Lectura

*Hombres galgo*

Por José-Blas Molés Miró · España · Histórico

Los que hemos sido hijos de hombres galgo, aquellos que trabajaron de sol a sol -galgos, porque sus costillas estaban marcadas sin gimnasio ni bromatología de por medio-: media hogaza para todo el día y dos sardinas de bota eran insuficiente impedimenta para ese viaje diario. A pie, tres kilómetros de ida y tres de vuelta hasta el huerto; agua del pozo y, si era época de frutales dadivosos, eso servía, aunque a veces, de tanta hambre, las cagaleras estaban a flor de esfínter. Muchas fatigas y poca recompensa.
Las fiestas de los pueblos, en sus variantes de barrio, les servían para sacar jornales extra para regalos de cumpleaños y Navidades.

Cuando los quilates de los relatos son de alto nivel o de gran octanaje, hacerlos largos es desesperante; la realidad cruda solo llega a ser conocida por los que vivieron de cerca los hechos o por aquellos a quienes se los contaron en primera persona: los sujetos agentes.

Llevarlo al cine no mejoraría la perspectiva; leerlo, tal vez, te hace aprender que merecen un gran respeto aquellas gentes.

Hay que recordar que, cuando Ulises volvió a Ítaca, solo le reconoció Argos, su perro. Yo me convierto en Argos para reconocer la valía y el sacrificio de aquellos hombres galgo que no hicieron sino hacer avanzar a sus gentes con su sacrificio anónimo y desinteresado.

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