entre el caos.)
Cílaro... ¡no es nuestra guerra! Euritión ha cruzado la línea que ni los
dioses perdonan. Si luchas por él, luchas por la insolencia que nos destruyó.
CÍLARO:
(Con dolor en la voz, mirando a los lapitas que avanzan con espadas en
alto.)
No puedo huir, Hilónome. Si no lucho, ¿qué soy? ¿Un cobarde? ¿Un
traidor a mi sangre?
(Apretando su jabalina)
Pero no lucharé por Euritión. Lucharé por nosotros, por el futuro de Cilómaco, por la honra de los centauros que aún creen en la paz.
(Hilónome asiente con una lágrima, comprendiendo que no hay escapatoria. Cílaro se une a la lucha, su jabalina brillando bajo la luz de las
antorchas. La batalla estalla con una furia que parece sacudir los cimientos del Pelión.
ESCENA III
(La batalla es caótica y brutal. Los lapitas, disciplinados y armados con
espadas de bronce, forman una línea defensiva frente a los centauros,
que luchan con furia salvaje, usando ramas, piedras y sus propios cascos
como armas. El polvo levanta una nube espesa, y el olor a sangre y vino
inunda el aire. Las antorchas se apagan una a una, sumiendo el salón
en una penumbra rojiza, como si el mismo Olimpo hubiera apagado su
luz.)
PIRÍTOO:
(Gritando, mientras clava su espada en el costado de un centauro.)
¡Por Hipodamía y por Tesalia! ¡Que no quede ni uno de estos monstruos
en mi reino!
EURITIÓN:
(Riendo, mientras derriba a dos lapitas con un solo golpe de su maza de
roble.)
¡Atrás, perros miserables! ¡Hoy los centauros reclamamos lo que es
nuestro!
(De pronto, Ceneo, un lapita de fuerza sobrehumana, salta sobre Euritión y lo derriba. Los dos ruedan por el suelo, golpeándose con puños y
codos. Euritión, ebrio y torpe, no puede mantenerse en pie. Ceneo saca
su daga y se la clava en el cuello. Euritión cae, ahogándose en su propia
sangre.)
CÍLARO:
(Luchando con gracia y precisión, esquiva los golpes de los lapitas y usa
su jabalina para desarmar a sus oponentes sin matarlos. Pero Tlepolemo, un lapita hijo de Heracles, lanza una jabalina de fresno desde la
sombra. El arma silba en el aire como un suspiro de la Parca. (La jabalina atraviesa el pecho de Cílaro, justo en la juntura donde el
torso humano se une al lomo. La punta de bronce emerge por su espalda,
y una cascada de sangre caliente inunda su túnica blanca. Cae de rodillas, como un roble talado. El impacto resuena en el silencio momentáneo de la batalla. Incluso los lapitas y centauros se detienen un instante,
impactados por la caída de uno de los suyos más nobles.)
HILÓNOME:
(Corriendo hacia él, su grito desgarrador se eleva sobre el estruendo de
la lucha. Las lágrimas le nublan la vista, pero su voz es firme y clara.)
¡No! ¡Por las Nixias del Pelión, no!
(Se arrodilla a su lado, sosteniendo su cabeza en su regazo. Sus manos,
antes suaves, ahora temblorosas y manchadas de sangre, intentan contener la herida con un trozo de su túnica. Pero el tejido se empapa al
instante.)
Quédate conmigo, Cílaro... Toma mi aliento...
(Acerca sus labios a los de él, soplando su último aliento en un intento
desesperado por revivirlo.)
Abre la boca, bebe de mis labios la vida que te queda... No me dejes
aquí, donde el mundo es solo hierro y traición.
CÍLARO:
(Con un gemido ahogado, sus manos buscan el agarre de Hilónome. La
sangre gotea de sus labios, pero su voz es serena, como si ya hubiera
aceptado su destino.)
Hilónome... El frío... El frío de la tierra ya me reclama...
(Tose, y un hilo de sangre escurre por su labio. Sus ojos, antes brillantes
como el vino de Dioniso, ahora se nublan.)
¿Ves?... El vino que bebimos... ahora es el río que me lleva...
(Una sonrisa débil ilumina su rostro, como si hubiera visto algo más allá
de la muerte. Tu amor... fue el único milagro... de la Nube...
(Su mano busca la de ella, sus dedos entre lazados.)
Guarda al niño... Cilómaco... Guarda nuestra flor... en las alturas del
Pelión...
(Su brazo cae, su respiración se detiene. Sus ojos, antes llenos de vida,
ahora quedan fijos en el cielo, donde las primeras estrellas comienzan a
titilar, como si los dioses ya lo hubieran acogido entre ellos.)
HILÓNOME:
(Con un lamento que parece romper el cielo, se abraza al cadáver, besando sus ojos ya fríos. Su voz es un suspiro entre sollozos, pero cada
palabra resuena como un juramento.)
Oh, Cílaro... el más hermoso de los valles del Pelión... ¿Para esto nos
dieron la belleza? ¿Para ser el desecho del festín de los hombres?
(Acaricia su crin, ahora manchada de sangre y vino. Su mano tiembla,
pero su voz no.)
Sin ti, el Pelión es solo una roca desierta. Sin ti, la luz del día es un castigo de los olímpicos.
(Se incorpora lentamente, con una determinación feroz en los ojos. Mira
la jabalina que aún sobresale del pecho de Cílaro. El bronce brilla bajo
la luz de las antorchas, manchado de rojo. Con un movimiento lento pero
firme, la extrae.)
No dejaré que los lapitas arrastren tu cuerpo como trofeo... No dejaré
que tu sangre sea pisoteada por sus sandalias.
(Coloca la punta de la jabalina contra su propio pecho, justo donde late
su corazón. El peso del arma en sus manos parece el peso del mundo.)
Me voy contigo, amado mío, a las sombras donde no hay vinos que envenenen la sangre, donde no hay reyes que nos dividan, donde solo existe
el amor que nos unió (Con un último abrazo desesperado sobre el cuerpo de Cílaro, se deja
caer con todo su peso sobre el bronce. Un suspiro final, un espasmo, y
luego... silencio.)
(Ambos quedan unidos en el abrazo eterno, sus cuerpos formando una
única sombra bajo la luz de las antorchas. A su alrededor, el vino derramado y la sangre se mezclan, creando un charco oscuro que refleja
el cielo crepuscular, como si el mismo destino los hubiera pintado en la
tierra.)
ESCENA IV
(En medio del caos, entre la polvareda y los gritos de muerte, entra Cérix, heraldo de la paz sagrada, embozado en un manto oscuro. Su rostro
está cubierto de polvo y sudor, pero sus ojos brillan con serena determinación. Trae en sus brazos a un pequeño centauro envuelto en pieles de
ciervo: Cilómaco, de apenas tres años, con los ojos dilatados por el espanto.)
(Cérix se detiene ante los cuerpos tendidos de Cílaro e Hilónome. Su
respiración es pesada, como si el peso de la tragedia lo hubiera envejecido en un instante.)
CÉRIX (Contemplando los cadávares con amarga piedad. Su voz es
grave, como un lamento fúnebre.)
Inocentes flores segadas por la guadaña de la Insolencia. El padre cayó
por el honor de los suyos; la madre, por el misterio del amor.
(Se arrodilla, tocando la frente de Cílaro con veneración.)
Pero la semilla del Pelión no habrá de perecer esta noche.
(Extrae la punta de la jabalina -aún manchada con la sangre de ambos- y la envuelve cuidadosamente entre los mantos del niño, como un
relicario trágico.
Cilómaco... pequeño fruto de la belleza y el duelo, te llevo lejos de la
crueldad de Tesalia.
(Mira hacia el sur, donde las cumbres de Arcadia recortan el horizonte.)
Allí, donde las Nixias purifican las raíces de Fóloe, bajo la sombra del
monte sagrado, crecerás ignorante de las espadas y del vino puro.
(Ajusta las pieles alrededor del niño, que suspira en silencio.)
Que las corrientes del Alfeo laven en ti la mácula de la Nube.
(Cérix se incorpora con Cilómaco en brazos. Al fondo, las antorchas
ardientes de los lapitas consumen el palacio, mientras los centauros supervivientes huyen entre aullidos hacia la espesura. El humo denso se
empareja con las nubes del atardecer, como si el firmamento entero llorara por los caídos.)
CORO (Canto Final del Acto I) (El coro de ancianos lapitas, con voces
quebradas por la compunción, canta mientras el telón inicia su descenso. Su canto es solemne y pausado, similar a una plegaria de ultratumba.)
La boda se ha convertido en tumba.
La sangre ha lavado la afrenta,
pero ha parido la maldición.
Huyeron los supervivientes del acero,
mas llevan el envenenamiento en las entrañas.
El agravio no ha muerto aquí:
ha tomado la senda del Sur,
hacia las espesuras de Arcadia,
donde el Destino prepara la segunda copa.
El vino que un día fue regocijo
es hoy luto en los labios de los dioses.
Y los centauros, hijos de la Nube,
prosiguen su marcha hacia el abismo...
...hasta que el último de ellos sucumba.
(El telón cae lentamente. El último sonido que resuena en la penumbra
es el llanto ahogado de Cilómaco, confundido con el seco crepitar de las
llamas que devoran el palacio.
ACTO II
(La cueva de Folo en las laderas del Monte Fóloe, Arcadia. Un paraje
sagrado donde los robles ancestrales murmuran con el viento y las fuentes de agua cristalina cantan su eterna canción. La entrada de la caverna está flanqueada por rocas cubiertas de musgo; en su interior, el
fuego sagrado arde en un altar de piedra negra. Cerca de la entrada,
semienterrada en la tierra, reposa una enorme jarra de barro (pithos),
sellada con cera roja: el vino sagrado de Dioniso. El aire huele a tierra
húmeda, hierbas aromáticas y flores silvestres.)
(El Coro de Nixias -ninfas del agua y el bosque- flota entre los árboles; sus voces se funden con el murmullo del manantial. Sus túnicas brillan bajo el atardecer como plata líquida.)
ESCENA I
(La entrada de la cueva está bañada por la luz dorada del sol poniente.
Cilómaco, ahora un joven de noble porte -de pelaje claro y mirada
profunda-, contempla la jabalina familiar. El arma, tallada con runas
antiguas, descansa sobre una piedra plana a modo de altar. Folo, con
movimientos lentos y pausados, purifica el altar rústico asperjando agua
del manantial con una rama de laurel.)
CILÓMACO (Con voz serena pero cargada de preguntas. Su tono es
de profundo respeto. Acaricia la madera de la jabalina, donde aún se
traslucen las sombras de la sangre antigua.)
Padre Folo -pues así te nombra mi veneración, aunque mi sangre provenga del Pelión y no de tus lomos-... Las aguas me criaron entre las
Nixias, puras de toda mancha; y sin embargo...
(Toca la punta de bronce con dedos temblorosos.)
...en esta jabalina que atravesó el pecho de mi madre, oigo latir un pulso
de hierro (Observa al sabio centauro en busca de respuestas. El viento mece la
copa de los robles.)
Dime, maestro de la montaña: ¿por qué el mundo de los hombres busca
extinguirnos como si fuéramos maleza en el jardín de los dioses? ¿Acaso
no somos también hijos de la tierra y el cielo?
FOLO (Cesa su labor y se sienta junto a Cilómaco con un profundo
suspiro. Toma un puñado de tierra y lo deja caer despacio entre sus dedos, midiendo el peso de su linaje.)
Porque no comprenden, Cilómaco, hijo de mi corazón, la naturaleza doble que nos habita.
(Señala su propia anatomía, mitad hombre, mitad caballo.)
Los hombres de piedra, los de las leyes escritas y los techos altos, creen
que la virtud mora únicamente bajo sus columnatas. Ignoran que bajo
esta piel de bestia...
(Toca su pecho con dignidad.)
...palpita también la chispa de la justicia, la luz de la razón y el anhelo de
armonía.
(Contempla la espesura con mirada melancólica. Las Nixias entonan
una melodía tenue.)
Pero el mundo rueda entre sombras, Cilómaco. Allá en Calidón, bajo los
robles sagrados, la joven Atalanta -la cazadora de pies alados- debió
teñir el bosque con la sangre de Reco e Hileo, nuestros hermanos de estirpe que olvidaron el freno y quisieron tomarla por la fuerza, como bestias sin alma. La altivez desmedida de nuestra raza, Cilómaco, es la guadaña que nos va segando, tallo a tallo, generación tras generación.
(Señala el pithos sellado en la penumbra de la cueva.)
Por eso en esta morada custodiamos la paz, la oraciones del alba y la
mesa compartida. Por eso el vino sagrado permanece clausurado... hasta
que el Destino disponga lo contrario CILÓMACO (Con curiosidad perspicaz, fijando la vista en la gran jarra de barro.)
¿Y si el Destino nunca se manifiesta, padre Folo? ¿Si el vino se corrompe
en la sombra, sin ser jamás probado ni celebrado?
FOLO (Con una sonrisa amarga, mientras talla un bastón de olivo con
su navaja.)
Entonces, Cilómaco, habremos triunfado sobre la tentación.
(Se erige en pie, contemplando la aparición de las primeras estrellas.)
Mas el Destino, hijo mío, siempre encuentra su sendero. Y cuando
aguarde a nuestra puerta, que nos halle con el alma serena.
(Un silencio augusto envuelve el paraje. El viento susurra entre las encinas y el arroyo prosigue su curso. Las Nixias elevan desde el bosque
un canto suave, presagio de la sombra que se aproxima.)
ESCENA II
(De pronto, el estrépito de ramas fracturadas y el resoplar de un caminante exhausto rompen la calma. Las Nixias se repliegan en la espesura
y las aves enmudecen. Cilómaco se incorpora en alerta. Folo, con serena
dignidad, no se inmuta.)
(Aparece HERACLES, embozado en la piel del León de Nemea. Lleva la
maza de roble a la espalda y el carcaj -colmado con las flechas emponzoñadas en la hiel de la Hidra- golpea su cadera. El polvo de Arcadia
se ha adherido a su piel sudorosa; su barba está manchada de tierra y
sangre seca. Su rostro, aunque fatigado, irradia una majestad cósmica.)
(Folo levanta la vista y sus ojos se iluminan con reverencia. Cilómaco,
que limpiaba el altar, permanece inmóvil, fascinado y temeroso.)
HERACLES (Con voz profunda, teñida por el cansancio. Se pasa una
mano por la frente, manchándola de polvo. ¡Salud, señor de las encinas y guardián de la sabiduría! Un hijo de Zeus,
extenuado de perseguir sombras en el monte, solicita amparo en tu morada antes de dar caza al Jabalí de Erimanto. Mis labios están secos como
el lecho del Alfeo en verano, y mi garganta arde con el fuego del desierto.
FOLO (Inclinándose con veneración sagrada. Su voz es cálida y acogedora.)
Sé bienvenido, Heracles, el glorioso, el purificador de la tierra. La ley de
la hospitalidad es el pilar que sostiene el firmamento, y bajo mi techo no
existe frontera entre el héroe y la criatura del bosque.
(Hace un gesto a Cilómaco.)
Cilómaco, hijo de mi corazón, dispone la carne de cabra asada en las
brasas, frutos de la ladera y pan de cebada para nuestro huésped.
(A Heracles, con una cálida sonrisa.)
Y tú, liberador de Tebas, descansa. El fuego está encendido y la fragancia
de las hierbas sagradas restaurará tus fuerzas.
(Heracles se acomoda junto a la pira. El crepitar del fuego ilumina sus
cicatrices. Cilómaco sirve los alimentos en platos de madera. Heracles
come con voracidad de león; mas al reparar en el pithos sellado cerca
de la entrada, su mirada se detiene. Señala la jarra con apetito heroico.)
HERACLES (Con una sonrisa franca, limpiándose la barba con el
dorso de la mano.)
Esa gran jarra de barro exhala olor a tierra fértil y a dioses ancestrales.
Sírveme de ese vino, Folo el Sabio, para entusiasmarnos el ánimo. El
Jabalí de Erimanto no es rival para mi fuerza, pero el tormento de la sed
sí doblega mis rodillas.
FOLO (Con sobria gravedad, aproximándose al pithos como quien vela
ante un altar. Sus manos tiemblan imperceptiblemente.)
No osaría fracturar ese sello, Alcida. Esta jarra fue concedida por el propio Dioniso a la estirpe de los centauros, en aquellos días en que el vino
no había envenenado aún nuestro linaje. Es un tesoro comunitario, no un
don mío para ofrecer (Baja la voz a un susurro denso.)
Su aroma es sacro y profundo como la respiración de la tierra. Si el perfume de este vino puro viaja por las gargantas de Fóloe, despertará el
apetito ciego de los centauros cimarrones que vagan por las cumbres...
aquellos que jamás conocieron la medida ni el respeto.
HERACLES (Riendo con estruendo de trueno, golpeando el pecho con
su puño.)
¿Temes a tus propios congéneres teniendo a tu lado el brazo de Heracles?
El vino fue concebido para la garganta de los valientes, no para pudrirse
en la penumbra. ¡Rompe el sello, Folo! No obligues a rogar a un hijo de
Zeus.
FOLO (Dudando, pero cediendo ante la presencia augusta de Heracles.
Con manos temblorosas, fractura el sello de cera roja. Un vapor denso
y dorado asciende en la estancia, ondulando como una serpiente antes
de dispersarse. El perfume del vino -dulce como miel de monte, pero
con el regusto amargo del Destino- inunda la caverna. Folo palidece y
retrocede.)
(Susurrando para sí mismo entre el vapor.)
Que los olímpicos tengan piedad de nosotros...
(Folo toma el ritón de cuerno de cabra montés, su reliquia ancestral. Lo
colma con el licor del pithos y lo ofrece a Heracles con ambas manos.
El líquido fulgura como un rubí vivo bajo las antorchas.)
Bebe, hijo de Zeus, mas recuerda: este licor es sagrado. No es la bebida
agria de las tabernas, sino el néctar que Dioniso reservó para los sabios
y los audaces. Y aunque su aroma vuele lejos, no permitas que la desmesura eclipse tu razón.
HERACLES (Recibiendo el ritón con gratitud y fuego en la mirada.
Bebe un trago largo y profundo. El licor le gotea por la barba como
rubíes líquidos; sus ojos chispean con la embriaguez del licor divino.)
¡Por el Olimpo! ¡Este es verdaderamente el vino de los dioses! ¿Por qué
lo mantenías sepultado, Folo? Un tesoro así reclama la luz FOLO (Con una sonrisa melancólica, mientras el viento ruge afuera.)
Porque el vino, Heracles, es como el fuego de Hefesto: abriga, ilumina...
pero también consume. Y no todos los hijos de la Nube saben sofocar las
llamas.
(Fuera de la caverna, una ráfaga helada agita los robles de Arcadia. El
aroma del vino se esparce como un vertiginoso presagio sobre el bosque.
El Coro de Nixias entona una advertencia entre los árboles.)
ESCENA III
(Folo, habiendo cedido a las instancias de Heracles, contempla el pithos
profanado. El vapor del vino se entrelaza con el humo del altar, tejiendo
una niebla dorada que se extiende hacia el exterior. Heracles, insatisfecho tras el primer sorbo, observa la jarra con ardor. El ritón de cuerno,
ahora exhausto, descansa sobre la piedra.)
(De repente, un crujido estruendoso sacude la penumbra del bosque. Las
Nixias elevan su canto de advertencia, proyectando sus sombras proyectadas en la piedra.)
CORO DE NIXIAS (Cantando con acordes lúgubres y etéreos.)
¡Ay, la bruma roja se ha desatado!
Lo que en la copa del sabio es medicina y canto,
en el aire del valle es llamada de fiera.
(El viento aúlla fuera de la caverna con lamento profundo.)
Oíd los cascos sobre las rocas...
La Nube reclama a sus hijos.
El vino ha despertado lo que el tiempo velaba:
¡la furia de Ixión, el orgullo del linaje!
(Agrio y Anquio irrumpen violentamente en la cueva, empuñando pinos
arrancados de raíz y rocas enormes. Sus rostros están desencajados por
la embriaguez del perfume sacro: ojos inyectados en sangre, fauces dilatadas y espuma en los labios. El aroma del licor los ha despojado de
toda razón. AGRIO (Con una risotada cavernosa, golpeándose el pecho.)
¡Traición al linaje! ¡Folo prodiga el néctar divino al verdugo de los monstruos!
(Apunta a Heracles con el pino desgajado.)
¡Tú, azote de los nuestros! ¡No mancillarás con tu presencia esta montaña
sagrada!
ANQUIO (Con voz ronca, arrinconando a Folo contra el muro. Su
aliento exhala el vapor del vino puro.)
¡El vino pertenece a la sierra, no a los hombres de piedra! ¡Muerte al
intruso que devora lo que no es suyo!
(Heracles se incorpora de un salto. El recinto estrecho le impide maniobrar con el arco; aferra una antorcha encendida del altar y la blande
como una maza de fuego.)
HERACLES (Con voz de trueno que hace retumbar la caverna.)
¡Atrás, engendros de la desmesura! ¡No profanaréis la mesa que me ha
brindado amparo!
(Avanza con paso firme; las llamas trazan arcos incandescentes.)
¡Si reclamáis el vino, embriagaos con vuestra propia sangre!
(La batalla se torna fiera y caótica. Heracles, con la antorcha en una
mano y la maza en la otra, descarga un golpe en el costado de Agrio,
abrasando su pelaje. Anquio arroja su roca con furia; Heracles la esquiva por poco y el proyectil destruye una estalactita, haciendo caer esquirlas como dagas.)
AGRIO (Aullando de dolor al intentar sofocar el fuego en su piel.)
¡Maldito seas, Heracles! ¡No somos bestias dispuestas para tu carnicería!
HERACLES (Golpeando a Anquio en la espalda con el tizón encendido. No sois bestias... sois la deshonra de la razón. Sois la prueba de que los
dioses nos castigan con el exceso de aquello que codiciamos.
(Agrio embiste desesperadamente con el pino, pero Heracles esquiva la
acometida y le asesta un golpe con el pomo de la maza. El centauro cae
desplomado. El héroe contempla la estancia: antorchas dispersas, el altar profanado y la sangre derramada mezclándose con el vino de Dioniso.)
HERACLES (Limpiándose el sudor de la frente, con la respiración agitada.)
La afrenta no ha terminado... Los demás huyen despeñadero abajo como
liebres asustadas.
FOLO (Pálido y contrito, contemplando los cuerpos tendidos. Sus lágrimas caen sobre el pelaje del pecho.)
Esto no era lo que ofrecía mi mesa...
(Con mirada colmada de reproche.)
Troujiste la devastación a mi morada, Heracles.
HERACLES (Con sombra de culpa, bajando el leño carbonizado.)
Sostuve mi vida, Folo. La violencia brotó de su propia ceguera.
(Folo guarda silencio. Su mirada se fija en el suelo, donde ha caído una
de las flechas del héroe. La punta de bronce rezuma una gota densa y
oscura de la hiel de la Hidra. Con manos temblorosas, Folo la recoge,
contemplando en el metal emponzoñado el peso trágico de su destino.
ESCENA IV
(La escena queda en un silencio sepulcral, roto solo por el goteo de la
sangre de los centauros caídos y el crepitar de las últimas antorchas.
Cilómaco, pálido y tembloroso, ayuda a las Nixas a recoger los cuerpos
de los heridos. Folo, con pasos lentos y pesados, camina entre los cadáveres de Agrio y Anquio. Sus ojos, antes llenos de sabiduría, ahora reflejan una tristeza infinita.)
(De pronto, su mirada se detiene en algo que brilla en el suelo: una de
las flechas de Heracles, caída durante la refriega. La punta de bronce
está manchada con el veneno negro de la Hidra, que gotea lentamente
como si tuviera vida propia. Folo se agacha, con dificultad, y la recoge
entre sus gruesos dedos. El peso de la flecha parece ser el peso de todo
el destino de los centauros.)
FOLO:
(Sosteniendo la flecha a la altura de sus ojos, contemplándola con asombro filosófico. Su voz es serena, pero cargada de una tristeza cósmica.
El Coro de Nixas se detiene, como si el tiempo mismo hubiera dejado de
correr.)
¿Es esto? ¿Tan solo esto? (La gira entre sus dedos, como si intentara
comprender su esencia.) Un trozo de caña liviana, una punta de bronce
que cabe en la palma de un niño...
(Mira a Agrio y Anquio, gigantes caídos, sus cuerpos inmóviles en el
suelo.)
¿Y esta pequeñez tiene la fuerza de derribar a gigantes cuya musculatura
desafiaba a los encinares de la Arcadia?
(Ríe, con una risotada amarga, como si el mismo destino lo hubiera engañado.)
¡Oh, ironía de la existencia! ¡Oh, burla de los dioses! Pasamos la vida
levantando murallas de razón, cultivando la piedad, honrando las leyes
insondables del Olimpo..
(Su voz se quiebra, pero se recompone con dignidad.) y basta el alfiler
de una serpiente para borrar el pensamiento de un sabio.
(Mira al cielo, como si buscara respuestas en las estrellas que empiezan
a asomarse.)
¿Qué es el hombre? ¿Qué es el centauro?
(Baja la flecha, comparándola con su propia mano.)
Una sombra que camina sobre la hierba, una nota de flauta que el viento
del valle se lleva sin dejar rastro.
(Cierra los ojos, como si escuchara el canto de las Moiras.)
No hay escudo contra el Hado (Moira), el fuerte cae por el fuego, el sabio
por la inadvertencia, y la muerte nos nivela a todos bajo el mismo polvo.
(Pausa. El viento susurra entre los robles fuera de la cueva. El fuego
crepita, como si el mismo destino estuviera escuchando.)
Pero ¿acaso no es esto la esencia de la vida? (Abre los ojos, con una
lucidez desgarradora.) El vino que unía, hoy divide. El fuego que calentaba, hoy quema. (Mira la flecha, como si viera en ella el destino de
todos los centauros.) Y el veneno que mató a la Hidra, hoy mata al sabio
que intentaba vivir en paz.
(De pronto, un temblor recorre su cuerpo. La flecha, resbaladiza por el
veneno, se le escapa de los dedos. La punta de bronce cae hacia abajo,
y por un accidente trágico, se clava en su casco de pata posterior. Folo
no grita. Solo cierra los ojos, como si supiera que este era el final escrito
por los dioses.)
FOLO:
(Con un leve estremecimiento, pero sin queja ni lamento. Deja caer la
flecha al suelo, donde resuena con un sonido metálico. Su voz es un susurro, pero cada palabra resuena como un oráculo.)
Ah... El frío...
(Se lleva una mano al pecho, donde el veneno ya comienza a hacer
efecto. Su respiración se vuelve pesada.
El veneno de la Hidra no busca la carne... busca el alma.
Cilómaco... (su voz es un susurro, pero cada sílaba parece tallada en
piedra)... la lección está cumplida. No huyas del Destino... (sonríe, con
una paz infinita) ... abrázalo con la frente serena.
(Folo se desploma apaciblemente sobre la hierba sagrada de la cueva.
Su cuerpo no se estremece, su rostro no muestra dolor. Cierra los ojos,
como si simplemente se durmiera, y su último aliento se mezcla con el
viento que entra por la boca de la cueva. El Coro de Nixas entona un
lamento suave, como un eco de las esferas celestiales.)
ESCENA V
(Cilómaco corre hacia Folo, pero es demasiado tarde. Las Nixas, con
rostros de dolor, cubren el cuerpo de Folo con hojas de roble, como un
manto fúnebre. El silencio que sigue es más elocuente que cualquier lamento.)
(Cilómaco se arrodilla junto a Folo, temblando. Toma la jabalina de su
madre (la misma que guardaba desde su infancia) y la aprieta contra su
pecho, como si buscara consuelo en su peso familiar. El vino derramado
del pithos se mezcla con las lágrimas que caen sobre el suelo de la
cueva.)
CILÓMACO:
(Con voz quebrada, mirando al cielo como si buscara respuestas en los
dioses. Las Nixas cantan un lamento en segundo plano, sus voces como
el rumor de un río.)
¡Folo! ¡El más justo entre los nacidos de la tierra!
(Toca el pelaje de Folo, aún tibio.)
¿Por qué la piedad no protege contra el azote de los dioses?
(Su voz se quiebra, y las lágrimas caen sobre el cuerpo de Folo.)
Caíste sin guerrear, caído por la misma mano que intentaste honrar..
CORO DE NIXAS:
(Cantando con voces que parecen venir del mismo manantial. Sus sombras se proyectan en las paredes de la cueva, danzando como el viento.)
No llores al sabio, Cilómaco, hijo del dolor. Folo ha roto la cadena de la
hybris. Su muerte no es la vergüenza del banquete, sino la paz del justo.
(El viento aúlla fuera de la cueva, como un lamento por los caídos.)
Pero escucha: el trueno de Heracles marcha hacia el Sur. Sus flechas persiguen a los fugitivos hacia el Cabo Maleo, donde el gran maestro Quirón
imparte su luz en la cueva de las olas.
Ve allá, hijo de Cílaro... Sé testigo del último sacrificio que cambiará las
estrellas.
CILÓMACO:
(Con determinación, secándose las lágrimas. Toma la jabalina de su madre y la alza hacia el cielo, como un juramento.)
Que así sea.
(Mira hacia el sur, donde las montañas de Arcadia se funden con el horizonte.)
Iré al Cabo Maleo. (Su voz se endurece, como si el dolor se hubiera convertido en fuerza.) Y seré testigo de todo.
(Baja la jabalina y la guarda a su costado, como un guerrero.)
Pero juro por las Nixias y por el Pelión que la sangre de Folo no será
olvidada.
(Las Nixas, con movimientos gráciles, recogen el cuerpo de Folo y lo
colocan sobre una pira de ramas de roble. El fuego aún no se enciende:
esperarán a que el alma de Folo encuentre su camino. Cilómaco, con la
jabalina en la mano, emprende el viaje hacia el Cabo Maleo. El sol se
oculta tras las montañas, y las primeras estrellas empiezan a titilar en
el cielo, como si los dioses hubieran aceptado el sacrificio de Folo. (Heracles, que ha regresado de perseguir a los centauros fugitivos, se
detiene en la entrada de la cueva. Ve el cuerpo de Folo y a Cilómaco
partiendo. Su rostro muestra una mezcla de culpa y resignación.)
HERACLES:
(Con voz baja, como si hablara consigo mismo. El eco de sus palabras
resuena en la cueva vacía.)
No era mi intención...
(Mira las flechas en su carcaj, manchadas de veneno y de sangre.)
Pero el destino no perdona a los que portan su peso.
(Cilómaco, sin volverse, alza una mano en señal de despedida. No hay
perdón en su gesto, pero tampoco odio. Solo la aceptación de que el
camino está trazado.)
(El telón cae lentamente. El último sonido que se oye es el canto de las
Nixas, mezclado con el viento que susurra entre los robles y el crepitar
de las brasas que pronto encenderán la pira de Folo.)
CORO DE NIXAS:
(Sus voces se elevan, como un lamento que resuena en las montañas de
Arcadia.)
El sabio ha caído, pero su voz perdura.
El vino se derramó, pero su esencia sigue pura.
La flecha que mató no era de hierro, sino de destino,
y el veneno que corrió no era de Hidra, sino de los dioses.
Cilómaco camina hacia el Sur,
donde el mar y la montaña se abrazan en el Cabo Maleo.
Allí, el último centauro sabio aguarda,
Allí el maestro de maestros aguarda el desenlace,
y la rueda del vino y la sangre habrá de consumarse.
(TELÓN)
ACTO III
(El Cabo Maleo se alza como un promontorio de roca negra entre el mar
embravecido y el firmamento. Las olas grises embisten los acantilados
con un estruendo ensordecedor; el viento marino aúlla arrastrando salitre, algas y el perfume amargo de las flores silvestres que brotan en las
grietas. La espuma asciende hasta el umbral de la cueva de Quirón,
donde el musgo recubre los muros y las hierbas medicinales cuelgan
como cabelleras de ninfas.)
(A la izquierda, la entrada de la cueva marina se abre como una fauce
oscura; en su interior, el fuego sagrado arde sobre un altar de piedra
negra, iluminando pergaminos, frascos de cristal e instrumentos de curación. El Coro de Nereidas -ninfas del mar- flota entre el oleaje; sus
voces se confunden con el murmullo del agua. Sus túnicas, tejidas con
redes de plata y conchas, centellean bajo la luna como escamas.)
ESCENA I
(El sol declina tras las cordilleras de Arcadia, bañando el cabo con una
luz dorada y melancólica. Cilómaco emerge de la niebla del camino,
exhausto. Su pelaje está cubierto de polvo y sudor; lleva la jabalina familiar cruzada a la espalda y su respiración es anhelante. Sus ojos buscan entre las sombras del recinto. Al vislumbrar a Quirón -quien elabora cataplasmas en un mortero de piedra-, se precipita hacia él, tambaleándose.)
(Quirón, con solemnidad y parsimonia, purifica el altar con agua de manantial. Su pelaje, blanco como la espuma marina, resalta en la penumbra. A su alrededor, centauros malheridos yacen en silencio mientras
las Nereidas aplican compresas de algas sobre sus heridas.)
CILÓMACO (Con voz ronca por el polvo y la fatiga, arrodillándose
ante Quirón y tocando el suelo sagrado.)
¡Maestro Quirón! ¡Luz y amparo de la estirpe centáurida! Vengo con los
pies sangrantes desde las laderas del monte Fóloe..
QUIRÓN (Con una sonrisa melancólica, tomando un pergamino antiguo de los muros y desplegando una carta estelar cuyas constelaciones
parecen palpitar.)
Mi origen no es fruto de la ilusión ni de la desmesura, hijo mío.
(Señala el trazado donde Filira aparece representada.)
Mi madre fue Filira, la oceánida que entonaba cantos al oleaje antes de
que el tiempo recibiera nombre. Y mi padre...
(Pausa solemne; su voz retumba con eco de abismo.)
...fue Cronos, el Titán que gobernaba las eras antes del advenimiento de
los Olímpicos. Soy la memoria arcaica del cosmos, prisionero en esta
morada de carne y pelaje. Mas la estirpe divina no nos exime del quebranto cuando la armonía del mundo se resquebraja. Y hoy, Cilómaco...
(Su voz se ensombrece.)
...el mundo se tambalea.
CILÓMACO (Con serena amargura, comprendiendo la gravedad del
linaje.)
Entonces, Maestro... ¿la sabiduría es la recompensa de la inmortalidad?
QUIRÓN (Sosteniendo un frasco de ungüentos y contemplando la inmensidad del mar.)
No, Cilómaco. La sabiduría es el don de la inmortalidad. El precio...
(Su tono cobra una sobria gravedad.)
...es soportar la pesadumbre de contemplar la existencia tal cual es. Y
hoy, hijo mío, la existencia se halla fracturada.
ESCENA II
(Un estruendo de cascos retumba en los cantiles del Cabo Maleo. El
rumor del mar embravecido se confunde con los alaridos de los centauros fugitivos, que se despeñan como sombras entre las rocas. Elato, un
centauro joven, irrumpe en la escena con los ojos desencajados por el
terror. Su pelaje se halla lacerado por la maleza y de una herida en su
costado mana la sangre. Tropezando, cae de rodillas ante Quirón y Cilómaco; su cuerpo tiembla violentamente.)
ELATO (Con voz ahogada por el pavor, señalando hacia los acantilados donde el polvo levanta una humareda densa.)
¡Sálvanos, Quirón! ¡El azote de Zeus no conoce descanso! ¡Sus flechas
tienen sed de toda nuestra estirpe! ¡Heracles no perdona! ¡No existe roca
ni caverna que nos guarezca de su furia!
(Un silbido agudo y metálico atraviesa el aire. Todos se agachan por
instinto. Es la flecha de Heracles, disparada desde las alturas del promontorio. Vuela con el resplandor fatal del bronce. Elato intenta esquivarla, pero el dardo atraviesa su hombro con un chasquido cruel; mas
el proyectil no se detiene: prosigue su trayectoria mortal y se clava profundamente en la rodilla de Quirón, quien estaba inclinado junto a Elato
con los ungüentos.)
(Un silencio sepulcral cae sobre el cabo. Elato se desploma inerte. Quirón, con la mirada atónita, contempla la flecha hincada en su carne. La
ponzoña negra de la Hidra comienza a serpentear bajo su piel como un
estigma sombrío.)
QUIRÓN (Dejando caer los recipientes de medicina. Su voz es un gemido que hace estremecer las paredes de la gruta.)
¡Ahhh...! ¡La hiel de la serpiente de Lerna...!
(Se oprime la rodilla, donde la herida supura un halo oscuro.
¡El veneno que extinguió a la Hidra devora ahora mi propia carne!
(Heracles aparece en lo alto de los acantilados con el arco todavía
tenso. Al reconocer a Quirón, la pálida estupefacción se apodera de su
rostro y el arma cae de sus manos con estrépito sobre las rocas. Desciende precipitadamente hacia la cueva, tropezando en su carrera, cargando la piel del León de Nemea.)
HERACLES (Arrodillándose ante Quirón con las manos temblorosas,
deshecho en culpa y horror.)
¡Por el Olimpo! ¿Qué ha perpetrado mi brazo? ¡Quirón! ¡El más sabio
entre los nacidos, padre de mis entendimientos! ¡Que la tierra se abra y
me devore antes de contemplar la sangre del justo en mis manos!
(Intenta aproximar sus manos a la herida para extraer el dardo, pero
retrocede vacilante; busca con pánico entre los alambiques y frascos de
la cueva, mientras su maza de roble rueda por el suelo.)
¡Déjame extraer la punta! ¡Traed la ambrosía! ¡Pido perdón a los Inmortales!
(Aplica torpemente una cataplasma, pero el veneno corrompe al instante
las hierbas.)
¡No puede ser! Vos mismo me instruisteis en el arte sagrado de la medicina... Mis manos son diestras para la devastación y los actos parricidas,
mas resultan torpes e impotentes para la sanación. ¡Soy una bestia! ¡Un
bruto abominable!
QUIRÓN (Con una sonrisa amarga en medio de la agonía. Detiene con
gesto firme pero debilitado el brazo de Heracles.)
Apaga tu llanto, Alcida.
(Mira la flecha emponzoñada.
Ningún filtro de la tierra ni bálsamo del océano puede remediar lo que la
hiel del monstruo destruye. Tu brazo fue tan solo el ciego instrumento
del Hado... La ironía del cosmos es perfecta: el sanador del mundo no
posee medicina para sí mismo.
(Su voz cobra una gravedad imponente mientras observa la mirada destruida de Heracles.)
Y la condena es infinitamente mayor para mí que para Folo: Folo era
mortal y halló en la sombra el reposo de la tierra. Yo soy inmortal por la
estirpe de Cronos... ¡El veneno devorará mis entrañas eternamente sin
concederme jamás el alivio de la muerte!
ESCENA III
(Los momentos de tormento se alargan como siglos. Quirón se retuerce
en el suelo de la cueva, su cuerpo sacudido por espasmos de dolor. El
veneno de la Hidra se extiende por sus venas como un río negro, y su
piel se oscurece alrededor de la herida, como si el mismo Tártaro lo
estuviera reclamando. Cilómaco, pálido y tembloroso, intenta limpiar la
herida con agua de manantial, pero el líquido se vuelve negro al contacto con el veneno. Heracles, con las manos en la cabeza, camina de un
lado a otro, como un león enjaulado. El Coro de Nereidas, desde el mar,
canta un lamento que parece venir de las profundidades del océano.)
(El olor a carne quemada llena la cueva, mezclado con el aroma a hierbas medicinales que Quirón había estado preparando. Las antorchas
parpadean, como si el mismo aire temiera acercarse al dolor del centauro. De pronto, Quirón abre los ojos, y en ellos no hay rastro de miedo,
solo una lucidez desgarradora.)
CILÓMACO: (con voz quebrada por el dolor y la indignación. Se arrodilla junto a Quirón, tomando su mano entre las suyas. Sus ojos brillan
con lágrimas contenidas.
¿Esta es la justicia del Olimpo? (Señala el cielo, donde las nubes grises
se arremolinan como presagios de tormenta.) ¿El sabio sufre el inframundo en vida mientras los reyes vanidosos celebran en sus tronos de
oro?
(Su voz se eleva, como un grito de rebelión.)
¿Dónde está la diosa Dike que nos abandona o se burla cruelmente de
nuestras penurias? ¿Son estos los dones de la diosa Maestro? ¿Dónde
está la Justicia cuando el inocente paga por el culpable?
QUIRÓN: (luchando contra el dolor, pero con una dignidad que conmueve hasta a las rocas. Levanta su mano libre hacia el cielo, como si
invocara a los dioses. Su voz es fuerte y clara, a pesar del sufrimiento.)
¡Zeus! (su voz retumba en la cueva, como un trueno lejano.)
¡Escucha la voz de quien educó a tus hijos!

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