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EL VAGABUNDO

Por J. S. Vargas Aparicio · Bolivia · Novela Negra

EL VAGABUNDO
Los primeros rayos del sol despertaban lentamente aquel barrio periurbano, uno de los más extensos de la ciudad. No era un lugar hermoso, pero sí uno de esos rincones donde la vida se aferraba con obstinación a cada amanecer. Sus calles parecían incapaces de ponerse de acuerdo sobre qué querían ser. Algunas lucían viejas capas de pavimento resquebrajado por los años; otras conservaban adoquines lisos y gastados que habían soportado generaciones enteras de pasos, y no faltaban aquellas que terminaban convertidas en una improvisada alfombra de piedras acomodadas con paciencia por los propios vecinos. Las viviendas tampoco seguían un orden. Modestas casas de ladrillo desnudo convivían con pequeñas tiendas de barrio, talleres mecánicos, puestos de comida y construcciones que parecían crecer un piso nuevo cada vez que alguna familia lograba ahorrar unos cuantos billetes. Allí todos se conocían. Los niños jugaban fútbol hasta que el sol desaparecía detrás de los cerros, las vecinas conversaban de ventana a ventana mientras otras barrían las aceras y el aroma del pan recién horneado competía cada mañana con el humo de los minibuses y el aceite hirviendo de las caseritas que preparaban el desayuno para los obreros.
Aquel barrio no era rico. Tampoco tranquilo. Las discusiones entre vecinos, los perros ladrando a cualquier desconocido, los vendedores ambulantes anunciando sus productos y la música escapando desde alguna casa formaban parte del paisaje cotidiano con la misma naturalidad que el vaho de polvo suspendido en el aire. Sin embargo, quienes habían nacido allí sabían que, pese a todas sus imperfecciones, seguía siendo un buen lugar para vivir. Porque en aquellas calles todavía existía algo que la ciudad llevaba años olvidando: las personas aún se saludaban por su nombre.
Y entre todos aquellos habitantes había uno que conocía el barrio mejor que nadie. No pagaba alquiler, no tenía dueño y jamás figuraría en el registro de ningún vecino. Pero llevaba ya un año entero recorriendo aquellas calles que, de alguna manera, también formaba parte de ellas.
Vagabundo o Firulais, así lo llamaban las almas compasivas del barrio. Otros, desprovistos de toda caridad, lo espantaban con insultos o piedras imaginarias bajo el estigma de "pulgoso", como si la pobreza pudiera contagiarse con un simple roce. Aquel perro llevaba un año sobreviviendo entre las calles polvorientas de aquel barrio periurbano. Había aprendido algo que muchos hombres jamás en toda su vida lograrían comprender, sobrevivir sin perder la alegría de vivir cada día.
No distinguía a las personas por el tono de su voz ni por la ropa que vestían. Las reconocía por el olor. El miedo, la crueldad, la tristeza y la bondad dejaban un rastro invisible que su nariz era capaz de leer con absoluta claridad. Sabía quién arrojaría un hueso antes incluso de que la mano descendiera al bolsillo y quién levantaría una escoba solo con escuchar el cambio en el ritmo de sus pasos. Aquellas calles eran su reino. Patrullaba cada esquina con la dignidad silenciosa de un fiel guardián, saludaba a los comerciantes que alguna vez le compartieron un mendrugo de pan, espantaba a los perros forasteros y dormía allí donde el sol calentaba primero el pavimento, acurrucado en unas cajas gruesas que nadie se dignaba a levantar. Era libre, pobre, hambriento y cubierto de un par de cicatrices, pero libre.
Pero todo cambiaba al llegar a una esquina en particular. El aire se volvía extraño mucho antes de que la casona apareciera frente a él. Los aromas del barrio desaparecían de golpe. Dejaba de percibir el pan recién horneado, el humo de los puestos de comida, la humedad de la tierra y hasta el desodorante invasivo de algunos muchachos. Allí solo existía un vacío imposible de describir, como si el mundo hubiera olvidado respirar. El frío le recorría el espinazo, el pelo del lomo se erizaba sin remedio y un gruñido grave escapaba de su garganta mientras contemplaba la enorme casona que se levantaba al final de la calle.
El Vagabundo recorría aquellas calles con la seguridad de quien conoce cada rincón de su territorio. Caminaba gallardo, la cola en alto y el pecho inflado con la silenciosa autoridad de un viejo rey que ya no necesita demostrar su fuerza. Pero al llegar a una esquina en particular todo cambiaba. Sus patas se detenían por sí solas, el lomo se erizaba hasta formar una cresta de pelo rígido y su hocico se contraía mostrando lentamente los colmillos. Frente a él comenzaba una pequeña cuadra donde el mundo parecía enfermar. En el centro se alzaba una antigua casona de altos muros, bien conservada pese al evidente abandono. Las paredes permanecían intactas, las ventanas cerradas y el jardín seguía desprovisto de toda vida, ya que cada planta y resto de árboles estaba seco y marchito, como si una mano invisible continuara cuidando de la propiedad pese a que nadie recordaba haber visto entrar o salir a un solo habitante en mucho tiempo. Sin embargo, no era la casa lo que inquietaba a Firulais, sino aquello que respiraba en su interior.
La esencia de aquel lugar se derramaba por toda la calle como una humedad invisible. El aire se volvía pesado, los olores desaparecían y hasta la luz parecía apagarse unos tonos antes de alcanzar la fachada. Allí los sonidos llegaban amortiguados y el silencio adquiría un peso casi físico. Firulais ignoraba qué clase de criatura habitaba entre aquellas paredes, pero podía verla. Desde las grietas de la casona se deslizaban largas sombras que reptaban sobre el suelo como raíces vivientes, envolviendo lentamente las viviendas vecinas con una paciencia aterradora. No parecían moverse, pero cada día avanzaban un poco más, como si la oscuridad estuviera devorando el barrio centímetro a centímetro. Aquella presencia también lo observaba.
Siempre lo hacía.
Entonces el viejo perro clavaba las patas contra el suelo, inflaba el pecho y lanzaba un par de ladridos tan profundos que resonaban por toda la cuadra. No esperaba ahuyentar a la criatura. Aquellos ladridos eran un desafío, una declaración de principios. Eran su manera de recordarle que, mientras él siguiera respirando, todavía existía en el barrio un guardián dispuesto a interponerse entre aquella oscuridad y las personas que llamaban hogar a esas calles. Solo después, convencido de que todavía no había llegado el momento de acercarse, retrocedía sin darle jamás la espalda a la casona. Cuando doblaba nuevamente la esquina, el aire recuperaba su calidez, el barrio volvía a respirar y Firulais continuaba su ronda como si aquel horror no existiera.
Varios días después, una tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de los cerros que servían de límites para la ciudad, una pequeña mano rompió aquella rutina. Una niña se acercó despacio, sin movimientos bruscos, y se arrodilló frente a él. No intentó abrazarlo ni jugar. Simplemente le acarició la cabeza con una ternura que el perro desconocía y le ofreció un trozo de pollo todavía tibio. Firulais dudó. Nadie regalaba carne a un perro callejero. Sin embargo, el aroma de aquella familia era limpio. No olían u odio o a violencia. Olían a hogar. Los padres sonrieron al verlo devorar el primer bocado y terminaron compartiendo con él parte de la cena. Aquella tarde comió hasta quedar satisfecho, algo que no ocurría desde hacía tanto tiempo que casi había olvidado aquella sensación. Cuando la niña volvió a acariciarlo, el perro cerró lentamente los ojos. Ninguna mano lo había tocado con tanta dulzura desde que era un cachorro. Sin darse cuenta, aquella familia acababa de despertar un sentimiento que creía enterrado para siempre. Comenzó a seguirlos primero con cautela, como hacen los animales que han aprendido a desconfiar de todo, y después caminando apenas unos pasos detrás de la niña, vigilando cada rostro extraño que cruzaba la calle. Había encontrado una nueva manada y una manada siempre se protege.
La familia avanzaba entre risas, completamente ajena a la silenciosa promesa que aquel perro acababa de hacer. Entonces doblaron la siguiente esquina. Firulais se quedó inmóvil. El olor desapareció de golpe. El aire volvió a sentirse muerto y el frío regresó con una intensidad que le hizo temblar las patas. Frente a ellos, como una herida abierta en mitad del barrio, se alzaba la enorme casona. El perro comenzó a ladrar con una desesperación que jamás había sentido. No eran ladridos de amenaza ni de furia, sino auténticas súplicas. Corrió delante de la familia, les bloqueó el paso, volvió a ladrar y mordisqueó con suavidad el pantalón del padre intentando obligarlo a retroceder. Ellos solo rieron. "Parece que otra vez tiene hambre", comentó el hombre mientras la niña volvía a acariciarle la cabeza para tranquilizarlo. Firulais sintió que el miedo le oprimía el pecho. Ellos no podían verlo. No podían olerlo. No podían escuchar aquel silencio antinatural que escapaba del interior de la casona como el aliento de una criatura dormida.
Cuando la familia cruzó el oxidado portón, el perro permaneció inmóvil apenas un instante. Durante toda su vida había obedecido a ese instinto que le ordenaba huir de aquel lugar. Gracias a él había sobrevivido al hambre, a los golpes y a la crueldad de los hombres. Aquella tarde decidió desobedecerlo. Con el lomo completamente erizado, los colmillos descubiertos y el corazón golpeándole el pecho con una violencia desesperada, dio un paso hacia la oscuridad. Luego otro. Después desapareció tras el umbral de la casona, dispuesto a enfrentar cualquier horror antes que permitir que su nueva familia lo hiciera sola.
Dentro de la casona, Firulais avanzaba con una cautela que jamás había mostrado en el exterior. Cada paso era medido. Sus patas apenas rozaban el viejo piso de madera mientras la nariz trabajaba sin descanso intentando descifrar aquel laberinto de olores. Había polvo, humedad, madera envejecida y un persistente aroma a pintura reseca, pero debajo de todos ellos permanecía aquel otro olor, imposible de describir, que no pertenecía a ninguna criatura conocida y que parecía brotar desde las propias paredes. Sus orejas giraban constantemente buscando el menor crujido, el más leve suspiro o el roce de unas pisadas que nunca terminaban de producirse. Aquella presencia seguía allí. No podía verla, pero la sentía desplazarse lentamente por encima de ellos, como si la casa respirara alrededor de cada uno de sus movimientos.
La familia, en cambio, entró con la naturalidad de quien por fin encuentra un lugar al que llamar hogar. Las habitaciones estaban repletas de cajas todavía cerradas, muebles cubiertos por viejas sábanas y una gruesa capa de polvo que parecía haberse acumulado durante décadas. La madre no perdió tiempo. Ató un delantal alrededor de su cintura, abrió todas las ventanas y comenzó a barrer con energía mientras enormes nubes grises ascendían hasta perderse entre los últimos rayos del sol. El padre recorría la vivienda habitación por habitación encendiendo las luces, comprobando interruptores y revisando que todo funcionara correctamente. Poco a poco la vieja casona comenzaba a llenarse nuevamente de voces humanas, del sonido de las escobas golpeando el suelo y de esa calidez caótica que solo existe durante una mudanza.
Firulais continuó inspeccionándolo todo sin bajar la guardia. Olfateó las escaleras, recorrió los pasillos y se detuvo frente a cada puerta entreabierta, pero una pequeña sombra no tardó en seguir cada uno de sus pasos. La niña caminaba detrás de él con esa curiosidad inagotable que solo poseen los niños. Le hablaba sin esperar respuesta, le preguntaba qué escondían aquellas habitaciones vacías y cambiaba de opinión sobre su nombre cada pocos minutos. "¿Qué te parece Capitán?... No, mejor Max... aunque Firulais también suena bonito." El viejo perro no entendía una sola palabra, pero sí comprendía el tono de aquella voz. Poco a poco el miedo comenzó a ceder terreno. Por momentos incluso olvidaba dónde se encontraba.
Desde la planta baja, la madre levantó la voz entre el ruido de la limpieza.
-¡Si el perro va a quedarse con nosotros, necesita un buen baño!
La niña respondió con un grito de felicidad que resonó por toda la casa. El padre soltó una carcajada, tomó a Firulais con suavidad por el collar improvisado que habían fabricado con una vieja correa y lo condujo hasta el cuarto de baño. Al principio el perro se mostró desconfiado. El sonido del agua cayendo sobre la bañera le recordó demasiadas noches de lluvia bajo los puentes y noches frías soportadas a la intemperie. Intentó retroceder un par de veces, pero unas manos pacientes terminaron convenciéndolo de permanecer quieto. Entonces ocurrió algo completamente nuevo para él.
El agua tibia comenzó a recorrer lentamente su pelaje.
Jamás había conocido una sensación semejante. El barro endurecido durante años empezó a desprenderse en pequeños riachuelos oscuros que desaparecían por el desagüe. Las pulgas abandonaban su escondite mientras el jabón impregnaba su cuerpo con un aroma limpio que no recordaba haber sentido nunca. Poco a poco la tensión abandonó sus músculos. Cuando el padre intentó enjabonarle la cabeza, Firulais decidió que aquello también podía ser un juego. Se sacudió con todas sus fuerzas empapando las paredes, el techo y a los ocupantes del baño. La niña estalló en carcajadas. El hombre resbaló torpemente intentando sujetarlo mientras fingía regañarlo entre risas. Durante un tiempo la casa se llenó de una alegría tan sincera que incluso el silencio pareció retirarse a algún rincón olvidado.
Por primera vez desde que tenía memoria, Firulais dejó de sentirse un perro callejero.
El hambre, el frío, las noches bajo los automóviles y las piedras lanzadas por desconocidos comenzaron a parecer recuerdos lejanos, casi pertenecientes a otra vida. Cuando salió del baño sacudiendo orgullosamente su pelaje limpio, el viejo Vagabundo parecía un animal distinto. Su pelo había recuperado el brillo, el olor a suciedad había desaparecido y caminaba con una confianza nueva, como si por fin hubiera comprendido que aquel lugar también podía pertenecerle.
Fue entonces cuando la casa respondió.
Mientras la familia terminaba de acomodar la habitación de la niña, el foco del techo comenzó a palpitar con una intensidad extraña. Primero fue un leve parpadeo. Después la luz adquirió un brillo insoportablemente blanco que obligó a todos a cubrirse los ojos. El zumbido eléctrico aumentó hasta convertirse en un chillido agudo y, sin previo aviso, el vidrio explotó sobre sus cabezas. La habitación quedó sumida en la oscuridad. La niña soltó un grito de terror mientras el padre la abrazaba con fuerza, cubriéndole el rostro para protegerla de los fragmentos que todavía caían del techo.
Solo Firulais no apartó la vista.
Sus labios se elevaron lentamente dejando al descubierto los colmillos. Un gruñido profundo nació desde lo más hondo de su pecho mientras el pelo del lomo volvía a erizarse.
No. Aquello no había sido un accidente.
Podían engañar a los hombres con un cable defectuoso o una instalación antigua. Pero a él no.
Aquella cosa acababa de darles la bienvenida. Y ´le recordó, con violencia contenida, que aquella seguía siendo su casa... y que ellos no eran más que intrusos.
La noche terminó por envolver la vieja casona. Para la familia había sido un primer día agotador entre cajas, escobas, muebles y recuerdos acomodados a toda prisa. Poco a poco el silencio volvió a adueñarse de la vivienda. Firulais no se apartó de la niña ni un solo instante. Jugaron durante largo rato por los amplios pasillos hasta que el cansancio terminó venciendo a la pequeña, que cayó profundamente dormida sobre la alfombra de la sala con una sonrisa todavía dibujada en el rostro. El padre soltó una breve carcajada, la tomó con cuidado entre sus brazos y la llevó hasta su habitación, ahora limpia, iluminada por un foco nuevo y perfumada con el olor de las sábanas recién tendidas. La arropó con delicadeza, acomodó una gruesa manta junto a la cama y sonrió al ver que el perro comprendía de inmediato aquella silenciosa invitación. Firulais dio un par de vueltas sobre sí mismo, estiró las patas, dejó escapar un largo bostezo y terminó acurrucándose al lado de la pequeña. Después de tantos inviernos soportando el frío de la calle, dormir bajo un techo, rodeado del calor de una familia, le parecía un regalo demasiado grande para un perro como él.
La casa permanecía completamente en silencio. Afuera el barrio también descansaba, envuelto en esa calma profunda que solo existe cuando hasta el último perro ha dejado de ladrar. Entonces la ventana comenzó a crujir. Primero fue un leve empujón que apenas hizo vibrar los cristales. Luego otro, más fuerte. La madera protestó con un gemido largo mientras el marco se estremecía una y otra vez como si alguien insistiera en entrar desde el exterior. Firulais abrió lentamente los ojos, pero permaneció inmóvil, atento, escuchando. El tercer golpe fue brutal. La ventana se abrió de par en par con un estruendo que sacudió toda la habitación. El perro reaccionó de inmediato. Saltó sobre la cama, se colocó delante de la niña mostrando los colmillos y un rugido profundo escapó de su garganta antes de transformarse en una sucesión de ladridos desesperados. La pequeña despertó sobresaltada y rompió a llorar llamando a sus padres.
Ambos subieron las escaleras casi al mismo tiempo, pero al intentar abrir la puerta descubrieron que no se movía. Tiraron del picaporte con todas sus fuerzas. Empujaron una y otra vez mientras desde el interior llegaban los ladridos frenéticos de Firulais y el llanto aterrorizado de la niña. El padre retrocedió un par de pasos, tomó impulso y embistió la puerta con el hombro. La vieja madera resistió el primer golpe. También el segundo. Recién al tercero cedió con un crujido seco que lastimó al buen papá.
La habitación estaba sumida en el desorden. Las cortinas se agitaban violentamente bajo el viento nocturno que entraba por la ventana abierta. La niña permanecía abrazada al cuello de Firulais con todas sus fuerzas mientras el perro, inmóvil como una estatua, seguía ladrando hacia la oscuridad del exterior.
-¿Qué pasó? -preguntó la madre mientras levantaba a la pequeña entre sus brazos.
La niña apenas podía hablar entre sollozos.
-El monstruo... vino...
El padre corrió hasta la ventana convencido de encontrar a algún intruso. Miró hacia el jardín, recorrió la calle con la vista y buscó alguna sombra entre las casas vecinas. No había nadie. Solo el silencio de la noche y una brisa helada que parecía llegar desde un lugar demasiado lejano para pertenecer a aquel barrio. Sin embargo, algo había golpeado aquella ventana. Algo había empujado con una fuerza imposible hasta abrirla de par en par.
-Fue el monstruo... pero Capitán Firulais lo espantó... -repitió la niña mientras escondía el rostro contra el pecho de su madre.
Los padres intercambiaron una mirada cargada de dudas. Ninguno encontró una explicación que lograra convencerlo. Tal vez la ventana estaba mal asegurada. Tal vez el viento había soplado con más fuerza de la habitual. Tal vez...
Firulais no compartía aquellas dudas.
Continuó inmóvil frente a la ventana, con el lomo erizado y la mirada fija en la oscuridad, esperando que aquello que había intentado entrar mostrara nuevamente su rostro. Había encontrado una familia. Había encontrado una manada. Y aunque ignoraba qué clase de horror respiraba entre aquellas viejas paredes, también comprendía algo con absoluta certeza.
Mientras le quedara aliento, ninguna criatura volvería a acercarse a su pequeña sin tener que enfrentarse primero a él.

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