Durante mucho tiempo creyó que el problema era ella.
No entendía por qué, estando rodeada de personas, podía sentirse tan sola. Por qué algunas conversaciones le dejaban un cansancio que no sabía explicar. Por qué había lugares donde entraba sonriendo y salía con la sensación de haber dejado una parte de sí misma detrás.
Se acostumbró a pensar que debía esforzarse más.
Ser más paciente.
Hablar menos.
Comprender más.
Callar aquello que dolía para no incomodar a nadie.
Y así pasó años intentando encajar en espacios que nunca habían sido hechos para ella.
Una madrugada, frente a la ventana, comprendió algo que le cambió la manera de mirar su propia vida.
Quizás no estaba rota.
Quizás simplemente estaba en el lugar incorrecto.
La idea llegó sin ruido, como llegan algunas verdades: después de haberlas negado durante demasiado tiempo.
Recordó todas las veces que había pedido permiso para ser quien era. Todas las veces que había disminuido sus sueños para que otros no se sintieran incómodos. Todas las veces que había aceptado migajas de cariño llamándolas amor, y silencios disfrazados de paz.
Entonces lloró.
Pero aquella vez no lloró por tristeza.
Lloró por la mujer que había sido y por todo el tiempo que había pasado tratando de convencerla de que no merecía más.
Al amanecer salió de aquella casa.
No llevaba grandes certezas. No sabía exactamente hacia dónde iba. Solo llevaba consigo una pequeña valija, sus recuerdos y una decisión.
No volvería a quedarse donde tuviera que desaparecer para poder pertenecer.
Caminó sin mirar atrás.
Y mientras el cielo comenzaba a encenderse, entendió que algunas puertas que se cierran no son pérdidas.
Son caminos.
Porque a veces la vida no nos está diciendo que somos insuficientes.
Nos está susurrando, casi con ternura:
"Aquí no. Este no es tu lugar."
Y por primera vez, en vez de sentirse perdida, sonrió.
Había encontrado el camino de regreso a sí misma.
Norma Beatriz Castillo Río Grande, Argentina.
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