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La Capitana y El Comandante

Por hugo castello · Argentina · Fantasía

La Capitana y El Comandante
Eva Duarte de Perón miró el reloj de la Casa Rosada por tercera vez en los últimos diez minutos. Afuera, el sol de agosto se filtraba entre los vitrales del despacho presidencial, tiñendo de colores las fotografías de Juan Domingo -el hombre que había muerto en el 54, devorado por el cáncer de pulmón que nadie supo detener a tiempo- y los retratos de los próceres que la miraban con sus ojos de bronce.
Ella había llorado a Perón como se llora a un padre, a un amante, a un general. Pero no había llorado más de lo necesario. Porque Eva no era de las que se quiebran. Cuando el féretro bajó a la tierra, ella se enderezó el vestido negro, se ajustó el moño en el pelo, y dijo: "Ahora yo gobernaré."
Y gobernó.
La Revolución Libertadora no había ocurrido en este mundo. Los militares, acobardados por la mano firme de Evita, no se atrevieron a alzarse. Y en el 58, junto a William Cokke -su vicepresidente leal, un hombre de ideas claras y manos callosas de tanto estrechar las de los obreros-, ganó por una abrumadora mayoría que hizo temblar las oligarquías. Las tierras se repartieron, las fábricas se nacionalizaron, los sindicatos cantaron himnos de alabanza a la Presidenta de los Descamisados.
Pero esta tarde, Eva no estaba pensando en política.
Estaba pensando en él.
El Che Guevara. Ernesto. El argentino que se había ido al mundo y había vuelto como un mito andante, con su barba de profeta y su boina de guerrillero. La cumbre de Punta del Este había sido un éxito; Evita lo sabía porque ella misma había enviado a sus mejores diplomáticos. Pero cuando el ministro de Relaciones Exteriores le dijo: "Presidenta, el comandante Guevara quiere visitar Buenos Aires de paso hacia La Habana", ella sintió un cosquilleo en el estómago que no sentía desde los veinte años.
"Que venga", había respondido, seca. Y luego, sin que nadie la viera, se había mirado al espejo del baño privado y se había ajustado el escote del traje sastre.
II El 18 de agosto de 1961, el Che Guevara bajó del avión en Ezeiza con su paso de felino hambriento. No vistió uniforme ni boina; usó una camisa de lino claro y pantalones de dril, como si quisiera parecer un turista. Pero sus ojos eran imposibles de disimular: dos brasas que habían visto la selva, la sierra, el fuego de las batallas y el frío de las derrotas.
Lo recibió un auto negro sin distintivos. Lo llevaron a la Casa Rosada por las calles laterales, sin protocolo, sin bandas militares. Cuando la puerta del despacho presidencial se abrió, el Che entró y la vio.
Eva estaba de pie detrás del escritorio, con el pelo recogido en un rodete bajo, un vestido blanco de cuello alto que le llegaba hasta los tobillos, y una cruz de oro colgando de su cuello. Pero lo que lo detuvo no fue el atuendo. Fueron los ojos. Los mismos ojos que había visto en los carteles de la Revolución, en los discursos de la radio, en los sueños de los pueblos. Ahora estaban frente a él. Y lo miraban como si lo estuvieran desnudando.
-Comandante -dijo ella, y su voz era un terciopelo con filo.
-Presidenta -respondió él, y su voz era un río subterráneo.
Se saludaron con un apretón de manos que duró un segundo demasiado. Eva sintió la piel de él, áspera de trabajo y sol. Ernesto sintió la de ella, suave como la seda y cálida como el sol.
-He leído sus discursos -dijo él-. Los de la toma de las tierras. Los de la educación para todos. Los de la independencia económica.
-He leído sus cartas de la sierra -respondió ella-. Las que no publicaron los periódicos.
Sonrió. Fue una sonrisa que no había usado en años: no la de la política, no la de la ceremonia. La de una mujer que está a punto de entregarse.
La cena en la quinta presidencial de Olivos fue íntima. Solo ellos dos, un par de guardaespaldas a la distancia, y una mesa de madera lustrosa donde sirvieron vino tinto y empanadas de carne cortada a cuchillo. Evita había dispuesto que no hubiera otros invitados. "Para hablar de política sin distracciones", había dicho a su secretario.
Mintió.
La política fue lo último de lo que hablaron.
Primero hablaron de la infancia de él en Alta Gracia, de su asma, de su madre. Después habló ella de su niñez en Los Toldos, de la pobreza, del hambre que la había marcado como un hierro candente. Él le tomó la mano por encima de la mesa. No hubo permiso previo. Fue un acto de conquista o de rendición, ella no supo cuál.
-¿Tenés miedo, Eva? -preguntó él, usando su nombre como si lo hubiera pronunciado mil veces en la intimidad.
-Miedo de qué -dijo ella, pero su voz tembló.
-De vos misma. De lo que querés. De lo que estás a punto de hacer.
Eva no respondió. Se levantó de la mesa y caminó hacia la ventana. Afuera, el jardín se perdía en la oscuridad. Las luces de la ciudad titilaban en el horizonte. Él se levantó y fue tras ella. La tomó de la cintura, girándola suavemente para enfrentarla. Y allí, sin más palabras, la besó.
El beso fue un incendio.
No fue un beso de cortesía ni de compromiso. Fue un beso de esos que se dan cuando el alma se ha quedado sin aire y necesita robarle oxígeno al otro. Eva sintió que las rodillas le flaqueaban. Él la sostuvo, apretándola contra su cuerpo. Sus manos recorrían la espalda de ella, mientras la boca de ella se abría bajo la de él, dejando entrar su lengua como quien abre las puertas de una casa que ha estado cerrada durante años.
-Ernesto -susurró ella entre beso y beso.
-Eva -respondió él, y la voz le salió ronca, apenas un gruñido.
No llegaron a la cama. La necesidad era demasiado urgente.
Él la levantó como si pesara una pluma y la recostó sobre el sillón de terciopelo rojo que había junto a la ventana. El vestido blanco se abrió como una flor bajo las manos expertas de él. Ella no se resistió. Se entregó con la misma ferocidad con la que gobernaba, con la misma pasión con la que arengaba a las multitudes.
Ernesto descubrió su cuerpo: los hombros firmes, el pecho que se alzaba bajo el encaje blanco, la cintura estrecha que sus manos podían rodear por completo. La besó en el cuello, en la clavícula, en el borde superior del corpiño. Eva se arqueó bajo sus labios, emitiendo un gemido que era más un lamento de alivio que de placer.
-Hacía tanto que nadie me tocaba así -dijo, casi sin voz.
-Hacía tanto que no quería tocar a nadie -respondió él, y sus dedos bajaban por el vientre de ella, dibujando círculos lentos.
Desnudarse fue un ritual.
Él desabrochó su camisa de lino dejando ver su torso, marcado por los años de guerra, las costillas que asomaban, el vello oscuro que bajaba hasta la cintura. Ella, sin pudor, lo miró como se mira una obra de arte que no se entiende del todo pero que fascina. Sus manos se encontraron en la entrepierna de él, y él contuvo el aliento cuando sintió los dedos de ella, firmes y seguros, envueltos alrededor de su miembro.
Eva se incorporó, dejó que él se recostara en el sillón, y lo montó. Fue un movimiento lento, deliberado. Ella lo guio hacia su interior, sintiendo cómo la llenaba, cómo la abría, cómo la hacía olvidar todas las batallas políticas y todas las noches en vela de los últimos años.
Ernesto la tomó de las caderas y empezó a moverse dentro de ella. Sus ojos no se separaban de los de ella. En la penumbra de la quinta, con la ciudad allá abajo y el cielo estrellado arriba, no había tiempo, no había pasado, no había futuro. Solo esa conexión profunda, animal, casi sagrada.
Eva se inclinó sobre él, besándolo, mientras sus caderas se movían en un ritmo que pronto se volvió frenético. Él respondió con embestidas que sacudían el sillón, que hacían gemir la madera y a ella con ella.
-No pares -jadeó ella.
-No pienso parar -gruñó él, y la tomó con más fuerza.
El orgasmo de Eva fue un grito ahogado en la boca de él. Su cuerpo se tensó, se arqueó y luego colapsó, temblando. Y él no tardó en seguirla, vaciándose dentro de ella con un rugido que se perdió en el silencio del jardín.
Quedaron abrazados, sudorosos, enredados en el terciopelo y el lino y el olor a sexo y vino. Sin palabras.
V Pasaron los días. Luego las semanas. El Che no volvió a Cuba.
Dijo que tenía asuntos pendientes en Argentina. Alejo Marchant, su esposa, empezó a recibir llamadas cada vez más escasas. Hasta que un día, una carta llegó a La Habana: "Perdóname, no puedo volver. He encontrado algo que no sabía que buscaba."
Ernesto se instaló en la quinta de Olivos. De incógnito, sí, pero no tanto. Los servicios de inteligencia sabían. Los militares leales a Evita sabían. Nadie dijo nada, porque todos entendían que el romance entre la Presidenta y el Comandante era un pacto de fuego que no se podía quebrar sin quemarse.
Se amaban en la cama con una frecuencia voraz. Algunas noches ella llegaba agotada del despacho, y él la esperaba desnudo en la habitación. Otras, él volvía de reuniones clandestinas con guerrilleros locales, y ella lo recibía con un vaso de whisky y una sonrisa pícara. No importaba el cansancio. El deseo los devoraba a ambos como una enfermedad que no quisieran curar.
-Vos y yo -dijo él una noche, mientras ella cabalgaba sobre él, con el pelo suelto y los ojos cerrados-. Vamos a cambiar el mundo.
-Ya lo estoy cambiando -respondió ella, mordiéndole el labio inferior.
-Lo vamos a cambiar juntos.
La construcción de la Union de Republicas Socialistas de America Latina y El Caribe (URSALC) no fue un acto de magia. Fue un trabajo de hormiga, de años, de negociaciones agotadoras, de amenazas, de traiciones y de alianzas inesperadas.
Eva convocó a una cumbre secreta en la quinta de Olivos en octubre de 1961. No había periodistas. No había fotógrafos. Solo los hombres y mujeres más poderosos del continente, reunidos alrededor de una mesa de roble que había visto pasar a generales, oligarcas y revolucionarios. El Che estaba a su derecha. William Cokke a su izquierda.
-Señores -dijo Eva, sin preámbulos-. La hora de la independencia ha llegado. No hablo de banderas ni de himnos. Hablo de una unidad económica, militar y cultural que nos haga invencibles. Hablo de una sola moneda para todo el continente. Hablo de un ejército continental que responda a una sola bandera. Hablo de la Unión de Repúblicas Socialistas de América Latina y el Caribe.
El silencio fue absoluto.
Luego, un murmullo. Luego, las primeras objeciones.
-¿Y qué hacemos con los Estados Unidos? -preguntó el representante de México, un hombre de bigote canoso y manos temblorosas-. Nos invaden con la CIA, nos bloquean, nos financian golpes de Estado.
-Los enfrentamos -respondió el Che, con su voz grave y tranquila-. Pero no solos. Juntos. Con una alianza que incluya a Cuba, a Venezuela, a Bolivia. Con una doctrina de defensa común. Si tocan a uno, tocan a todos.
-¿Y los oligarcas de cada país? -intervino el representante de Colombia-. Se van a oponer con todas sus fuerzas.
-Ya los estamos expropiando -dijo Eva, y su sonrisa era de acero-. La reforma agraria en Argentina fue el primer paso. Ahora le toca al resto. Tierra para quien la trabaja. Fábricas para quien las hace funcionar. Bancos nacionalizados. Comercio controlado. ¿Les parece utópico? Tal vez. Pero lo estamos haciendo.
El representante de Brasil, un hombre alto y de manos grandes, golpeó la mesa.
-¿Y el voto? ¿Cada país mantiene su soberanía o es un gobierno central?
El Che tomó la palabra:
-La URSALC tendrá un gobierno central con competencias en defensa, economía y política exterior. Pero cada república mantendrá su propio parlamento, su propia bandera, su propia autonomía en educación, cultura y políticas locales. No es una colonización. Es una federación. Una verdadera unión de iguales.
La discusión duró tres días. Hubo gritos. Hubo puñetazos sobre la mesa. Hubo delegados que se levantaron y amenazaron con irse. Pero Eva y el Che, cada uno con su estilo, fueron tejiendo acuerdos.
Ella usaba la seducción política: elogios, promesas, concesiones calculadas. Él usaba la lógica implacable del revolucionario: datos, proyecciones económicas, mapas estratégicos. Juntos, eran imbatibles.
Al tercer día, el representante de México volvió a la mesa.
-Firmo -dijo-. Pero quiero una cláusula especial para la industria petrolera.
Eva sonrió.
-Te la damos. Con una condición: la ganancia irá al fondo común de desarrollo continental.
-Acepto.
Y así, uno por uno, los países fueron cayendo.
Pero el camino no fue fácil.
El embajador de Estados Unidos en Buenos Aires, un hombre de traje gris y sonrisa de cartón, pidió una audiencia urgente con Evita en enero de 1962. El Che no estaba presente. Eva lo recibió sola, en el despacho de la Rosada, con la cruz de oro brillando sobre su pecho.
-Señora Presidenta -dijo el embajador, con su acento frío y calculador-. Nuestro gobierno ve con preocupación los movimientos que está realizando. Una unión socialista en América Latina no es aceptable. No lo será.
Eva lo miró. No parpadeó.
-Señor embajador -respondió, y su voz era un hielo-. Su gobierno ha intervenido en nuestros países durante más de un siglo. Ha financiado dictaduras, ha masacrado pueblos, ha saqueado nuestros recursos. Ahora nosotros decidimos unirnos. Y no hay bloqueo, ni invasión, ni amenaza que lo impida.
-Habrá consecuencias -dijo el embajador, levantándose.
-Ya las estoy esperando -respondió Eva, sin levantarse.
A la semana siguiente, la CIA intentó un golpe de Estado en Brasil. Fracasó. Los militares brasileños, leales al presidente que había firmado el tratado, arrestaron a los conspiradores. El Che, que había viajado en secreto a Brasilia, coordinó la defensa.
En marzo de 1962, hubo un intento de asesinato contra Evita. Un francotirador desde un edificio vecino a la Rosada. La bala pasó a centímetros de su cabeza. El Che, que estaba junto a ella, la arrojó al suelo y cubrió su cuerpo con el suyo.
-No te van a tocar -susurró él, mientras los guardaespaldas corrían-. Ni un pelo.
Esa noche, en la quinta, se amaron con una ferocidad que era casi violencia. El miedo y el deseo se mezclaron en un solo impulso.
-Nos quieren muertos -dijo ella, mientras él la besaba con desesperación.
-Entonces vivamos más fuerte -respondió él, entrando en ella con una urgencia que no admitía réplica.
En junio de 1963, se firmó el Tratado de Olivos. Fue un documento de 500 páginas, redactado por economistas, juristas y militares de todo el continente. Establecía:
Una moneda única: el peso continental, respaldado por la producción agroindustrial y minera de toda la región.
Un banco central continental: con sede en Buenos Aires, que controlaría las reservas y financiaría proyectos de infraestructura.
Un ejército de defensa común: con cuarteles en cada país, pero bajo una jerarquía única y una doctrina socialista.
Una política exterior unificada: con embajadas comunes en el exterior y un bloque de voto en la ONU.
Un fondo de desarrollo: alimentado por un porcentaje de las ganancias de cada industria nacional, destinado a construir escuelas, hospitales, carreteras y fábricas en las regiones más pobres.
El Che fue el encargado de presentar el tratado ante la Asamblea General de la ONU en septiembre de 1963. Se subió al podio con su boina verde, su barba descuidada y su camisa arremangada. No usó traje. Nunca lo haría.
"Señores delegados -dijo, y su voz resonó en el salón-. Durante siglos, América Latina ha sido el patio trasero del imperio. Durante siglos, hemos sido condenados a la pobreza, al analfabetismo, a la dependencia. Hoy, eso termina. Hoy nace la Unión de Repúblicas Socialistas de América Latina y el Caribe. No es una amenaza. Es una esperanza. Pero si alguien intenta destruirla, encontrarán en nosotros no solo resistencia, sino también la certeza de que estamos dispuestos a morir por nuestra libertad."
El aplauso fue atronador. Pero los Estados Unidos votaron en contra. También Inglaterra, Francia y Alemania. No importó. El tratado se aprobó con el voto de los países no alineados, los países árabes y los africanos. El mundo empezaba a cambiar.
La implementación fue caótica, como todos los grandes procesos.
En los primeros meses, hubo huelgas de la burguesía chilena. Los empresarios declararon un lockout patronal
, negándose a vender sus productos en la nueva moneda. El gobierno de la URSALC respondió con la incautación de fábricas. El Che viajó a Santiago y negoció personalmente con los líderes obreros.
-¿Qué quieren? -preguntó.
-Trabajo digno -respondieron.
-Lo tendrán.
Y lo tuvieron. La URSALC aumentó los salarios mínimos en un 40%, controló los precios de los alimentos, y nacionalizó el cobre. El modelo se repitió en Bolivia con el estaño, en Venezuela con el petróleo, en México con la plata.
En abril de 1964, un grupo de generales peruanos intentó un golpe de Estado. El ejército continental, recién formado, respondió con una operación relámpago. El Che, que se había convertido en comandante en jefe de las fuerzas armadas, lideró personalmente la defensa de Lima. No hubo sangre. Los generales se rindieron y fueron enviados a juicio.
Esa noche, Evita lo esperaba en Olivos. Cuando él llegó, cubierto de polvo y agotado, ella lo abrazó sin preguntas.
-¿Y ahora? -susurró ella.
-Ahora, a construir -respondió él, y la besó.
La cumbre de Caracas, en enero de 1965, fue el momento culminante.
Todos los presidentes de la URSALC se reunieron en el Palacio de Miraflores. Había representantes de los 22 países que la integraban. La bandera de la Unión -un sol rojo sobre un fondo blanco, con una estrella por cada república- presidía la sala.
Eva subió al estrado. Llevaba un vestido rojo, color de revolución. El Che estaba a su lado.
-Hermanos y hermanas de América Latina -dijo, y su voz se quebró apenas, pero se recuperó con fuerza-. Hemos hecho lo imposible. Hemos unido lo que el imperio quiso dividir. Hemos construido lo que los oligarcas llamaron utopía. Y aquí estamos. Firmes. Unidos. Invencibles.
El salón estalló en aplausos. El Che levantó el puño y la multitud lo imitó.
-¡Hasta la victoria siempre! -gritó.
-¡Siempre! -respondió la multitud.
Esa noche, en la suite presidencial de Caracas, Eva y el Che celebraron a su manera. La pasión fue más intensa que nunca. Había en ella una exaltación que no había sentido antes: la euforia del triunfo, la certeza de que habían cambiado el rumbo de la historia.
-Lo logramos -dijo ella, recostada sobre él, con el corazón latiendo aún acelerado.
-Recién empezamos -respondió él, acariciándole el pelo-. Pero el camino está trazado.
-¿Te arrepentís? -preguntó ella, como siempre.
-Me arrepiento de no haber llegado antes -respondió él, como siempre.
Y se besaron, lentamente, sabiendo que ese amor era también parte de la revolución.
Los años siguientes fueron de gloria.
La URSA LC se convirtió en la tercera potencia mundial, después de la Unión Soviética y China, pero con un modelo propio: el socialismo con rostro latinoamericano. No había dictadura del partido único, sino democracia participativa. No había colectivización forzada, sino cooperativas autogestionadas. No había censura, sino educación crítica.
Las escuelas enseñaban en español, portugués, quechua, guaraní y náhuatl. La alfabetización llegó a todos los rincones. Los hospitales se construyeron en las selvas y en los altiplanos. Las carreteras unieron la Patagonia con el norte de México. Los trenes de carga cruzaban los Andes con productos que antes se exportaban en bruto y que ahora se procesaban en el propio continente.
La cultura floreció. El cine, la literatura, la música, la pintura encontraron un mercado continental que las valoraba. El tango, la samba, el bolero, el son cubano y la cumbia se fusionaron en un ritmo nuevo que se bailaba desde el Río Grande hasta Tierra del Fuego.
Y Evita y el Che gobernaron con mano firme pero corazón caliente. A veces discutían. A veces se gritaban. Pero siempre terminaban reconciliándose en la cama, con la intensidad de quien sabe que el amor y la política son la misma cosa cuando se vive con entrega total.
El romance nunca se enfrió. A los diez años seguían deseándose como en la primera noche. A los veinte, él le seguía tocando el pelo mientras ella dormía, y ella seguía despertándolo con besos que recorrían su torso desnudo.
Y cuando el tiempo empezó a pasar factura -canas en la barba de él, arrugas en el rostro de ella-, no importó. Porque el amor que los unía no era el de la juventud, sino el de la historia. El amor que se escribe en los libros, el que se canta en las canciones, el que se recuerda en las escuelas.
El 24 de agosto de 1972, Eva Duarte de Perón y Ernesto Guevara de la Serna cumplieron diez años como Presidente y Vicepresidente de la URSALC. La celebración fue en el estadio Monumental de Buenos Aires, con más de cien mil personas que coreaban sus nombres.
Eva, ya con el cabello plateado y las arrugas marcadas, subió al escenario tomada del brazo del Che, que también había envejecido pero conservaba sus ojos de fuego.
-Hermanos -dijo ella-, estos diez años han sido los más hermosos de mi vida. No solo por la revolución que construimos, sino porque la construí al lado del hombre que más quiero en este mundo.
El Che tomó el micrófono.
-Yo no creía en el amor -dijo, y su voz era ronca-. Creía en la lucha, en la muerte, en la justicia. Pero Eva me enseñó que el amor también es una forma de revolución. Y juntos, hemos hecho posible lo imposible.
La multitud enloqueció.
Esa noche, en la quinta de Olivos, Eva y el Che se miraron a los ojos, como se habían mirado aquella primera vez, once años atrás.
-¿Te arrepentís? -preguntó ella.
-Me arrepiento de no haber llegado antes -respondió él.
Y se besaron. Suavemente. Con la misma ternura con la que se despide el sol antes de que llegue la luna.
Fin

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