Se van dejando rezagados muchos temores que no son necesarios, porque ahora tienes la potestad de estar distraído; el arrepentimiento desaparece, porque a la altura de los años ya estorba y empobrece; la osadía se convierte en prudencia porque ya no se oye, ni se ve, ni se palpa como antes; el tiempo ya no cuenta mucho porque en un solo día puedes vivir tres, pues despiertas, desayunas, te vuelves a dormir y vuelves a la realidad para almorzar, con la ilusión de que luego podrás dormir la siesta y ya casi entrando la noche comes algo ligero y estás listo para ir a la cama, como si nada hubiera pasado; observas más y mejor todo lo que pasa ante tus ojos y así te olvides a los tres minutos qué pasó, el momento que viviste observando fue supremo porque simplemente te gustó; al cesto se van las fiestas y las reuniones porque se te antoja cambiarlas por otra diversión más callada, menos fatigosa y más cercana, no porque las otras no lo sean, sino porque tu con el cambio te sientes bien; se destruye la costumbre de estar pidiendo permiso y disculpas para y por todo, pues nada de lo que haces está vedado, bien sea porque lo entiendes o porque ya no lo notas.
Mil situaciones que van cambiando, unas para bien y otras para mal, sobre todo cuando te conviertes en una carga, o porque dices las cosas sin pensar, o porque criticas todo lo que hiciste en tu juventud y no lo recuerdas. Ahora eres terco y no quieres que nadie te contradiga, aunque estés equivocado. A tus hijos y nietos los atosigas con "cuidado", "abrígate", "no llegues tarde", "esa persona no te conviene", "no tomes muchos tragos", "no recibas nada de los extraños". No, no, no.
Todos tus sacos y camisas ahora están chorreados con algo y, cuando terminas de almorzar, mucho arroz queda debajo de tu asiento, con el agravante y para mí lo risueño es que ni siquiera te das cuenta.
Así podría pasar mucho tiempo, llenando muchas páginas con mis locos razonamientos, algunos sacados de mi experiencia y otros conocidos por andar observando a diestra y siniestra.
Pero la razón de haber empezado a escribir esto fue un gusanillo que se me coló en el cerebro y me dijo: "Alberto, te estás volviendo viejo". Ja, ja.
Pues todo bien. Pero creo que la categoría no es precisamente ciencia ficción. Saludos viejales!