En este rincón, donde el tiempo pasa con calma, mi angustia ha decidido emprender un viaje solitario hacia los viejos recuerdos.
Me vino a la mente aquella meta lejana que me encandiló en mis años juveniles. Me prometía descanso bajo la sombra de un gran árbol cargado de frutos; un oasis que, según creía, me esperaba al final del camino.
Ansioso por llegar, me calcé los zapatos de la prisa. Corrí con tal ansiedad que cometí el pecado de los ambiciosos: olvidé la mano de mi propia sombra. Ella, fiel y pausada, se quedó atrás mientras yo perseguía quimeras.
En ese galope ciego, mi rastro fue una herida en la tierra. Mis pies pisotearon las flores sin apreciar su danza, y mis ojos ignoraron el milagro de las pequeñas cosas. Desprecié los guijarros que guardan el calor del día y el canto que el agua regala a quienes saben ser amigos verdaderos.
La prisa es el óxido del alma; corroe la belleza de lo que permanece.
Lo más triste es que nunca encontré el árbol. Aquel gigante no era más que un eco en el vacío de mi urgencia. No entendí el idioma del rocío ni conocí las piedras que me sostenían. Simplemente, nunca tuve tiempo; se me escapó como arena por las costuras rotas de los bolsillos.
Ahora estoy aquí, recostado en mi presente, con la espalda crujiendo como una bisagra vieja. Rememoro una vida que se me escurrió entre los dedos por mirar siempre el horizonte y nunca el suelo que pisaba. Son ausencias que cabalgan sobre mis propios años.
Llega el aroma del café y el murmullo de los vecinos. Son las mismas piedras y las mismas flores de siempre, pero yo ya no tengo piernas para correr tras espejismos. Solo me queda el consuelo de ver a las luciérnagas despertar, mientras aprendo, por fin, a caminar al paso de mi sombra.
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