Con el tiempo comprendí que hay preguntas que no se hacen con palabras. Se hacen con una mirada perdida, con un mensaje que llega de madrugada, cuando la casa está en silencio y todos parecen dormir, pero dentro de uno hay un mundo que no encuentra descanso.
Es ese mensaje que se escribe, se borra y vuelve a escribirse muchas veces antes de atreverse a enviarlo. Un simple ¿estás despierto? que, en realidad, significa: Necesito que alguien me escuche. Un "no puedo dormir, que esconde un corazón cansado de pensar, de recordar, de sostener aquello que durante el día se disimula detrás de una sonrisa.
Yo también conozco esas madrugadas.
He mirado el techo mientras las horas pasaban lentamente, preguntándome por qué algunas ausencias pesan más cuando nadie habla. He abrazado mis propias dudas y aprendido a convivir con silencios que nadie veía.
Por eso, cuando alguien me escribe a esas horas, intento no responder con un automático todo estará bien. Sé que a veces esas palabras no alcanzan.
Pregunto: ¿Qué te pasa?. Y espero.
Porque quizá esa persona no necesita una solución. Quizá solamente necesita saber que, en medio de una noche demasiado larga, alguien decidió quedarse al otro lado de la pantalla.
La vida me enseñó que hay dolores que no necesitan consejos, sino compañía. Hay lágrimas que no piden explicaciones, sino un hombro donde caer. Y hay silencios que, cuando son compartidos, dejan de sentirse tan solos.
Responder no es solamente hablar.
Es estar. Es sostener una mano cuando tiembla. Es escuchar aquello que cuesta decir. Es recordar un nombre, una tristeza, una ausencia. Es decir "cuenta conmigo" y demostrarlo cuando llegan los días difíciles.
Hoy sé que quizá no podamos salvar a alguien de todas sus heridas.
Pero podemos evitar que las atraviese en soledad.
Porque algunas veces, un mensaje respondido a tiempo no cambia la noche:la, cambia lo que una persona cree que vale su vida dentro de ella.
Norma Beatriz Castillo.
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