Había ganado una residencia literaria de un mes. Yo, feliz. Hasta que me enteré de que compartía techo con Francisco de Quevedo, o mejor dicho, con su fantasma. No era un espectro cualquiera. Este escribía décimas mordaces en los espejos, olía a tinta seca y pronunciaba insultos que ya no se usan. Me llamaba "poetisa con WiFi" y me corregía los adjetivos con anotaciones fantasmas en mis documentos de Word.
-No abuses de la metáfora, niña -me dijo una noche en que me sorprendió rimando "alma" con "calma"-. Eso ya lo hacía Lope, y mira cómo terminó...
La Torre parecía divertirlo. Desde la muerte, al parecer, había asistido a siglos de decadencia con el mismo ojo crítico con que se burló de Góngora. Se carcajeaba de los políticos, de los tiktokers, de los escritores que se autopublicaban trilogías de vampiros románticos.
-Erase un 'post' a una ignorancia pegado -recitó una madrugada-, erase un verso a un algoritmo vendido...
Yo, entre susto y risa, comencé a hablarle. Leía en voz alta, le mostraba mis borradores, y él me respondía desde las sombras, como si un eco barroco se hubiera instalado en mi teclado.
-¿Por qué me hablas? -le pregunté una noche.
-Porque eres la primera que escribe desde las entrañas y no desde las redes. Y porque la poesía, cuando no la entierran viva, aún puede reencarnarse.
Aquel mes fue un diálogo entre siglos. Él, dictándome sátiras contra la idiotez moderna. Yo, enseñándole a usar el corrector ortográfico ("Una blasfemia", gritó al descubrirlo). Me hablaba de la muerte como de una vieja amante, del desengaño como un vino añejo que se bebe solo.
Antes de irme, dejé una hoja manuscrita sobre la mesa de roble, con mi firma y la suya. Era un poema compartido, mitad siglo XVII, mitad XXI:
Erase un verso en apuros, ?pegado a un tuit sin sentido, ?y un poeta confundido ?entre emojis y conjuros.
Me fui en silencio, sintiendo que no me iba sola.
Semanas después, supe que la beca incluía un obsequio: una réplica del tintero de Quevedo en cerámica talaveriana. Al abrir la caja, un papel doblado cayó al suelo.
Decía: "Para que no digas que no firmaste con uno de los grandes. F.Q.Q."
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