Lectura

El nombre del marginado.

Por Norma Beatriz Castillo · Argentina · Otros

El nombre del marginado.
El nombre del marginado
Durante años, en el pueblo, nadie pronunciaba su nombre.
Lo llamaban el marginado, como si aquella palabra pudiera explicar toda su existencia. Vivía en una pequeña casa al borde del bosque, lejos de las miradas y de las conversaciones. Caminaba con la cabeza baja y vestía siempre el mismo abrigo gris, incluso cuando llegaba la primavera.
Nadie sabía por qué había elegido apartarse.
O quizá nadie se había detenido a preguntárselo.
Una mañana, después de una tormenta, encontró frente a su puerta una caja de madera. No tenía cerradura ni remitente. Dentro había una vieja fotografía y un papel amarillento.
En la fotografía aparecía un niño sonriente, de ojos enormes, sosteniendo una cometa.
Él reconoció aquellos ojos.
Debajo de la imagen había una frase:
"Antes de que otros te pusieran un nombre, tú ya sabías quién eras."
Sintió un estremecimiento.
Durante mucho tiempo había creído que convertirse en el marginado había sido su destino. Pero aquella fotografía abrió una puerta que llevaba décadas cerrada.
Comenzó a recordar.
Recordó que de niño quería pintar las paredes del pueblo con colores. Recordó que soñaba con construir un lugar donde nadie se sintiera solo. Recordó también el día en que se burlaron de él por ser diferente. Después vinieron las palabras, las burlas, el rechazo... hasta que terminó creyendo aquello que los demás decían.
Aquella noche encendió una lámpara y se miró largamente en el espejo.
Por primera vez no vio al marginado.
Vio al niño de la cometa.
Al día siguiente se quitó el abrigo gris y salió.
Caminó hacia el pueblo mientras el sol nacía detrás de las montañas. Algunos lo miraron con sorpresa. Otros apartaron los ojos.
Él siguió caminando.
Llegó hasta la plaza y, con una tiza que llevaba en el bolsillo, comenzó a dibujar una enorme cometa sobre las piedras.
Un niño se acercó.
-¿Qué dibujas?
Él sonrió.
-Mi nombre.
El niño frunció el ceño.
-Pero eso no es un nombre.
Entonces comprendió que había llegado el momento de decirlo.
-Me llamo Elías.
Pronunciarlo fue como recuperar una parte de sí mismo.
Poco a poco, otros niños se acercaron. Después algunos adultos. Nadie sabía qué decir.
Elías levantó la mirada y comprendió algo que jamás había descubierto: no necesitaba que el pueblo cambiara para comenzar a cambiar él.
Y mientras terminaba de pintar aquella cometa, entendió que transformarse no significaba convertirse en alguien diferente.
Significaba volver a ser quien uno había olvidado.
Desde aquel día, nadie volvió a llamarlo el marginado.
Y si alguna vez alguien preguntaba quién había sido aquel hombre que vivía al borde del bosque, los más ancianos respondían:
-Fue alguien que un día perdió su nombre... y tuvo el valor de volver a encontrarlo.
Norma Beatriz Castillo.

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