Norma Beatriz Castillo.
Cuando Juan Luna murió, nadie lloró durante los primeros cinco minutos.
No porque no lo quisieran, sino porque todos estaban esperando la lectura del testamento. La familia se acomodó alrededor de la mesa con una solemnidad digna de una película... aunque la tía Marta había llevado bizcochitos "por si se hacía largo".
El abogado carraspeó y comenzó:
-A mi primo Ernesto le dejo mi reloj.
Ernesto sonrió.
-A mi hermana Marta, la casa de la playa.
Marta dejó caer el bizcochito.
-Y a todos ustedes -continuó el abogado- les dejo una última enseñanza: aprendan a disfrutar la vida antes de esperar mi muerte para repartirse mis cosas.
Silencio.
Entonces apareció una segunda hoja.
-Ah, y una aclaración: el dinero está enterrado en el jardín.
Todos salieron corriendo.
El abogado sonrió.
-Era mentira. Pero funcionó.
Desde entonces, la familia Luna entendió algo importante: a veces necesitamos perder la razón para descubrir cuánto nos estaba haciendo falta.
Y Juan, desde donde estuviera, seguramente se estaba riendo.
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