Llenar renglones con palabras desmemoriadas y construir poemas, con rimas que se muevan al compás de notas destartaladas, difíciles de entender. Quien pueda interpretar lo que escribo, es porque no me conoce, porque si así fuera, enseguida me llamaría para pedir la explicación del por qué me atreví a escribir tan raro.
¿Si ven? Ni yo mismo me entiendo y tal vez eso es lo que quiero. Dejar de lado la escritura engalanada y los adjetivos floridos, para que pasen campantes y engreídos los párrafos negros y las ideas extrañas. Quiero que el hippie me vea como uno de ellos y que mis hijos pregunten preocupados: ¿Qué pasó con mi padre? Pensarán que tal vez estoy delirando con síntomas de estar enfermo o tal vez deschavetado.
Quise hacerlo y lo acabo de hacer. Me he atrevido a irrespetar el orden de las normas de la sana escritura, armando un galimatías que, aunque no se entienda, sí debe llevar pegado el instinto y tener algún sentido.
La lluvia está tibia, el invierno deja su estela de calor y el verano cala los huesos, mientras el otoño llena los árboles de flores que nunca se caen y que muy poca belleza dejan ver.
Los caminos pedregosos son una delicia, las llanuras lesionan los pies y las montañas se aplanan para que los copetones pasen pisando en lugar de volar.
Y yo aquí "pendejeando" y riéndome solo, imaginando lo que cada uno de ustedes va a pensar y calculando cuántos me darán una pela y cuántos, por el contrario, disfrutarán de esta lectura.
En todo caso, escribí sobre nada. Ese era el objetivo de hoy.
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