Es increíble cómo la Iglesia transformó ese concepto casi en un insulto, como si la libre elección de una idea distinta al dogma fuera algo monstruoso, cuando, por el contrario, es lo inteligente, noble y loable. Mi más íntimo minuto de silencio para todos los "herejes" que murieron en el ejercicio de su libre pensamiento: no van a tener un altar, ni un muñeco de escayola que les represente, ni fiestas patronales, pero su categoría y honor van más allá de todo eso, libres en toda la rotundidad de la palabra.
Cuando a alumnos que tuve, enseñándoles griego algún verano para hacerles aprobar la asignatura que traían atragantada, les oía decir que para qué servía el griego, la respuesta está en el uso endiablado de palabras que, de otro modo, nunca sabrían qué quieren decir ni la fuerza con la que lo dicen.
Hairetikós. Ojalá hubiera miles de millones de esos por todo el mundo.
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