A ver no es que yo sea cotilla, ni mucho menos, simplemente que estaba sufriendo un horrible dolor estomacal y lo que menos deseaba era escuchar ese sonido molesto. Yo solo quería vivir en paz mi sufrimiento.
Intenté llamar su atención con un ligero sonido de mi garganta. Sin embargo, fracasé magistralmente. El ruido continuó, incluso más fuerte.
Respiré profundo y conté mentalmente hasta cinco. La regla era hasta veinte, pero solo llegué al cinco. Un retorcijón hizo que me olvidara los números y empeoró con el sonido craqueante.
-Hola -dije en cuánto pude.
Mi vecina no respondió. Se quedó callada y el silencio esperado invadió el baño. Otro retorcijón y yo jadeé. Apenas terminó volvió el ruido. ¡Maldita sea!
-Hola -volví a decir y armándome de la máxima paciencia añadí-: ¿Qué estás haciendo?
Mi compañera carraspeó y el sonido de una bolsa plástica apareció en escena.
-¿Yo? -preguntó incómoda.
Debo admitirlo, no es precisamente normal establecer conversaciones en el baño y menos cuando se está usando.
-¿Hay alguien más aquí?
-No lo sé. Hmm... ¿Por qué me hablas?
-¿Por qué haces tanto ruido?
Silencio. Ella suspiró y dijo algo entre dientes.
-No soy yo -dijo después de un rato.
Yo volví a sufrir un espasmo de dolor y me agarré la tripa. Después razoné sobre lo dicho. Siendo sincera no había contemplado esa posibilidad.
-¿Cómo que no? Yo lo escucho a ese lado.
-Y yo del tuyo -dijo ella con la voz ligeramente más baja.
Me quedé pensando. Se escuchó una cremallera abriéndose y ella rebuscando posiblemente en su bolso. Murmuró una maldición.
-Ay, no. Yo.-. ¡No... él se fue!
Había un tono de urgencia en su voz y yo me tensé.
-¿Estamos solas? -pregunté y mi voz pareció chocar con las paredes vacías. Nadie contestó.
-Esto no me está gustando -murmuré
Quise apresurar a mi intestino. Sin embargo, otro dolor agudo me aseguró que estaría unos minutos más. Mientras tanto, mi compañera tiraba de la cadena. Escuché como se acercó a la puerta y quitó el pestillo.
-¿Crees que sea seguro? -preguntó titubeante.
Yo no estaba segura, tragué varias veces saliva y me convencí de que estaba actuando como paranoica. No había nada en el baño. Solo nosotras.
-¿Por qué no lo sería?
-Por... por... ese ruido, el de tus... tus nueces.
Yo suspiré. Había gente bastante tonta en la vida. No había nadie afuera y así lo dije.
-Espero que tengas razón -murmuró.
Escuché como su puerta se entreabría, el chirrido que emitió me heló la sangre. Culpé a mi enfermedad y me permití temblar.
No pasaron ni dos segundos cuando la puerta volvió a cerrarse.
-¡Ay dios mío! -exclamó mi compañera.
Yo me puse alerta y hasta olvidé mi dolor. Su voz estaba cargada de desesperación y todos mis vellos se pusieron en punta.
-¿Qué pasa? ¿Qué viste?
-No, no otra vez. Ya... ya... lo había perdido.
-¿Perdido qué? ¿Qué...?
La puerta de al lado se estrelló y mi compañera no alcanzó a gritar. Yo me quedé inmóvil y supe que tenía que salir de ahí. Me presioné al máximo y al fin abandoné mi trono. Jalé la cadena y me fijé en la sangre.
Corría por debajo de la puerta, colándose al piso y dirigiéndose a mis pies.
-¿Hola? -pregunté y pegué mi oreja en la pared de mi vecina -. ¿Estás ahí?
-No
La voz que me respondió no era femenina, ni siquiera humana. Del susto me aparté y me pegué la cabeza con la pared. Mi cuerpo temblaba y mis manos comenzaron a sudar. ¡Tenía que salir de ahí!
Me pegué a la pared del fondo e intenté treparme al baño. Mis manos se resbalaron de las baldosas y mi altura me impedía llegar a la pared. Escuché sus pasos detrás de la puerta chapoteando en el agua y ese horrible sonido de castañas.
Sudé frío cuando se estrelló contra mi puerta. El cerrojo estaba oxidado, no iba a ceder con facilidad.
-Déjame, por favor -rogué con mis ojos llenos de lágrimas.
-No.
Otra vez esa voz de ultratumba. La puerta se quejó y el metal se hundió. Yo intenté otra vez trepar, pero me resbalé y caí. Entonces el cerrojo saltó y golpeó contra la cerámica.
Lo primero que vi fue su pico. Enorme, llegaba hasta el suelo. Se abrió y cerró, produciendo el mismo sonido que me torturaba. Gemí y me cubrí los ojos. No quería presenciar mi muerte.
Su sombra lo cubría todo y de pronto, empequeñeció y desapareció.
-Hola -dijo y su voz sonó diferente. Sonó como la de mi compañera.
Sentí su pelo cerca de mi rodilla y como revolvía algo en mi bolso.
-¿Hola? -repitió.
Su voz suave, mimosa, escalofriante. Me atreví a abrir los ojos y lo descubrí mirándome desde mi bolso. Se había vuelto pequeño, semejante a un pompón castaño, pero con ojos amarillos y violentos.
-¿Estás sola? -dijo moviendo su pico. Abriéndolo y cerrándolo.
Yo grité y quise dejar atrás mi cartera. Me puse en pie. Apenas intenté escapar, volvió a hablar.
-No -la voz de ultratumba resonando en las paredes. Yo gemí y no quise voltearme -. Cuídalo. Cuídame. No dejes la bolsa. Jamás.
Algunos cantan en el baño, otros se esconden de sus jefes, unos pocos descubren secretos de sus compañeros, yo descubrí una mascota. Dicen que nacen de rituales, que crecen con el agua y que no se sueltan jamás. Pequeñas garrapatas que te chupan para siempre.
Ahora yo soy la dueña del secreto y mi secreto espera comerme en el primer descuido.
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