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Para que no tengas que pedir. Capítulo 1 El humo y la distancia

Por Liyanet Caraballo Ulloa · Cuba · Historia real

Para que no tengas que pedir. Capítulo 1 El humo y la distancia
El humo del carbón no era solo humo. Era el aliento de aquella casa, un pulso negro que se colaba por la ventana de la cocina y lo llenaba todo: la ropa, el pelo, el sabor de la comida.
Cristian estaba parado frente a las brasas. El carbón chispeaba bajo la olla de aluminio. Había echado el arroz y el pescado congelado una hora antes, y el olor a ajo y cebolla fritos llenaba la casa. Tenía el delantal manchado de ceniza y las manos embarradas de aceite. Ese era su territorio. Cuando cocinaba, las llamadas de Miami dejaban de importar.
Arriba, en la azotea, las palomas se ajitadas con el ruido de los camiones. Pero él no pensaba en las palomas. Pensaba en el saco de carbón, que ayer estaba medio lleno y hoy parecía vacío.
Los apagones en la Cuba del 2026 llegaban puntuales, como el sol.
Cuando el sol se metía, la luz se iba. Y si no había carbón, no había comida.
Cristian: "¿Quieres ver, asere?"
Cristiano, su hermano de 4 años, apareció en el marco de la puerta. Tenía el pelo negro y rizado, idéntico al suyo, y una cuchara de madera en la mano.
Cristiano: "¿El pescado?"
Cristian (sonriendo): "El pescado. Pero no te acerques, que eso quema. Toma, mastica esto."
Le dio un pedazo de boniato crudo. El niño se sentó en la banqueta, masticando con la boca abierta. Por un momento, la cocina fue solo eso: el chisporroteo del carbón y la mirada curiosa de un niño.
El teléfono vibró en el bolsillo trasero de Cristian. Dos rayitas de señal. Un audio de WhatsApp.
Se lo pegó al oído y escuchó la voz de Mario. Su padre.
"Hijo, papi te mandó 75 dólares a casa de tus abuelos. Tienes que ir a buscarlos. No se los des a tu mamá. Es para ti. Cómprate ropa, zapatillas, lo que quieras. Pero no les des ni un centavo a ellos."
Cristian guardó el teléfono. Los dólares quemaban en su recuerdo.
En la calle, el carretón de Felipe chirrió al detenerse. Cristian miró por la ventana. Felipe bajó del carretón con la camisa empapada de sudor. Llevaba las manos llenas de tierra y la mirada dura. Entró, se sentó en la banqueta del corral y bebió agua de un pomo viejo. No entró a la cocina.
No hizo falta que dijera nada. El peso de su cansancio llenaba el patio.
Yadira llegó a las 6:15. Arrastraba una bolsa de verduras, con la ropa de trabajo arrugada. Al ver la mesa puesta, con el arroz y el pescado humeante, se llevó la mano al pecho.
Yadira: "¿Encendiste el fogón tú solo?"
Cristian: "No tenía nada más que hacer. Siéntate, mamá."
Felipe entró cuando lo llamaron. Miró el plato de pescado y arroz, y luego a Cristian, que seguía con el delantal puesto y las manos negras de ceniza. Abrió la boca, pero miró a Cristiano y la cerró. Solo gruñó: "El arroz está pasao, pero bueno. Vamos a comer."
La cena fue un silencio de tres cucharadas y una mirada esquiva.
Cuando terminaron, Cristian recogió los platos. Yadira lo siguió a la cocina. Allí, mientras el agua fría corría sobre la olla llena de tizne, ella bajó la voz, casi un susurro:
Yadira: "Hijo. El carbón no alcanza ni para mañana. Un saco cuesta 1.500, y el aceite, 1.850. ¿Tú tienes algo de lo que te mandó tu papá?"
Cristian se quedó con las manos bajo el agua. El frío le cortó la piel. No había reproche en la voz de Yadira. Había vergüenza. El orgullo de una mujer que jamás le pediría nada a su exmarido, pero que estaba obligada a pedirle a su propio hijo.
Cristian: "75 dólares, mamá. Están en casa de los abuelos."
Yadira: "Mañana, cuando vayas, pídele a Caridad que te cambie la mitad a pesos. El dólar está a 600. Con eso compramos el carbón. No tienes que dar todo. Guarda los 35 dólares para tus zapatillas. Pero ayúdame con esto. Si no, nos quedamos sin nada para cocinar."
Esa noche, Cristian se acostó con la pantalla del teléfono iluminándole la cara.Mario esperaba una respuesta. Yadira, en cambio, solo necesitaba el carbón.Y las palabras de su madre se le clavaron como una astilla en la cabeza: "Si no, nos quedamos sin nada para cocinar".
En la oscuridad, escuchó el viento pasar sobre el alambre de púas. Su casa no tenía gas, ni corriente. Solo una hornilla de carbón. Se quedó mirando la oscuridad. No sabía qué hacer. Pero sabía que algo tenía que hacer.

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Comentarios

Prof. José Núñez

¡Gracias por compartir! Ya extrañaba tus relatos llenos de sentimientos. No sé cómo haces para expresar tanto en tan poco espacio y tiempo. Recibe un cariñoso saludo desde Venezuela.