Lectura

EL SÓTANO

Por J. S. Vargas Aparicio · Bolivia · Terror

EL SÓTANO
-¿Existen los monstruos, papá?
La niña repetía aquella misma pregunta todas las noches desde que se habían mudado a esa vieja casa de madera. Nun-ca olvidaba hacerla. Era casi un ritual. Esperaba a que las mantas cubrieran su pequeño cuerpo, abrazaba con fuerza el viejo oso de peluche que dormía con ella desde bebé y, solo entonces, levantaba los ojos hacia su padre con una mezcla de esperanza y temor. Quizá buscaba una respuesta. Quizá necesitaba escuchar siempre la misma mentira antes de cerrar los ojos.
Él dejaba el libro sobre la mesa de noche, se sentaba des-pacio al borde de la cama y apartaba con infinita delicadeza algunos mechones del cabello de su hija. La contemplaba unos segundos en silencio, como si intentara memorizar cada rasgo de aquel pequeño rostro antes de que el tiempo tam-bién se lo arrebatara. En aquellas breves pausas había un can-sancio imposible de ocultar. Las profundas ojeras, el temblor casi imperceptible de sus manos y la forma en que evitaba mirar hacia el suelo revelaban a un hombre que llevaba dema-siado tiempo viviendo con miedo. Sin embargo, cuando la niña encontraba sus ojos, él sonreía con una ternura auténti-ca, la sonrisa de un padre que estaba dispuesto a romperse mil veces con tal de que su hija jamás descubriera cuánto él se había quebrado.
-No, hija... los monstruos no existen. La pequeña nunca parecía convencida.
Permanecía inmóvil, observando las viejas tablas del piso, como si pudiera escuchar algo latiendo muy por debajo de la habitación.
-Entonces... ¿quién se ríe debajo de la casa?
Aquella pregunta siempre encontraba al hombre despre-venido, aunque llevara meses escuchándola. Sentía un vacío abrirse lentamente bajo sus costillas. Tragaba saliva con difi-cultad, desviaba la mirada hacia la ventana y permitía que el silencio se prolongara apenas unos segundos más de lo nece-sario. Después respiraba hondo y respondía con aquella sere-nidad cuidadosamente ensayada que solo poseen quienes han repetido la misma mentira cientos de veces.
-Las casas viejas hablan cuando cambia la temperatura. La madera se contrae, las vigas crujen... eso es todo.
La niña bajó aún más la voz.
-No papi... es una mujer. Hace semanas que dice mi nombre.
El hombre sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Se in-clinó, besó la frente de la pequeña y apagó la lámpara. Esperó hasta escuchar el ritmo pausado de su respiración antes de abandonar la habitación. Sin embargo, no descendió las esca-leras de inmediato. Permaneció inmóvil en el pasillo, apo-yando una mano contra la pared para recuperar el aire. Aque-llas palabras siempre le dejaban el pecho oprimido. A veces llegaba a preguntarse cuánto tiempo más lograría sostener aquella mentira.
Bajó lentamente hacia la cocina y preparó una taza de café que nunca terminaba de beber. Era una costumbre absurda. El líquido siempre acababa frío entre sus manos. Tal vez ne-cesitaba sentir su calor para reunir el valor suficiente. Tal vez simplemente necesitaba convencerse de que aún existían co-sas normales dentro de aquella casa. Permaneció varios minu-tos observando el vapor ascender lentamente antes de diri-girse hacia la pesada puerta del sótano.
Cada escalón parecía hundirse bajo su peso con un gemi-do diferente. La madera crujía como si protestara por cada descenso. El aire cambiaba conforme bajaba. Primero desa-parecían los aromas. Después le invadía el olor de la madera húmeda y envejecida. Más abajo solo permanecía una mezcla insoportable de cera derretida y un perfume dulzón, casi en-fermizo, semejante al de las flores abandonadas durante de-masiado tiempo sobre una tumba. Había algo más. Un olor orgánico. Tibio. Familiar. Un aroma que despertaba recuer-dos imposibles de nombrar y que, por alguna razón, le revol-vía el estómago con una culpa que jamás conseguía explicar.
El sótano era desproporcionadamente grande para una casa como aquella. Ninguna construcción debía esconder un espacio semejante bajo sus cimientos. Del techo descendían cientos de viejos ganchos de hierro unidos por cadenas en-negrecidas, y de cada uno colgaba una máscara funeraria. Eran demasiado perfectas. Ninguna mano humana podía esculpir con semejante precisión el relieve de una arruga, la transparencia de unos párpados o la delicada curvatura de unos labios dormidos. A veces, cuando el temblor de la lám-para las iluminaba desde cierto ángulo, el hombre juraba dis-tinguir pequeños poros sobre la superficie. O pestañas. Una incluso parecía conservar un diminuto lunar junto al labio superior.
Procuraba no demorarse demasiado frente a aquellas más-caras. Juraría que algunos rostros no ocupaban el mismo lu-gar que la noche anterior. A veces una boca parecía haberse cerrado un poco más, un párpado mostraba una arruga nueva o una expresión de angustia se transformaba en una tenue mueca de alivio. Nunca permanecía el tiempo suficiente para comprobarlo.
Tampoco quería hacerlo.
Al fondo, donde la luz apenas conseguía sobrevivir, aguardaba aquella presencia. Resultaba imposible decidir qué era exactamente. Desde ciertos ángulos parecía la silueta en-corvada de una anciana consumida por siglos de sufrimiento; un instante después, las proporciones de su cuerpo dejaban de tener sentido y la figura adquiría una anatomía impropia de cualquier ser nacido bajo este mundo. El velo rojo oculta-ba parte de un rostro que nunca terminaba de mostrarse por completo, como si la oscuridad colaborara con ella para es-conder aquello que la razón humana no debía contemplar. Bajo la tela asomaba una sonrisa imposible, demasiado am-plia para pertenecer a un rostro humano, una hilera intermi-nable de dientes desiguales que parecían crecer unos sobre otros, mientras unos ojos de un rojo enfermizo brillaban con la serenidad de quien ha esperado una eternidad sin conocer el cansancio. Sus dedos, largos y descarnados, permanecían unidos en una eterna oración, aunque las uñas negras, curvas como pequeños garfios, hacían pensar más en un depredador conteniendo el impulso de desgarrar.
Y, sin embargo, lo verdaderamente insoportable no era su aspecto, sino la sensación de familiaridad que despertaba. Cada vez que el hombre descendía aquellas escaleras, una par-te de su memoria insistía en convencerlo de que ya había con-templado ese rostro antes, en otro tiempo, bajo otra luz, con otra sonrisa... una infinitamente más humana.
Con manos temblorosas abrió el maletín que llevaba con-sigo y extrajo una nueva máscara. Representaba el rostro se-reno de una mujer joven. Los ojos permanecían cerrados. Los labios esbozaban una paz melancólica. Parecía dormir. O recordar un sueño del que jamás despertaría.
La criatura recibió aquella nueva ofrenda sin pronunciar palabra. Permaneció inmóvil durante un largo instante, como si el tiempo hubiese dejado de transcurrir dentro del sótano. Luego levantó lentamente una de sus manos. Los dedos, del-gados y deformes, acariciaron el rostro de cera con una deli-cadeza casi insoportable, un gesto que desentonaba por completo con aquella anatomía monstruosa. Era una caricia cargada de una intimidad imposible de explicar.
Podía ser la mano de una madre rozando la mejilla de un hijo después de una larga ausencia. Podía ser una mujer reen-contrándose con alguien a quien creyó perdido hacía siglos. O quizá era algo todavía más perturbador: alguien recono-ciendo su propio rostro después de haber olvidado por completo cómo había sido.
El hombre sintió que las piernas comenzaban a ceder bajo su peso y comprendió que, una vez más, había cometido el error de quedarse observando demasiado tiempo. Ya no es-taba seguro de por qué fabricaba aquellas máscaras. Ni recor-daba cuándo había comenzado a hacerlo. Algunas noches juraba haber aprendido aquel oficio; otras despertaba con-vencido de que había sido aquella criatura quien, paciente-mente, le había enseñado a moldear cada facción con una precisión casi obsesiva. Incluso existían mañanas en las que estaba seguro de que todas aquellas máscaras ya colgaban de los ganchos mucho antes de que él llegara a vivir en aquella casa y que, en realidad, llevaba toda la vida descendiendo hasta ese sótano sin recordar jamás la primera vez. Poco a poco comprendía que la memoria no era un refugio, sino otro cuarto de aquella vivienda, igual de oscuro, igual de hú-medo y traicionero.
-Cumpliré lo pactado... -susurró finalmente con la voz quebrada, incapaz de sostener por más tiempo el fulgor en-fermizo de aquellos ojos rojizos-. Pero, por favor... deja en paz a mi niña.
La criatura no respondió. Nunca lo hacía. Permanecía in-móvil con aquella sonrisa imposible que parecía abrirse ape-nas un poco más cada noche, hasta el punto de que el hom-bre ya no sabía si aquello era una muestra de gratitud, de aceptación o de una compasión retorcida que escapaba por completo a la comprensión humana. Tal vez simplemente había olvidado cómo dejar de sonreír. Tal vez aquella expre-sión no era una sonrisa en absoluto y solo los hombres insis-tían en interpretarla de ese modo.
Cuando reunió el valor para volver a levantar la vista, la máscara ya no descansaba entre las manos de ese ser. Colgaba de uno de los ganchos oxidados, balanceándose lentamente entre decenas de rostros silenciosos que parecían seguir cada uno de sus movimientos.
Entre aquella multitud de caras inmóviles distinguió una demasiado familiar. Era el rostro de su esposa... o quizá solo se parecía al de ella. Hacía tanto tiempo que intentaba recor-darla sin éxito que ya desconfiaba de sus propios recuerdos. Conservaba una vieja fotografía donde ambos aparecían abrazados frente a aquella misma casa, sonriendo bajo la luz de un verano ya inexistente. Sin embargo, cada vez que diri-gía la mirada hacia el rostro de la mujer encontraba única-mente una superficie blanquecina, una ausencia imposible, como si alguien hubiera borrado sus facciones con infinita paciencia. Quizá la humedad había devorado la imagen. Qui-zá el paso de los años. O quizá aquella fotografía siempre ha-bía sido así y era su memoria la que insistía en completar un rostro que jamás estuvo allí.
Cerró la puerta del sótano con manos temblorosas y, al darse la vuelta, encontró a la niña descalza esperándolo en mitad del pasillo. Frotaba sus pequeños ojos con una mano mientras abrazaba con fuerza su viejo oso de peluche, todavía adormecida. El hombre dio un respingo y la estrechó contra su pecho con una desesperación que ni siquiera intentó ocul-tar, como si temiera que también ella pudiera desaparecer entre sus brazos.
La pequeña permaneció unos segundos en silencio antes de levantar la vista y preguntar con absoluta inocencia: -¿Con quién hablas todas las noches? Él sintió que el aire abandonaba sus pulmones. No respondió de inmediato. Solo la abrazó con más fuerza, apoyando la frente sobre su cabello mientras murmuraba un débil: -Con nadie. La niña cerró lentamente los ojos, vencida otra vez por el sueño. Justo an-tes de quedarse dormida, con esa naturalidad con la que los niños pronuncian las frases que ningún adulto está preparado para escuchar, murmuró casi en un suspiro:
-Qué raro... pensé que mi mamá... había regresado.

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