Nadie recordaba cuándo había llegado. Los empleados más antiguos aseguraban que ya ocupaba aquella habitación desde siempre; afirmaban que figuraba en los registros con una fecha imposible, escrita con una tinta tan antigua que parecía pertenecer a otro siglo, aunque lo más probable era que fuese puro invento para cubrir una mala administración. Lo cierto era que desde el primer día en que Josefina cruzó aquellas puertas encontró al anciano exactamente igual: la misma piel apergaminada, los mismos ojos desmesuradamen-te abiertos y aquella expresión suspendida entre el horror absoluto y una dicha incomprensible, como la de un hombre que hubiera sobrevivido a una revelación demasiado abru-madora que termino fundiéndole la mente.
Todas las mañanas repetía el mismo ritual con una preci-sión que desafiaba al reloj. Antes del alba abandonaba lenta-mente su cama y, arrastrando unos pies que apenas parecían pertenecerle, se detenía frente a la ventana orientada al orien-te. Allí permanecía inmóvil durante horas, observando el lento ascenso del sol con una devoción que recordaba más a un condenado esperando su sentencia que a un anciano con-templando el paisaje. Entonces llegaba el mediodía.
En el instante exacto en que el astro alcanzaba el centro del cielo, el viejo se llevaba ambas manos al cráneo y comen-zaba a reír.
No era una carcajada humana. Carecía de alegría, o de iro-nía. Era una risa inmensa, desgarrada, casi reverencial, como si contemplara un espectáculo que el resto del universo era incapaz de percibir. Aquella risa recorría los pasillos del asilo como una vibración enfermiza; las paredes parecían devol-verla con un eco imposible y, por un breve instante, Josefina tenía la absurda sensación de que el edificio entero reía junto con él. Nunca consiguió acostumbrarse. Cada mediodía un escalofrío le recorría la espalda y una presión insoportable le nacía detrás de los ojos, como si algo invisible intentara abrirse paso desde el interior de su propia conciencia.
Llegó a odiarlo. No por sus gritos ni por sus delirios, sino porque aquella risa despertaba en ella un miedo que no logra-ba justificar. Había noches en las que soñaba con él, inmóvil frente a la ventana, solo para descubrir, al despertar, que era el propio sol quien la observaba desde el otro lado del cristal.
Cuando finalmente consiguió el traslado a un hospital moderno, sintió que abandonaba para siempre aquel mauso-leo destinado a conservar cuerpos que la realidad había olvi-dado. En su último día recogía sus pocas pertenencias mien-tras el reloj avanzaba con una lentitud insoportable hacia el mediodía. Se repitió que ya no importaba. Después de unas horas jamás volvería a escuchar aquella risa.
Como ya era su costumbre, el anciano ya esperaba junto a la ventana. Como siempre, el sol ascendía limpio sobre el horizonte.
Pero esta vez algo era diferente, no hubo truenos ni te-rremotos. El mundo simplemente dejó de parecerse a sí mis-mo.
La luz comenzó a espesarse hasta adquirir la consistencia de un líquido inmóvil. El blanco del cielo se extinguió lenta-mente bajo una tonalidad roja, profunda y absoluta, como si una inmensa membrana translúcida descendiera sobre la realidad. Las sombras desaparecieron. El aire perdió todo movimiento. Incluso el tiempo pareció vacilar.
Por primera vez en tantos años, el anciano no rió.
Sus rodillas golpearon el suelo con una lentitud tácita, mientras las lágrimas corrían por su rostro consumido. Su cuerpo entero temblaba, no de miedo, sino de un alivio tan inmenso que resultaba insoportable contemplarlo. Sus labios apenas lograban articular unas palabras.
-Fi... final... finalmente... Logro articular unas palabras como si su lengua tratara de recordar como pronunciar las letras.
Josefina corrió hasta él intentando incorporarlo, pero una fuerza desconocida la obligó a mirar hacia la ventana.
Lo que había conocido durante toda su vida como el sol ya no estaba allí. En su lugar flotaba una inmensa esfera roja cuya superficie parecía viva. No irradiaba luz; era la luz la que nacía de ella como si el universo entero dependiera de aquella presencia. Entonces la esfera se abrió lentamente.
No era el astro que desde el principio de la humanidad nos habría brindado su calor.
Era un ojo. Un ojo tan colosal que el firmamento entero no era más que su pupila.
En ese instante Josefina comprendió, con una claridad in-soportable, que el anciano jamás había esperado el mediodía. Había esperado durante décadas el momento en que aquello volviera a abrir los ojos sobre el mundo.
Y entendió también por qué carcajeaba, el anciano en su locura entendía que al pasar el medio día la tierra había com-prado un día más de existencia.
Porque existen verdades capaces de quebrar la arquitectura misma de la mente. El anciano jamás había reído por demen-cia. Durante quién sabe cuántas décadas había soportado, completamente solo, el peso de contemplar cada mediodía el verdadero rostro del firmamento. Pero aquel día el cielo dejó de pertenecerle solo a él.
El anciano guardó silencio por primera vez.
Sus labios dejaron de temblar y una paz infinita descendió sobre su rostro marchito, como la de un condenado que, tras una eternidad de vigilia, consigue el descanso. Josefina, en cambio, sintió que algo se desgarraba dentro de su concien-cia. Al principio fue apenas una sonrisa involuntaria; luego una carcajada breve, nerviosa, imposible de contener. Intentó cubrirse la boca con ambas manos, pero la risa brotaba desde un lugar mucho más profundo que la garganta. Era una risa ajena, inmensa, antigua, que parecía propagarse a través de sus pensamientos como una enfermedad sin origen.
Los pacientes comenzaron a reír, después los enfermeros, finalmente los médicos.
En cuestión de segundos el asilo entero vibraba bajo una única carcajada, un coro monstruoso que ascendía hacia el cielo rojo como si respondiera al llamado de aquella mirada imposible. Nadie intentaba escapar. Todos reían con el mis-mo éxtasis insoportable, con los ojos abiertos hasta el dolor, contemplando aquello que jamás debió ser visto.
Mientras el anciano exhalaba su último aliento con una se-renidad casi misericordiosa, Josefina comprendió que la locu-ra nunca había habitado aquel edificio. Había sido una cua-rentena. Y ahora, por primera vez en incontables años, el contagio acababa de abandonar sus muros.
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