Pero hay cosas de las que no cabe burlarse; resulta increíble por la seriedad y trascendencia que conllevan. Como no llueve -no llueve en meses-, ya no sabemos cuál es el olor del petricor, ni recordamos los charcos que burbujeaban alegremente ni la visión de los pájaros bañándose en esas aguas.
Cuando crees que va a llover durante unas horas, el tiempo nos engaña: el suelo se seca y nos deja el sabor de que no es bastante lo que ha pasado. Y un día, de golpe, por falta de entrenamiento, el cielo se nubla desacompasadamente y cae lluvia y granizo del tamaño de huevos que nos destroza la cosecha. Vamos dejando de sonreír porque estábamos hechos a días de lluvias potentes que llenaban los riachuelos -porque lo nuestro no llega para afluente y mucho menos para río-, y esas lluvias de ahora no saben el camino ni el día adecuado para ponerse en situación.
Bajo el indiferente azul del cielo queda la esperanza de un chaparrón, un chubasco, un minidiluvio o, al menos, un sirimiri; tanto si son las aguas mil del mes de abril como las aguas de mayo. Porque la verdad es que, aun cuando llueve, nunca llueve a gusto de todos.
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