Publicado en Plumagrafito — 14-07-2026 11:37 · 1 min de lectura
Manuela no tuvo hijos venidos de sus entrañas, pero era la matriarca de una gran familia renacida del amor y la compasión. Con los pies en la tierra y un dinero ahorrado, fruto de un agotador y duro trabajo, abrió su alma y las puertas de su caserón a las personas que necesitaban un techo, una sonrisa, una caricia, un abrazo.
Así sanó su agónica soledad, una mínima gota de lamentos comparada con la gran marejada de penas y angustias que atracaban en su hogar, conocido como el puerto de los barcos perdidos...
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