La bicicleta lo esperaba en el corral. Una Niagara vieja de cuadro de acero, sin cambios, con un parche en la llanta trasera. La infló con la bomba antigua de hechar aire, aguantando la manguera para que el aire no se escapara.
Antes de salir, bajó a la cocina. Yadira estaba de pie, bebiendo café aguado. Le puso una bolsa de tela en la mano y lo besó en la frente.
Yadira: "El dinero, mijo. No se te pierdan. Y no te demores. El sol quema."
Cristian: "Tranquila. En dos horas estoy de vuelta."
Empujó la bicicleta por la puerta. En el patio, Felipe aceitaba las ruedas del carretón. Lo miró de reojo. Miró la bicicleta. Miró el bolsillo de Cristian. No dijo nada. Solo volvió a su caballo.
Cristian montó y empezó a pedalear.
Los primeros 3 kilómetros eran fáciles. Calles de tierra, el rocío aún fresco en la hierba. Pero pronto llegó la carretera principal. Asfalto roto, baches profundos, grietas. El sol comenzó a picar.
El viento no refrescaba. Movía el calor.
Los 28 kilómetros eran una losa de plomo.
A los 15 kilómetros, las piernas le ardían. El sillín se le clavaba. Los pulmones le pedían aire, pero el polvo de los camiones se lo negaba. Un grupo de campesinos lo vio pasar a la sombra de un almendro. Uno le gritó: "¡Asere, cuida la bicicleta que el sol te va a derretir las gomas!"
Cristian levantó una mano. Siguió.
Llegó a la reja de metal de sus abuelos casi dos horas después. La camiseta se le pegaba al pecho. El sudor le corría por las piernas.
Caridad salió a recibirlo con un pomo de agua y una bata de flores.
Caridad: "¡Ay, hijo! ¡Parece que viniste de una guerra! Pasa, pasa."
La casa de Rolando y Caridad tenía techo alto, azulejos limpios y un ventilador de techo que giraba lento. El contraste con el humo de su casa era como pasar del infierno al cielo. Cristian bebió el agua de un trago.
Rolando, sentado en su butaca de mimbre, bajó el periódico.
Rolando: "¿Y tu no podías venir en botella? 28 kilometros en bicicleta. Verdad que el dinero hace maravillas.
Caridad: "Déjalo, Rolando."
Cristian: Abuelo el transporte está malo y los riquimbili cuestan casi mil pesos para acá y mil para allá.
Cristian metió la mano en el bolsillo y saco la bolsa que le dió su mamá para guardar el dinero. Se la tendió a su abuela.
Cristian: "Mi papá me mandó dinero. Pero mi mamá necesita la mitad para carbón y aceite. El dólar hoy está a 600. Un saco cuesta 1.500, el aceite 1.850. Necesito que me cambie 40 dólares a pesos."
Caridad asintió con la cabeza. Miró a Rolando, que dobló las gafas y guardó silencio. Sabía que Mario odiaba que su dinero tocara las manos de Yadira. Pero Caridad también conocía el esfuerzo de su exnuera, esa mujer que se deslomaba trabajando y que su nieto, aquel chico sudoroso y de pelo rizado, no mentía.
Caridad: "Ay, hijo. Tu papá te manda esto para que seas feliz. Pero... ¿qué voy a hacer yo?"
Metió la mano en su cartera. "Mira, te cambio 40 dólares. Son 24.000 pesos. Con eso tienes carbón, aceite y hasta arroz. Los otros 35 dólares guárdalos para tus zapatillas. No se lo digas a tu mamá. Pero tenlos. Que tú también necesitas cosas."
Cristian sintió un nudo en la garganta. Guardó el dinero en pesos en una bolsa, y los 35 dólares en el sobre.
Rolando (la voz grave): "¿Tu padrastro te pidió que vinieras?"
Cristian: "No, abuelo. Fue mi mamá."
Rolando: "Ese Felipe es un necio. Pero tiene razón: no dependas de ese dinero. Tu padre está lejos. Cuando él falle, ¿quién te va a dar las zapatillas?"
Las palabras del abuelo se quedaron clavadas en su pecho cuando salió por la puerta. El viaje de vuelta fue peor. El mediodía caía como una maza. Pedaleó sin parar, con la boca seca, las piernas temblorosas. El dinero le apretaba el bolsillo como una culpa.
Llegó a su casa justo cuando el sol se ocultaba. Yadira estaba en el patio, mirando el saco vacío con los brazos cruzados. Al verlo, sus ojos se iluminaron.
Yadira: "¿Conseguiste?"
Cristian (sacando el dinero): "La abuela me cambió 40 dólares. Vamos a poder comprar carbón y aceite, mamá."
Le entregó el dinero. Luego, bajando la voz, añadió:
Cristian: "Toma. Para que no tengas que pedirle más a mi papá."
Yadira lo abrazó. Su abrazo olió a jabón, a polvo y a humo. Por encima de su hombro, Cristian vio a Felipe parado en la puerta de la cocina. El padrastro lo miró, miró el dinero en la mano de Yadira, y desvió la mirada. No dijo nada.
Pero por primera vez, su mirada no era de desprecio. Era de algo parecido a la rendición de un orgullo mal entendido.
Esa noche, cuando el apagón cayó sobre el pueblo, el fogón volvió a rugir con carbón nuevo. El humo, otra vez, llenó la cocina. Pero esta vez, Cristian no sintió que lo ahogara.
Sintió que era suyo.
¡Me encanta esta historia!
Gracias por compartirla. Saludos.