-¿Se murió? ¿Ya se nos fue? ¡Contesten, chingada madre!
El grito rebota contra el tapiz del Impala negro. No, esto no es el inicio de una película de Tarantino, aunque la cuota de sangre y roña es casi la misma. Es solo un intento desesperado de escape. Conduce una mujer, hundiendo el acelerador con una rabia que parece más vieja que ella.
El niño tembloroso junto a mí le dice Capitana América. Supongo que se lo ganó por el escudo descolorido que lleva tatuado en el muslo. Acostado en el asiento trasero hay otro escuincle, un tal Greñas. Se vacía por un par de tajos de navaja en el abdomen. De no ser por ella, que apareció de repente repartiendo golpes con la furia sorda de quien ya lo perdió todo, ahí mismo lo reventaban. Miro su sangre y trato de recordar en qué momento exacto todo se fue a la mierda.
La respuesta es simple: anoche.
Me llamo Etgar. Hace unas horas yo era un tipo normal en la fiesta de cumpleaños de mi mejor amiga, Laura Cristel. Todo fluía bajo la anestesia indicada: humo denso, cerveza helada y el trap de Flow Clandestino reventando las bocinas. El ecosistema perfecto hasta que descubrimos, en lo oscuro de una esquina, a Dolores fajando con Eduardo. El clásico choque de trenes: Dolores, mi exnovia; Eduardo, el novio de Laura Cristel.
Un compás de espera.
Mi amiga no gritó.
Caminó hacia él, acortó la distancia hasta pegarse a su cuerpo y le estrujó los huevos con tanta fuerza que lo mandó de rodillas, boqueando. Le escupió que jamás volviera a dirigirle la palabra y, antes de dar media vuelta, me ordenó hacer lo mismo con Dolores.
Intenté razonar con esa tibieza que siempre me ha caracterizado; le recordé que ya no éramos nada, pero a ella no le importó. Con los ojos inyectados en sangre, replicó que se lo merecía por puta.
Nos largamos de ahí con la dignidad hecha pedazos.
Caminamos mudos por las banquetas rotas, tragándonos la humedad asfixiante de San Juan Bautista. Llegamos a su casa, cerró la puerta y el silencio se quebró. Sus ojos se clavaron en mí con una mezcla de asco y despecho. "Quédate esta noche, cógeme y después me abrazas", sentenció. Fue un sexo triste, mecánico. Ella quería borrar a Eduardo y yo no sabía muy bien qué hacía ahí.
A la mañana siguiente huí. Me cambié rápido, sin hacer ruido. Me sentía un fraude absoluto, un mueble más en su tragedia. Caminé desorientado, arrastrando una cruda moral que me pesaba más que el cuerpo, sin saber muy bien hacia dónde iba, hasta que llegué a las afueras de una vecindad con las paredes descarapeladas.
Ahí, cinco cabrones acorralaban al Greñas.
Lo siguiente fue una coreografía del absurdo: un niño se mete corriendo a uno de los cuartos y reaparece escudándose detrás de una mujer. Viste solo playera y pantaletas, pero pelea como si llevara armadura. Se lanza contra los cinco. No es karate, es puro instinto callejero: muerde, araña, rompe bocas. Acaba con la ropa hecha jirones y la piel llena de heridas, pero los deja tirados el tiempo suficiente para levantar al Greñas y arrastrarlo hacia el Impala negro. Me mira, los ojos hundidos como pozos, y me grita que abra la jodida puerta. Y yo, por cobardía o inercia, obedezco.
El motor ruge. El amigo del Greñas y yo terminamos atrás. Nos manchamos las manos con la sangre del moribundo. A través del cristal trasero veo a los cinco bastardos subiendo a una camioneta roja. El niño chilla que nos siguen. Ella le responde que ya sabe, justo una fracción de segundo antes de que el mocoso suelte aterrado que traen una fusca.
El primer disparo nos revienta los tímpanos. El cristal trasero estalla en mil pedazos. El niño berrea. Viene otro tiro. Dudo entre hacerme el héroe taponando las heridas del Greñas o tirarme al piso para salvar mi propio pellejo. Elijo lo segundo sin pensarlo demasiado, mientras la mujer nos vocifera por encima del ruido que aguantemos, que ya casi llegamos.
En medio de esta locura, limpiándose compulsivamente la sangre contra el pantalón, el niño me da el resumen de la pesadilla: nos están cazando por un puto espejo lateral. El Greñas se lo había arrancado a la camioneta del Gordo para venderlo por unos pesos. Su madre llevaba semanas sin jale y en su casa había una hermanita que todavía pedía leche antes de dormir. Eso dice. Quizá exagera. A esa edad uno aprende pronto a adornar la miseria para que los adultos no aparten la mirada. Trago saliva y me sabe a cobre.
Dos balazos más perforan la cajuela.
Las llantas de la camioneta roja chillan al tomar una curva.
Por eso estaban vaciándole las tripas a un chamaco sobre la banqueta. No por el dinero, sino porque el Gordo necesitaba que todo el barrio supiera quién tenía derecho a robar y quién no. Señalo a la mujer. El niño niega con la cabeza antes de que termine la pregunta. No es su madre ni su hermana ni su tía. Ni siquiera sabe bien de qué trabaja. En la vecindad dicen muchas cosas de ella, casi todas mentiras.
Miro el escudo descolorido de su muslo mientras cambia de carril y esquiva un bache sin reducir la velocidad. Capitana América, pienso. No por el tatuaje, sino por esa forma imbécil de meterse en guerras ajenas como si todavía quedara algo que salvar.
Damos una vuelta policiaca frente al hospital y el Impala frena derrapando en la entrada de urgencias. La mujer nos ordena meter al Greñas. Mientras un par de enfermeros aterrorizados lo arrastran hacia el interior, la camioneta roja frena en seco detrás de nosotros. El bulevar entero parece entrar en pausa; los pocos transeúntes se quedan petrificados en el concreto, a la espera del matadero.
De la camioneta baja el Gordo. Sostiene el arma con las manos temblando. Ella no corre. Se planta firme, aprieta los puños y da un paso al frente. El Gordo le apunta al pecho y jala el gatillo. Clic. Jala dos veces más. Clic, clic. Vacía.
Brama de frustración, avienta el fierro inútil al pavimento y saca un cuchillo de cacería. Encorva los hombros, listo para destriparla, y sus compañeros lo imitan. Sacan filos de entre la ropa.
Ella voltea a verme por una fracción de segundo y me guiña un ojo. Es un gesto tan fuera de lugar que me desconcierta. Por alguna razón, me quedo mirándola un segundo. Acto seguido, se arranca los últimos jirones ensangrentados de la playera y, con las tetas al aire, se abalanza contra ellos lanzando un aullido.
Pasmado un instante, lo entiendo de golpe: mi vida entera ha sido una sucesión de huidas, de mañanas cobardes y amores prestados. Suspiro. Me arremango la camisa manchada de sangre y corro detrás de ella.
Mi primer golpe va directo a la quijada del Gordo.
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